16 Julio 2006 Seguir en 
BUENOS AIRES.- Político de mil batallas, al fin, el Presidente de la Nación parece tener una obsesión recurrente, propia de quienes buscan consolidar cada vez más un pensamiento único en la sociedad, ya que atesora siempre en su mente el objetivo de la construcción de poder. Ya sea porque lo condiciona su historia previa de caudillo provincial o quizás por cuestiones ideológicas que no quiso dejar en la puerta de la Casa Rosada, y en esto los analistas no se ponen del todo de acuerdo, o por ambas cosas a la vez, lo cierto es que el caso de Néstor Kirchner resulta emblemático porque llegó rengo a la presidencia y supo partir casi desde la nada, con votos prestados, para convertirse tres años después en un gobernante casi imprescindible para buena parte de la opinión pública.
Si bien el Presidente está hoy protegido por el paraguas de los logros conseguidos en materia de la recuperación económica, aunque con una grave deuda social aún pendiente, y un proceso de inserción internacional deficitario, hay que conceder que ante la gente su modo de ser tan particular ha funcionado hasta ahora, mostrando, sin tapujos y a diario, su manera de fortalecerse siempre, aun en la adversidad.
En esta línea, el Gobierno se la pasa sacando argumentos de la manga sobre todo lo que se le cruce para convencer a la ciudadanía de que es atacado de modo permanente por fuerzas malignas que no lo dejan construir la alternativa superadora que el país necesita. Así pasó durante la semana con la reacción argentina ante el fallo adverso conseguido en La Haya y con la discusión por los superpoderes, donde las agresiones hacia la oposición por el manejo de la caja fueron demasiado lejos. Afinando el razonamiento, el objetivo último de una estrategia de este tipo, que aspira a un ciclo político largo, parece ser la necesidad recurrente de desarticular las ideas de quienes piensan de otra manera, para poner a la sociedad, que aún no ha comprado sus argumentos, en la disyuntiva de creer que si el grueso sigue a la manada, el grueso tendrá razón. Así pasó en los 90 y así ocurre en estos tiempos, pero con signo contrario, por supuesto.
En teoría, para la concepción presidencial, siempre resultará más fuerte mantener a rajatabla esta línea que preocuparse de modo explícito por las elecciones, ya que si funcionan los medios, se estima, va de suyo que los fines quedarán al alcance de la mano.
Pero en el terreno, las cosas son naturalmente de otra manera. En medio de tanta elucubración se siguen buscando atajos para mejorar la performance con vistas a 2007 y por eso la mirada sobre todos los temas no deja de lado las elecciones. En este sentido, el entorno presidencial se mueve de modo independiente, casi al modo de células, ya que sólo la cabeza de Kirchner centraliza y sabe para qué lado se moverá la aguja finalmente. Es lo que ocurre, por ejemplo, con su eventual candidatura o con la de su esposa, cuestión que sólo ellos dos saben cómo terminará.
Mientras tanto, las internas de cenáculo maniobraron durante la semana y las agotadoras y desgastantes intervenciones de Cristina Fernández en el Senado fueron ampliamente elogiadas por el “cristinismo” y también por el Presidente en público, en varias ocasiones; aunque del mismo modo, agradecidas por los militantes K más puros, quienes suponen que, tras tanta enjundia actoral, la senadora ha caído notoriamente en la consideración pública. Pese a que el Gobierno ha dicho formalmente que no es tiempo de candidaturas, las especulaciones que se hacen en esos círculos dicen que hoy la primera dama es número puesto para el año próximo, pero que cuanto menos mida en las encuestas, más se acrecentarán las chances de Kirchner de aspirar a la reelección y que entonces no habrá nadie que pueda decirle que no, aunque haya habido realmente un pacto previo entre los esposos.
