15 Junio 2006 Seguir en 
El Apocalipsis describe la reunión de 24 ancianos que rodean, en el cielo, el trono del Cordero y rinden homenaje al Rey de los Siglos. Los ancianos también integraban el Sanedrín, que era el consejo supremo de los judíos, en el que se trataban y se decidían los asuntos del Estado y los religiosos. Los antiguos griegos les confirieron a los ancianos un papel muy importante en el gobierno. Actualmente, en una buena parte de los países desarrollados, los mayores gozan de muchos beneficios sociales gratuitos y de una atención especial, y perciben haberes que les permiten vivir con dignidad sus últimos años. Sin embargo, llegar a la vejez en la Argentina, salvo que se tenga una jubilación de privilegio, es ingresar a la desdicha y a la ingratitud, porque los miserables dineros que cobra mensualmente la mayoría de nuestros abuelos están más próximos a la humillación que al reconocimiento por haber entregado su esfuerzo al país.
La mayor parte de los adultos mayores es afiliada al Programa de Asistencia Médica Integral (PAMI), una de las obras sociales más populosas de Sudamérica, con más de 4 millones de afiliados. El PAMI ha sabido ganarse la triste fama a lo largo de sus 35 años de existencia -fue creada el 13 de mayo de 1971, por el entonces ministro de Bienestar Social, Francisco Manrique- de ser un nido constante de corrupción.
Luego de varios lustros de promesas de transparencia y eficiencia en los servicios, el 1 de enero pasado entró en vigencia un nuevo modelo de funcionamiento, que eliminaba la intermediación entre el PAMI y los prestadores. Ello suponía tocar intereses diversos construidos a lo largo de años.
Parecía que, finalmente, los afiliados iban a abandonar su padecimiento histórico respecto de la elección de los médicos, las internaciones, la falta
de medicamentos o él déficit en la provisión de drogas. También comenzaron a revisarse los convenios con las empresas fúnebres (Hasta el año pasado, un féretro para un afiliado del PAMI costaba poco más de $ 300 y era de aglomerado).
Nació además la esperanza de que ya no se producirían cortes abruptos en los servicios. Pero, sin embargo, ello sucede, porque de tiempo en tiempo, el PAMI y los sanatorios pelean por cápitas, por la cantidad de internaciones mensuales o por falta de pago. Y el afiliado siempre es la víctima del sistema. Es a quien, por ejemplo, se le informa abruptamente, si está internado, que no lo proveerán de medicamentos y que deberá pagarlos como particular. El drama persigue también a aquellos que deben peregrinar por una cama para internarse, porque se enteran repentinamente que tal o cual sanatorio suspendió los servicios al PAMI.
Para atender el rubro de las funerarias, se ha decidido otorgarle al afiliado un subsidio de $ 1.000, una cifra que es inferior a cualquier servicio digno. El PAMI actúa ahora como una suerte de intermediario entre la ANSES y el afiliado, porque sólo recibe y entrega el dinero del subsidio.
En esta pelea entre el PAMI y los prestadores por salvaguardar sus propios intereses, el afiliado, que es el que les da de comer a ambas partes, es siempre el perjudicado. Esta realidad refleja un nivel atroz de deshumanización del sistema, para el cual a veces parece más importante un arancel impago que una vida. Los cortes de servicios que se deciden imprevistamente crean incertidumbre en muchos ancianos que viven con sueldos indignos y deben seguir afrontando estas situaciones que no hacen más que generarles desesperanza en los últimos tramos de su existencia. Sería bueno que se entienda que ni en Tucumán ni en ninguna otra parte la vejez debe ser sinónimo de desdicha.
La mayor parte de los adultos mayores es afiliada al Programa de Asistencia Médica Integral (PAMI), una de las obras sociales más populosas de Sudamérica, con más de 4 millones de afiliados. El PAMI ha sabido ganarse la triste fama a lo largo de sus 35 años de existencia -fue creada el 13 de mayo de 1971, por el entonces ministro de Bienestar Social, Francisco Manrique- de ser un nido constante de corrupción.
Luego de varios lustros de promesas de transparencia y eficiencia en los servicios, el 1 de enero pasado entró en vigencia un nuevo modelo de funcionamiento, que eliminaba la intermediación entre el PAMI y los prestadores. Ello suponía tocar intereses diversos construidos a lo largo de años.
Parecía que, finalmente, los afiliados iban a abandonar su padecimiento histórico respecto de la elección de los médicos, las internaciones, la falta
de medicamentos o él déficit en la provisión de drogas. También comenzaron a revisarse los convenios con las empresas fúnebres (Hasta el año pasado, un féretro para un afiliado del PAMI costaba poco más de $ 300 y era de aglomerado).
Nació además la esperanza de que ya no se producirían cortes abruptos en los servicios. Pero, sin embargo, ello sucede, porque de tiempo en tiempo, el PAMI y los sanatorios pelean por cápitas, por la cantidad de internaciones mensuales o por falta de pago. Y el afiliado siempre es la víctima del sistema. Es a quien, por ejemplo, se le informa abruptamente, si está internado, que no lo proveerán de medicamentos y que deberá pagarlos como particular. El drama persigue también a aquellos que deben peregrinar por una cama para internarse, porque se enteran repentinamente que tal o cual sanatorio suspendió los servicios al PAMI.
Para atender el rubro de las funerarias, se ha decidido otorgarle al afiliado un subsidio de $ 1.000, una cifra que es inferior a cualquier servicio digno. El PAMI actúa ahora como una suerte de intermediario entre la ANSES y el afiliado, porque sólo recibe y entrega el dinero del subsidio.
En esta pelea entre el PAMI y los prestadores por salvaguardar sus propios intereses, el afiliado, que es el que les da de comer a ambas partes, es siempre el perjudicado. Esta realidad refleja un nivel atroz de deshumanización del sistema, para el cual a veces parece más importante un arancel impago que una vida. Los cortes de servicios que se deciden imprevistamente crean incertidumbre en muchos ancianos que viven con sueldos indignos y deben seguir afrontando estas situaciones que no hacen más que generarles desesperanza en los últimos tramos de su existencia. Sería bueno que se entienda que ni en Tucumán ni en ninguna otra parte la vejez debe ser sinónimo de desdicha.
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