23 Julio 2006 Seguir en 
En Tucumán, está vigente la norma que obliga el cierre de los boliches a las cuatro de la madrugada. Rigen también, como se sabe, las que vedan el expendio de bebidas alcohólicas a menores en todo momento; y desde las tres, también a los adultos. Hemos comentado oportunamente tales disposiciones. Señalamos su indudable carácter positivo, en orden a preservar a la juventud de todo lo que rodea la permanencia en locales de diversión, más allá de un término prudente. Nuestra edición de ayer contiene nueva información sobre esta temática: la clausura de dos boliches que vendían alcohol a menores, en el sur de la provincia; idéntica medida fue aplicada a un club de nuestra ciudad que se disponía a realizar una “fiesta privada” después de las cuatro de la mañana; el decomiso de bebidas a menores congregados en la plaza principal de Concepción, por ejemplo. Consignamos también declaraciones del gobernador José Alperovich. Este afirmó que los controles seguirán haciéndose, sin excepciones, y marcó como plausible el hecho de que muchos progenitores acompañan la observancia de las normas referidas a horarios, actitud que sin duda contribuye notoriamente a fortalecer su vigencia.
Es del caso, referirse a la cuestión de las “fiestas privadas”. Se trata de reuniones que nada tienen de privado, ya que para acceder a ellas se paga entrada, y cuyo único propósito es el de esquivar el cumplimiento de las disposiciones a que aludimos. Tales fiestas se inician, lógicamente, después de la hora de veda. Asimismo, algunos dueños de boliches han propuesto últimamente abrir “matinés”, es decir veladas concurridas por preadolescentes, que se extiendan desde el atardecer hasta la medianoche.
Resulta lamentable advertir que, en estos casos, se utilicen artilugios para torcer recaudos que el poder público ha adoptado, con fines cuya utilidad social no puede discutirse. El espíritu de las normas que comentamos es poner límites a la diversión juvenil: el término de las cuatro de la madrugada es de sobra suficiente. Urdir “fiestas privadas” para burlar dicho límite indica una deplorable falta de conciencia social acerca de los peligros que la norma orillada ha buscado conjurar, todo en el marco de un desmedido afán de lucro. Y en el caso de la propuesta de las “matinés”, como bien lo ha expresado la Red de Padres, no parece en absoluto conveniente. Con ella se anticipa la edad de los menores en la iniciación del jolgorio nocturno: se los introduce en locales con instalaciones pensadas para jóvenes de más edad, con el riesgo de generar en ellos una adicción que los haga dejar las reuniones familiares y de amigos que hasta ese momento constituían su ámbito de diversión. Estamos allí, también, ante otra maniobra que intenta desvirtuar, mañosamente, el espíritu de la disposición general.
Nos parece que los adultos de Tucumán debieran mostrar una dosis mayor de responsabilidad hacia la juventud que la que expresan estos ardides para no cumplir normas estrictamente vigentes.
Pensamos que sería del caso incorporar con urgencia, a la legislación, artículos que cierren definitivamente estos atajos, y que establezcan sanciones dotadas del máximo poder disuasivo. Es un tema donde no puede mirarse al costado. Frente a realidades tan contundentes como las actuales, en materia de los estragos que causa, en los menores, la frecuentación abusiva de la noche (donde están involucrados fuertemente la droga y el delito), la sociedad tiene el deber de ponerse a la altura de las circunstancias. Esto es, hacer cesar los obstáculos que astutamente tratan de erigirse, para trabar la observancia de normas francamente necesarias y de signo indiscutiblemente positivo.
Es del caso, referirse a la cuestión de las “fiestas privadas”. Se trata de reuniones que nada tienen de privado, ya que para acceder a ellas se paga entrada, y cuyo único propósito es el de esquivar el cumplimiento de las disposiciones a que aludimos. Tales fiestas se inician, lógicamente, después de la hora de veda. Asimismo, algunos dueños de boliches han propuesto últimamente abrir “matinés”, es decir veladas concurridas por preadolescentes, que se extiendan desde el atardecer hasta la medianoche.
Resulta lamentable advertir que, en estos casos, se utilicen artilugios para torcer recaudos que el poder público ha adoptado, con fines cuya utilidad social no puede discutirse. El espíritu de las normas que comentamos es poner límites a la diversión juvenil: el término de las cuatro de la madrugada es de sobra suficiente. Urdir “fiestas privadas” para burlar dicho límite indica una deplorable falta de conciencia social acerca de los peligros que la norma orillada ha buscado conjurar, todo en el marco de un desmedido afán de lucro. Y en el caso de la propuesta de las “matinés”, como bien lo ha expresado la Red de Padres, no parece en absoluto conveniente. Con ella se anticipa la edad de los menores en la iniciación del jolgorio nocturno: se los introduce en locales con instalaciones pensadas para jóvenes de más edad, con el riesgo de generar en ellos una adicción que los haga dejar las reuniones familiares y de amigos que hasta ese momento constituían su ámbito de diversión. Estamos allí, también, ante otra maniobra que intenta desvirtuar, mañosamente, el espíritu de la disposición general.
Nos parece que los adultos de Tucumán debieran mostrar una dosis mayor de responsabilidad hacia la juventud que la que expresan estos ardides para no cumplir normas estrictamente vigentes.
Pensamos que sería del caso incorporar con urgencia, a la legislación, artículos que cierren definitivamente estos atajos, y que establezcan sanciones dotadas del máximo poder disuasivo. Es un tema donde no puede mirarse al costado. Frente a realidades tan contundentes como las actuales, en materia de los estragos que causa, en los menores, la frecuentación abusiva de la noche (donde están involucrados fuertemente la droga y el delito), la sociedad tiene el deber de ponerse a la altura de las circunstancias. Esto es, hacer cesar los obstáculos que astutamente tratan de erigirse, para trabar la observancia de normas francamente necesarias y de signo indiscutiblemente positivo.







