Normas e intolerancias

Por Luis Sueldo, redacción de LA GACETA. Hubo épocas oscuras en que se prohibía pensar; algo que, en realidad, aún persiste.

23 Julio 2006
Jóvenes visitantes de provincias vecinas comentan que Tucumán, con las restricciones de reloj para boliches y el resto del "rubro", perdió la magia que tenía los fines de semana. Aseguran que, por lo menos, esa figura quedó fisurada. Algo así como si a la noche-madrugada del "Jardín de la República" le hubieran escamoteado un poco de su esencia. ¿Será para tanto? Muchos adolescentes disfrazan esa viudez en clubes privados, en los que se fabrican reuniones "familiares", se cobra el ingreso y se estira el horario permisivo. La viveza criolla, que se llama. En tanto, con la veda del tabaco en lugares cerrados, los que ahora se "asfixian" son los ansiosos que devoraban puchos mientras esperaban a la que tanto quieren, como dice el tango. Muchos suponen que, con el correr de los días, los fumadores le encontrarán la vuelta al tema para gambetearlo. Por otro lado, se esgrime el argumento de que una cosa es mejorar la convivencia y otra es ir a contramano de las costumbres. También, que los adolescentes se sienten ahora como demasiado condicionados. Vamos por parte: 1) ¿y cuando los supuestos derechos adquiridos perjudican a terceros? 2) ¿no será que los supuestos excesivos controles son una consecuencia lógica de la desidia y de las "pasadas de rosca"?
Lo que resulta indiscutible es que nos cuesta aceptar normas de ordenamiento. Aunque es cierto también que, cuando determinados problemas y situaciones no se discuten previamente con la seriedad y la imparcialidad imprescindibles, se corre el riesgo de que surjan imposiciones sin fundamentos reales, que agravan lo que se pretende curar. Las decisiones con argumentos traídos de los pelos son peligrosas y reponen en primer plano aquello de que lo obligatorio nunca es bueno.
Cambiando de carril, la historia de prohibiciones y censuras autoritarias en nuestro país seguramente cubriría varias páginas tamaño sábana. Un breve recorrido nos recuerda que hubo épocas oscuras en que se prohibía pensar (algo que, en realidad, nunca se evaporó del todo), lo que provocó una sangría de notables materias grises que se vieron obligadas a emigrar. En noches oprobiosas, los artistas talentosos de los undergrounds tenían que manejar con suma sutileza sus críticas condenatorias para evitar ser señalados con el dedo índice.
También hubo largos momentos en que se impidió acceder a determinadas lecturas, una manera de desgarrar en parte la personalidad del individuo, pues es fácil deducir que los libros son un valor identificatorio. La intolerancia política llegó a prohibir que se nombrara al "tirano prófugo".
Hoy, ciertos sectores rechazan el revisionismo histórico. Tratan de cancelar el avance de los que hurgan en el pasado y buscan las verdaderas causas y consecuencias de los acontecimientos que formaron nuestra idiosincrasia y nuestros destinos. Para los amantes del "no volver a atrás", la versión oficial no debe ser cuestionada. Las listas negras reaparecen en distintos ámbitos en las circunstancias menos esperadas.
Tal vez nunca desaparezca en buena parte de nuestra sociedad esa tendencia a las prohiciones compulsivas, a cercenar, a mirar todo en blanco o negro y no poner sobre una mesa la discusión, la posibilidad de disenso. Claro que una estructura educativa que estirpe viejos vicios podría amenguarla.
Por lo menos, para los que aún mantienen perfiles románticos, no ha salido la prohibición de enamorarse. De todos modos, eso es imposible. Porque el amor -como se canta en la ópera "Carmen"- es hijo de los gitanos: no sabe de leyes. Menos mal.

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