Sin embargo, las ligazones entre teoría y pragmatismo no suelen ser tan lineales y ahora, al Gobierno le ha explotado nuevamente en la cara el grano de la inseguridad. Ya conoce, por la experiencia del malhumor social de 2004, que para la gente estas cosas no son ideológicas, sino terriblemente prácticas, que se potencian sobremanera cuando llegan a su casa y tienen que abrir la puerta o cuando sólo les queda rezar para pedir por sus hijos, si salen solos a la calle. Probablemente, el Gobierno debería recordar que las capas medias abominan a los políticos cuando estos se preocupan solamente de sus propias ambiciones, con lo cual las construcciones pueden desarmarse de un soplido. La inseguridad es un aspecto central, marcado claramente por las encuestas, y lo notable es que, pese a su adicción, las autoridades no hayan tomado nota.
Un relevamiento que hizo la Fundación Atlas 1853, en relación con los 58 discursos que pronunció el Presidente durante el primer semestre del año (casi 120.000 palabras), demuestra que Kirchner nunca hizo mención al término “inseguridad” (ni tampoco a los vocablos “secuestros”, “robos”, “hurtos”, “delitos” y “crimen”), salvo la expresión “seguridad ciudadana”, en una ocasión, cuando dijo: “se redujo exponencialmente la percepción de inseguridad en la población”.
Explicar lo inexplicable
Cómo explicar mediante las estadísticas, que además no se hacen públicas, que ha bajado el delito, si al lado de cada ciudadano se produce un robo, una violación o un asesinato. Si hasta la aparición de un tirador demente y solitario tuvo que ser absorbida injustamente por el Gobierno, casi por no haber previsto lo imprevisible. Cómo hacer para que la sensación de desamparo no se extienda, en particular cuando la Justicia es cada día más benigna con los delincuentes y cuando “se amplía la sensación de que el Estado es ineficiente a la hora de proveer seguridad y tranquilidad”, dijo Atlas.
En principio, el Gobierno actuó con reflejos, tratando de salir del presunto malentendido de una comisión que había prohijado desde el Ministerio de Justicia para elaborar una reforma del Código Penal que quedaba a contramano del sentir de la gente, ya que bajaba penas, retipificaba delitos y avanzaba sobre cuestiones como el aborto o la despenalización del uso de drogas.
Por medio del ministro de esa cartera, Alberto Iribarne, el Ejecutivo hizo saber, en medio de hechos de violencia encadenados que provocaron marchas y malhumor social, que no presentará ese proyecto de ley hasta 2008, cuando ya haya pasado el próximo turno electoral. También funcionó con presteza la estrategia del Gobierno para hacerle absorber a la opinión pública de Gualegaychú lo que ya se sabía en la Cancillería, desde principios de la semana, lo que iba a ser un duro revés para la Argentina, tras la falta de tino de ir a La Haya con un pedido tan endeble, que no tenía pruebas para ofrecer porque hasta ahora no hay daño alguno, salvo presunciones y quejas más paisajísticas que ambientales. Así, la subsecretaria de Medio Ambiente, Romina Picolotti, bajó las líneas de la postura del Gobierno, 30 horas antes de que este se expidiera oficialmente en un comunicado, con la misión de abortar cualquier corte de rutas, lo que la novel funcionaria logró.
La idea era anticipar que el fallo no resulta desalentador y que habrá otras instancias, y pedirles a los inversores internacionales que no se arriesguen a invertir en un proyecto que puede ser cuestionado. No obstante, el comunicado y los comentarios posteriores, especialmente los del Presidente, contrastaron notablemen- te con la postura uruguaya de acercamiento, por lo cual la reunión bilateral Vázquez-Kirchner en la reunión del Mercosur que se hará esta semana en Córdoba, entró en un freezer.
En materia de vecindades, esa cumbre puede tomar temperatura si Michelle Bachelet tiene la chance de sentarse con el Presidente argentino, ya que las autoridades trasandinas están que trinan, porque quedaron descolocados frente a sus connacionales que viajan a este país, por la medida de precios diferenciales para el combustible en estaciones de servicio de frontera.
