Hoy como ayer, pero más
El Congreso perderá un derecho -los superpoderes- que nunca ejerció, según Lamberto. El oficialismo tiene el número seguro en Diputados para aprobar los DNU. Por Angel Anaya - columnista
18 Julio 2006 Seguir en 
BUENOS AIRES.- Para defender el proyecto de superpoderes, mediante el cual el Poder Ejecutivo podrá eludir el control del Congreso sobre sus decisiones financieras, el diputado oficialista y experto en cuestiones fiscales, Oscar Lamberto, ha debido reconocer que el Parlamento “perderá un derecho que, en definitiva, nunca ejerció”. Lamberto, un representante del PJ que siempre se distinguió por su seriedad, ha contribuido así como ninguna otra voz oficialista a dejar en claro que las facultades constitucionales de los poderes republicanos se pueden eliminar por un gobierno cuando alguno no las usa. Pero no sólo temporalmente, sino para siempre, como va a ocurrir con los superpoderes, aunque la Constitución diga otra cosa. Como otros legisladores ahora kirchneristas, Lamberto dispara contra el pasado, pero lo toma como ejemplo para seguir su huella, profundizándola. Es decir, antes se obtenían alguna o varias facultades del Congreso durante un presupuesto; ahora se trata de una ley que, como reconoce, deja al Poder Legislativo para siempre sin derecho a controlar las reasignaciones de gastos por el Presidente y su jefe del Gabinete. Nadie puede impedir esa decisión que el propio Congreso va a tomar, seguramente, a pedido de la Casa Rosada. Lamberto recuerda igualmente que en tiempos de Alfonsín los proyectos de presupuesto llegaban tarde y no pasaba nada, y es como si advirtiera que, con el tiempo, tampoco servirá de algo que el Congreso intervenga en la cuestión fiscal. Es cierto que durante los gobiernos de facto el palacio de las leyes permanecía cerrado y el país, bien o mal, también funcionaba.La teoría parte ahora de que la Constitución solamente es válida en un país normal y que, cuando no lo es, puede encapsulársela en todo aquello que las emergencias aconsejen; pero esas emergencias pueden ser imprevisibles o deliberadas, y el purgatorio que ha prometido Kirchner tras el infierno no deja de pertenecer a la segunda categoría. Después, cuando todo se “normalice”, se verá si la Carta Magna se reforma para adecuarla al modelo logrado mediante la gran tarea hegemónica. La semana comienza con el número asegurado para que el oficialismo de la Cámara de Diputados logre la otra norma superpoderosa; la reglamentaria de los decretos de necesidad y urgencia (DNU), que permite reasegurar la facultad legislativa del Presidente. Ambas leyes, reglamentaria de los DNU y de superpoderes fiscales permanentes, son los instrumentos políticos más contradictorios de la reforma constitucional de 1994. Los convencionales reformadores le dieron el gusto de la reelección presidencial con yapa a Carlos Menem, pero a cambio, trataron de reducir mediante nuevas figuras institucionales el presidencialismo histórico. Paradójicamente, muchos de aquellos convencionales, hoy en el poder, están alumbrando el hiperpresidencialismo. (De nuestra Sucursal)







