12 Junio 2006 Seguir en 
Son días de Mundial de Fútbol y de pasión desbordante. Eso se nota en las calles, en los medios de comunicación, en los diálogos de la gente. En este clima, que se repite cada cuatro años, la mayoría de los argentinos nos mostramos ansiosos, nerviosos, expectantes, caminando por la cornisa entre el optimismo y el pesimismo, sin distinciones de clases sociales o de edades. En medio de tanta efervescencia, de la que muchas veces es difícil escapar, sin dudas que el triunfo de la Selección argentina en el primer partido obrará como un disparador para aumentar la ansiedad por lo que se viene, el cotejo ante Serbia y Montenegro. Esto, más allá del rendimiento que haya tenido el equipo ante Costa de Marfil. Esta realidad incontrastable, la de estar pendientes de que la pelota ruede hacia tal o cual arco a miles de kilómetros de distancia, nos debe hacer reflexionar sobre el verdadero sentido de lo que se vive. Y encontrar respuestas en tanta pasión por una camiseta celeste y blanca para poder proyectarlas a otros órdenes.
El Mundial, al menos desde el jugado en 1978, generó que buena parte de la población supedite sus actividades a los partidos. Ya desde la etapa previa, la intensidad de los hechos se hace sentir. El comportamiento de la gente incluso altera aspectos como el económico. Un artículo publicado en LA GACETA dio cuenta de que el efecto Mundial se hizo sentir ya desde mayo entre los consumidores tucumanos. Y que, en el rubro televisores, la venta fue sostenida y creciente, y no sólo de las variedades
más baratas. A ello hay que agregarle la enorme cantidad de prendas de vestir y de elementos de cotillón con los colores de la bandera, que inundaron negocios y calles, dándole a la ciudad un aspecto fuera de lo común.
Por otro lado, ya desde hace varias semanas fue cosa juzgada la decisión de integrar este fenómeno cultural y deportivo al ámbito educativo. Así, se permitió ver los partidos de la Selección, en una experiencia que busca ser complementaria de las actividades de la escuela y que, se pregona, puede repercutir favorablemente en el aspecto social y comunitario. No obstante, este último punto deberá estar acompañado por un correcto seguimiento de los docentes, para que la idea no se convierta en un fiasco que genere deserción escolar los días de los partidos y un caos en materia de comportamiento. Sin dudas que el hecho, en ese caso, no debe pasar sólo por ver un cotejo y comentarlo; ampliar el concepto hacia campos como la lectura, la comprensión de la información en un contexto amplio, el interés por la investigación, entre otros puntos, se convierte en una necesidad. Hubo actividades que fueron consecuentes con tanta pasión. Por ejemplo, los organizadores del Rally de Tucumán entendieron que era mejor postergar una semana la largada, para permitir a la gente ver el debut de la Selección, que es siempre el que más expectativa genera. Pero hubo otras -congresos, convenciones, reuniones-, que decidieron seguir adelante con sus programas. En ambos casos, se trata de posiciones respetables, de perfecta comprensión al contexto en el que se encuentran.
Todos estos datos no hacen más que confirmar que los días que se viven y los por venir tendrán el inocultable sesgo de una pasión popular que no tiene fronteras, y que altera los tiempos de la actividad cotidiana y los comportamientos de la gente. Una situación con la que se puede estar de acuerdo o no, pero nunca mantenerse al margen. Ante la evidencia, sólo queda pedir -por si hace falta-, cordura. Hablamos de un entretenimiento, el más popular, pero que de ninguna manera representa el fin último de nuestras vidas.
El Mundial, al menos desde el jugado en 1978, generó que buena parte de la población supedite sus actividades a los partidos. Ya desde la etapa previa, la intensidad de los hechos se hace sentir. El comportamiento de la gente incluso altera aspectos como el económico. Un artículo publicado en LA GACETA dio cuenta de que el efecto Mundial se hizo sentir ya desde mayo entre los consumidores tucumanos. Y que, en el rubro televisores, la venta fue sostenida y creciente, y no sólo de las variedades
más baratas. A ello hay que agregarle la enorme cantidad de prendas de vestir y de elementos de cotillón con los colores de la bandera, que inundaron negocios y calles, dándole a la ciudad un aspecto fuera de lo común.
Por otro lado, ya desde hace varias semanas fue cosa juzgada la decisión de integrar este fenómeno cultural y deportivo al ámbito educativo. Así, se permitió ver los partidos de la Selección, en una experiencia que busca ser complementaria de las actividades de la escuela y que, se pregona, puede repercutir favorablemente en el aspecto social y comunitario. No obstante, este último punto deberá estar acompañado por un correcto seguimiento de los docentes, para que la idea no se convierta en un fiasco que genere deserción escolar los días de los partidos y un caos en materia de comportamiento. Sin dudas que el hecho, en ese caso, no debe pasar sólo por ver un cotejo y comentarlo; ampliar el concepto hacia campos como la lectura, la comprensión de la información en un contexto amplio, el interés por la investigación, entre otros puntos, se convierte en una necesidad. Hubo actividades que fueron consecuentes con tanta pasión. Por ejemplo, los organizadores del Rally de Tucumán entendieron que era mejor postergar una semana la largada, para permitir a la gente ver el debut de la Selección, que es siempre el que más expectativa genera. Pero hubo otras -congresos, convenciones, reuniones-, que decidieron seguir adelante con sus programas. En ambos casos, se trata de posiciones respetables, de perfecta comprensión al contexto en el que se encuentran.
Todos estos datos no hacen más que confirmar que los días que se viven y los por venir tendrán el inocultable sesgo de una pasión popular que no tiene fronteras, y que altera los tiempos de la actividad cotidiana y los comportamientos de la gente. Una situación con la que se puede estar de acuerdo o no, pero nunca mantenerse al margen. Ante la evidencia, sólo queda pedir -por si hace falta-, cordura. Hablamos de un entretenimiento, el más popular, pero que de ninguna manera representa el fin último de nuestras vidas.
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