Más allá de esta cuestión doméstica que será obligatoria, pero que aún no se sabe cómo se instrumentará, los chilenos no sólo no se aguantan la duplicación del precio del gas que rige desde este fin de semana, sino que no saben cuánto fluido recibirán, en una suerte de IAPI gasífero que inventó la Argentina para comprarle vía Enarsa a Bolivia y venderle a Chile, con mayores retenciones a las exportaciones, pero sin que se note demasiado.
Si bien el Presidente está hoy protegido por el paraguas de los logros conseguidos en materia de la recuperación económica, aunque con una grave deuda social aún pendiente, y un proceso de inserción internacional deficitario, hay que conceder que ante la gente su modo de ser tan particular ha funcionado hasta ahora, mostrando, sin tapujos y a diario, su manera de fortalecerse siempre, aun en la adversidad.
En esta línea, el Gobierno se la pasa sacando argumentos de la manga sobre todo lo que se le cruce para convencer a la ciudadanía de que es atacado de modo permanente por fuerzas malignas que no lo dejan construir la alternativa superadora que el país necesita. Así pasó durante la semana con la reacción argentina ante el fallo adverso conseguido en La Haya y con la discusión por los superpoderes, donde las agresiones hacia la oposición por el manejo de la caja fueron demasiado lejos. Afinando el razonamiento, el objetivo último de una estrategia de este tipo, que aspira a un ciclo político largo, parece ser la necesidad recurrente de desarticular las ideas de quienes piensan de otra manera, para poner a la sociedad, que aún no ha comprado sus argumentos, en la disyuntiva de creer que si el grueso sigue a la manada, el grueso tendrá razón. Así pasó en los 90 y así ocurre en estos tiempos, pero con signo contrario, por supuesto.
En teoría, para la concepción presidencial, siempre resultará más fuerte mantener a rajatabla esta línea que preocuparse de modo explícito por las elecciones, ya que si funcionan los medios, se estima, va de suyo que los fines quedarán al alcance de la mano.
Pero en el terreno, las cosas son naturalmente de otra manera. En medio de tanta elucubración se siguen buscando atajos para mejorar la performance con vistas a 2007 y por eso la mirada sobre todos los temas no deja de lado las elecciones. En este sentido, el entorno presidencial se mueve de modo independiente, casi al modo de células, ya que sólo la cabeza de Kirchner centraliza y sabe para qué lado se moverá la aguja finalmente. Es lo que ocurre, por ejemplo, con su eventual candidatura o con la de su esposa, cuestión que sólo ellos dos saben cómo terminará.
Mientras tanto, las internas de cenáculo maniobraron durante la semana y las agotadoras y desgastantes intervenciones de Cristina Fernández en el Senado fueron ampliamente elogiadas por el “cristinismo” y también por el Presidente en público, en varias ocasiones; aunque del mismo modo, agradecidas por los militantes K más puros, quienes suponen que, tras tanta enjundia actoral, la senadora ha caído notoriamente en la consideración pública. Pese a que el Gobierno ha dicho formalmente que no es tiempo de candidaturas, las especulaciones que se hacen en esos círculos dicen que hoy la primera dama es número puesto para el año próximo, pero que cuanto menos mida en las encuestas, más se acrecentarán las chances de Kirchner de aspirar a la reelección y que entonces no habrá nadie que pueda decirle que no, aunque haya habido realmente un pacto previo entre los esposos.
Sin embargo, las ligazones entre teoría y pragmatismo no suelen ser tan lineales y ahora, al Gobierno le ha explotado nuevamente en la cara el grano de la inseguridad. Ya conoce, por la experiencia del malhumor social de 2004, que para la gente estas cosas no son ideológicas, sino terriblemente prácticas, que se potencian sobremanera cuando llegan a su casa y tienen que abrir la puerta o cuando sólo les queda rezar para pedir por sus hijos, si salen solos a la calle. Probablemente, el Gobierno debería recordar que las capas medias abominan a los políticos cuando estos se preocupan solamente de sus propias ambiciones, con lo cual las construcciones pueden desarmarse de un soplido. La inseguridad es un aspecto central, marcado claramente por las encuestas, y lo notable es que, pese a su adicción, las autoridades no hayan tomado nota.
