31 Mayo 2006 Seguir en 
El presidente de la Nación manifestó, en su discurso del 25 de mayo, que su sueño es “ayudar a construir una Argentina cada vez más plural”, y a partir de esa expresión suscitó un debate acerca de la pluralidad y su significado, como parte esencial del sistema democrático. Un debate, por cierto, esclarecedor, en la medida que ha permitido determinar cuán lejos se hallan nuestras relaciones políticas de contribuir al gran proyecto de país que reiteradamente se proclama, pero que no se define como propuesta convocante. En primer término, debe señalarse que la pluralidad requiere del diálogo como vía de coparticipación en el destino común de la sociedad.
Desafortunadamente, ese intercambio creador está cada vez más ausente de nuestra vida pública, hasta el punto de que, poco después de la manifestación del doctor Kirchner, el ministro del Interior, Aníbal Fernández, sintió la necesidad de explicar que la pluralidad convocante del Gobierno no incluía a los líderes más notorios de la oposición “porque no piensan como uno”; lo que es lo mismo que decir que la convocatoria presidencial concierne a quienes comparten las políticas oficiales.
“La pluralidad -precisó el titular de la cartera política- es buscar a cualquiera en cualquier lugar que tenga un objetivo como el de uno”. Ese criterio angosto de la relación política explica, al menos, que en la estrategia oficial no figure el diálogo con los partidos -ni siquiera con el propio- y que la diversidad se acepte mediante la cooptación de dirigentes de organizaciones no solidarias con la gestión presidencial.
El debate sobre el concepto de pluralidad ha permitido igualmente establecer las causas por las que el oficialismo posterga ilimitadamente la reforma del sistema representativo y de partidos para adecuarlos a las exigencias constitucionales. El descrédito de los regímenes vigentes contribuye notoriamente a la estrategia gubernamental, de carácter movimientista, e incluye al propio Partido Justicialista, cuya reorganización no parece preocupar a Kirchner tanto como la adhesión heterogénea movilizada hace una semana.
Tal concepto de pluralidad refuerza el sentido de “nuevo orden” como opositor al viejo, en el que los partidos serían organizaciones intermedias descartables si no actúan en acompañamiento del pensamiento oficial. Por cierto que ese pensamiento se genera en un círculo cerrado, como el que implica la carencia de reuniones de gabinete y el hecho de que el oficialismo parlamentario no haya apoyado ningún proyecto de la oposición en los últimos tres años.
La ausencia de diálogo pluralista ha dejado, por el contrario, amplio espacio en el debate político al discurso crispado, que no sólo enfrenta destempladamente a los diferentes sectores partidarios, sino que convierte sus vidas internas en campos de rivalidades destructivas. Mientras la sociedad argentina demuestra todos los días que la severa lección de la crisis fortaleció su sentimiento de convivencia en libertad, quienes la gobiernan desde esa visión centralista parecen olvidar que el pluralismo democrático, entre acuerdos y disidencias, construye el consenso propio del orden republicano. Si en algo debe gravitar el pasado es en la experiencia que ha dejado sobre la necesidad de construir el futuro respetando la diversidad y no mediante la exclusión de quienes también son parte de la realidad electoral. El país, ha reconocido el Presidente, es de todos. Se espera, en consecuencia, que su gobierno lo sea para todos y no sólo el de quienes comparten invariablemente sus decisiones.
Desafortunadamente, ese intercambio creador está cada vez más ausente de nuestra vida pública, hasta el punto de que, poco después de la manifestación del doctor Kirchner, el ministro del Interior, Aníbal Fernández, sintió la necesidad de explicar que la pluralidad convocante del Gobierno no incluía a los líderes más notorios de la oposición “porque no piensan como uno”; lo que es lo mismo que decir que la convocatoria presidencial concierne a quienes comparten las políticas oficiales.
“La pluralidad -precisó el titular de la cartera política- es buscar a cualquiera en cualquier lugar que tenga un objetivo como el de uno”. Ese criterio angosto de la relación política explica, al menos, que en la estrategia oficial no figure el diálogo con los partidos -ni siquiera con el propio- y que la diversidad se acepte mediante la cooptación de dirigentes de organizaciones no solidarias con la gestión presidencial.
El debate sobre el concepto de pluralidad ha permitido igualmente establecer las causas por las que el oficialismo posterga ilimitadamente la reforma del sistema representativo y de partidos para adecuarlos a las exigencias constitucionales. El descrédito de los regímenes vigentes contribuye notoriamente a la estrategia gubernamental, de carácter movimientista, e incluye al propio Partido Justicialista, cuya reorganización no parece preocupar a Kirchner tanto como la adhesión heterogénea movilizada hace una semana.
Tal concepto de pluralidad refuerza el sentido de “nuevo orden” como opositor al viejo, en el que los partidos serían organizaciones intermedias descartables si no actúan en acompañamiento del pensamiento oficial. Por cierto que ese pensamiento se genera en un círculo cerrado, como el que implica la carencia de reuniones de gabinete y el hecho de que el oficialismo parlamentario no haya apoyado ningún proyecto de la oposición en los últimos tres años.
La ausencia de diálogo pluralista ha dejado, por el contrario, amplio espacio en el debate político al discurso crispado, que no sólo enfrenta destempladamente a los diferentes sectores partidarios, sino que convierte sus vidas internas en campos de rivalidades destructivas. Mientras la sociedad argentina demuestra todos los días que la severa lección de la crisis fortaleció su sentimiento de convivencia en libertad, quienes la gobiernan desde esa visión centralista parecen olvidar que el pluralismo democrático, entre acuerdos y disidencias, construye el consenso propio del orden republicano. Si en algo debe gravitar el pasado es en la experiencia que ha dejado sobre la necesidad de construir el futuro respetando la diversidad y no mediante la exclusión de quienes también son parte de la realidad electoral. El país, ha reconocido el Presidente, es de todos. Se espera, en consecuencia, que su gobierno lo sea para todos y no sólo el de quienes comparten invariablemente sus decisiones.
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