San Fermín se convirtió en un tributo al alcohol

Las fiestas de la ciudad de Pamplona pasaron a tener muchos más ingredientes que la clásica postal de los toros corriendo.

Se reafirma una tendencia que se viene acentuando en los últimos años.
Se reafirma una tendencia que se viene acentuando en los últimos años.
13 Julio 2006
Pamplona (España).- Las jornadas taurinas y la devoción al patrono de la ciudad parecen haber quedado reducidos a la mera figura de efectos justificantes para los asistentes a las fiestas de San Fermín, quienes en esta nueva edición convirtieron al evento en un tributo al alcohol y a la diversión.

Reafirmando una tendencia que se viene acentuando en los últimos años, las fiestas de la ciudad de Pamplona pasaron a tener muchos más ingredientes que la clásica postal de los toros corriendo por las calles a quienes los desafían con sus pañuelos rojos.

Un ensamblado de rituales, mitos y costumbres acompaña cada uno de los siete días (del 7 al 14 de julio) que dura la fiesta, en los que esta ciudad navarra triplica su población llegando casi al millón de personas.

Este desborde, que tiene su pico en el fin de semana, es el principal responsable de que parques, plazas y automóviles estacionados por toda la ciudad se conviertan en una especie de camping ilimitado.

El buen clima -un promedio de 33 grados por día- y el efecto de los litros de alcohol consumido durante el día ayudan a que cualquiera de estos lugares sea considerado apto para dormir y recuperar fuerzas para el día siguiente.

La jornada tipo comienza con el clásico encierro, donde miles de participantes corren aproximadamente mil metros intentando evitar que los toros los alcancen con sus astas, en lo que constituye el símbolo de la fiesta, el principal motor de la promoción.

En esta edición, los alcanzados por los toros no fueron muchos y las lesiones sólo se redujeron a golpes; en más de un caso originado por el peligro que constituyen aquellos que se lanzan a correr delante de los animales con los reflejos disminuidos por los efectos del alcohol.

Los movimientos defensores de los derechos de los animales volvieron a hacerse presentes en la ciudad para reeditar sus reclamos por las polémicas sobre el sufrimiento que padecen los toros durante los "sanfermines".

El encierro finaliza aproximadamente a las nueve con la salida a la plaza de seis vaquillonas -con sus cuernos limados o cortados- que recorren el terreno en busca de alguien a quien embestir, y por cierto, siempre encuentran algún desprevenido.

El horario del encierro, la tradición de tomar un chocolate con churros a la salida y la resaca persistente de la jornada anterior de la plaza hacen que ésta sea la actividad en la que, por poco, el alcohol, pasa a un segundo plano.

Aunque otra rama del costumbrismo señala que el chocolate debe ser reemplazado por un estofado de toro, algo que una mínima porción de participantes, sobre todo locales, se anima a degustar, obviamente, alcohol mediante.

Al mediodía, las barracas ofrecen comidas típicos, juegos tipo kermesse y un parque de diversiones que a precios accesibles contienen a los miles de invasores llegados a la ciudad.

Una demanda gastronómica que permite trabajar con éxito a los infaltables restaurantes chinos y a aquellos locales que con sus precios adaptados a la circunstancia pretenden salvar el año en un fin de semana.

Después de las corridas, pamploneses y visitantes pueden disfrutar de un amplio programa de conciertos y verbenas, de grupos que en muchos casos están haciendo sus primeros pasos ante público masivo.

Por la noche, los pubs, bares y los parques llevan al pico máximo a la figura de los sanfermines: el alcohol no da abasto, y las callejuelas del casco histórico comienzan a transformarse en ríos de líquido derramado.

Por la mañana, el centro y los espacios verdes serán una alfombra de bolsas de plástico, botellas y vasos vacios, en medio y cuerpos al aire libre y en bolsas de dormir desparramados por el piso. (Télam)

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