Un relevamiento que hizo la Fundación Atlas 1853, en relación con los 58 discursos que pronunció el Presidente durante el primer semestre del año (casi 120.000 palabras), demuestra que Kirchner nunca hizo mención al término “inseguridad” (ni tampoco a los vocablos “secuestros”, “robos”, “hurtos”, “delitos” y “crimen”), salvo la expresión “seguridad ciudadana”, en una ocasión, cuando dijo: “se redujo exponencialmente la percepción de inseguridad en la población”.
Explicar lo inexplicable
Cómo explicar mediante las estadísticas, que además no se hacen públicas, que ha bajado el delito, si al lado de cada ciudadano se produce un robo, una violación o un asesinato. Si hasta la aparición de un tirador demente y solitario tuvo que ser absorbida injustamente por el Gobierno, casi por no haber previsto lo imprevisible. Cómo hacer para que la sensación de desamparo no se extienda, en particular cuando la Justicia es cada día más benigna con los delincuentes y cuando “se amplía la sensación de que el Estado es ineficiente a la hora de proveer seguridad y tranquilidad”, dijo Atlas.
En principio, el Gobierno actuó con reflejos, tratando de salir del presunto malentendido de una comisión que había prohijado desde el Ministerio de Justicia para elaborar una reforma del Código Penal que quedaba a contramano del sentir de la gente, ya que bajaba penas, retipificaba delitos y avanzaba sobre cuestiones como el aborto o la despenalización del uso de drogas.
Por medio del ministro de esa cartera, Alberto Iribarne, el Ejecutivo hizo saber, en medio de hechos de violencia encadenados que provocaron marchas y malhumor social, que no presentará ese proyecto de ley hasta 2008, cuando ya haya pasado el próximo turno electoral. También funcionó con presteza la estrategia del Gobierno para hacerle absorber a la opinión pública de Gualegaychú lo que ya se sabía en la Cancillería, desde principios de la semana, lo que iba a ser un duro revés para la Argentina, tras la falta de tino de ir a La Haya con un pedido tan endeble, que no tenía pruebas para ofrecer porque hasta ahora no hay daño alguno, salvo presunciones y quejas más paisajísticas que ambientales. Así, la subsecretaria de Medio Ambiente, Romina Picolotti, bajó las líneas de la postura del Gobierno, 30 horas antes de que este se expidiera oficialmente en un comunicado, con la misión de abortar cualquier corte de rutas, lo que la novel funcionaria logró.
La idea era anticipar que el fallo no resulta desalentador y que habrá otras instancias, y pedirles a los inversores internacionales que no se arriesguen a invertir en un proyecto que puede ser cuestionado. No obstante, el comunicado y los comentarios posteriores, especialmente los del Presidente, contrastaron notablemen- te con la postura uruguaya de acercamiento, por lo cual la reunión bilateral Vázquez-Kirchner en la reunión del Mercosur que se hará esta semana en Córdoba, entró en un freezer.
En materia de vecindades, esa cumbre puede tomar temperatura si Michelle Bachelet tiene la chance de sentarse con el Presidente argentino, ya que las autoridades trasandinas están que trinan, porque quedaron descolocados frente a sus connacionales que viajan a este país, por la medida de precios diferenciales para el combustible en estaciones de servicio de frontera.
Más allá de esta cuestión doméstica que será obligatoria, pero que aún no se sabe cómo se instrumentará, los chilenos no sólo no se aguantan la duplicación del precio del gas que rige desde este fin de semana, sino que no saben cuánto fluido recibirán, en una suerte de IAPI gasífero que inventó la Argentina para comprarle vía Enarsa a Bolivia y venderle a Chile, con mayores retenciones a las exportaciones, pero sin que se note demasiado.







