Cambiar la ciudad debe ser un esfuerzo de todos

13 Julio 2006
Existen lugares en el planeta, donde pocas veces las buenas ideas logran hacerse realidad. Ello ocurre, por ejemplo, en Tucumán, donde desde hace años se viene hablando de la necesidad de nuevas estrategias de urbanización, de reordenar el tránsito, de preservar el patrimonio arquitectónico, de tener una urbe más habitable y acorde con el crecimiento demográfico. Con cierta frecuencia, vienen especialistas extranjeros a contarnos cómo se trabaja en otras ciudades del mundo; se encargan estudios exhaustivos; se llevan a cabo debates, foros, seminarios. Pero muy poco es lo que cambia, principalmente en lo que a mentalidad se refiere. En estos días vino a disertar un especialista catalán, uno de los responsables de la transformación de la ciudad de Barcelona en una “marca” urbanística y cultural que brilló en los Juegos Olímpicos del 92, y que sigue brillando como una meca innovadora en la oferta turística del siglo XXI. Nos refrescó algunas ideas fuerza interesantes.
El experto señaló, entre otras cosas, que no pueden emprenderse grandes obras si no hay servicios públicos que aseguren que la ciudad funcione. Se debe pensar en esta ciudad para los próximos cuatro o cinco años. Cuando ya están funcionando las cosas anticipadas, empezar a hacer algunas cosas extraordinarias en red de centros sociales en los barrios; descentralización municipal, para que los servicios estén cerca de los ciudadanos; la viabilidad, algunos grandes equipamientos culturales significativos. “Hay que atreverse a hacer algo extraordinario. En Barcelona fueron los Juegos Olímpicos”, afirmó con entusiasmo.
Enfatizó que una ciudad debería ser la suma de todos, es decir una ciudad con más oportunidades educativas, de salud, de empleo, de circulación, y nos preguntó: “¿Cuál es el proyecto de futuro de Tucumán? ¿Qué quieren ser ustedes dentro de cinco años? ¿Quieren estar entre las cinco ciudades más importantes de Argentina? ¿Sí o no? No se los va a regalar el Presidente; lo tienen que trabajar ustedes. Me han dicho que en esta provincia hay 60.000 estudiantes, cinco universidades. A lo mejor Tucumán tiene que ser la ciudad de la inteligencia, del conocimiento”.
El experto catalán desnudó, tal vez sin saberlo, falencias crónicas que arrastramos los tucumanos. Por un lado, se ha perdido hace ya tiempo la capacidad de pensar en grande, de apostar a los sueños colectivos y no a los personales. Por lo general, estos sólo llevan prosperidad a los individuos circunstanciales que nos gobiernan y a sus familias, mientras que son los primeros los que conducen al progreso de una sociedad. Por otro lado, esperar que el maná caiga del cielo, que alguien nos salve de nuestra desdicha cotidiana, en lugar de construir el destino propio, sigue siendo una constante. Tal vez esa sea uno de los orígenes del despreciable bolsonerismo político al que está sometida una buena parte de la comunidad.
Tucumán cuenta con profesionales, investigadores, universidades, colegios profesionales, intelectuales, que habitualmente no tienen casi injerencia -porque pocas veces los representantes del pueblo les brindan ese espacio- en los destinos una comunidad. No se pueden emprender grandes obras si no hay servicios públicos que aseguren que la ciudad funcione, dijo el catalán. El transporte público es uno de los más caros y deficientes del país; la basura y la suciedad en las calles se han convertido en una “marca registrada”. Es hora de que comencemos a pensar en el futuro en forma colectiva. En caso contrario, nunca nos atreveremos a emprender algo extraordinario, como nos pide el experto catalán.



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