Restaurar la estación Central Córdoba

30 Mayo 2006
En estos últimos tiempos se ha expresado en Tucumán, de distintas maneras, la adhesión hacia las iniciativas de valorización de nuestro patrimonio histórico. Hablamos, por ejemplo, de la inauguración del Museo de la Universidad Nacional de Tucumán y del Museo Elmina Paz-Gallo, de las Hermanas Dominicas, y de la reciente habilitación del Museo del Ejército. En el mismo orden se inscribe la masiva concurrencia al Curso de Patrimonio Histórico que se viene dictando, con el auspicio de la Junta de Estudios Históricos de Tucumán.
Debemos congratularnos de que se perciba una tendencia de tal naturaleza. Pareciera innecesario repetir que la estima hacia su patrimonio histórico es un claro indicador de la cultura de una comunidad. Revela una vinculación interior con aquello que fue, pero que sigue viviendo entre los contemporáneos, y se enriquece notablemente la tarea del espíritu al asentarla sobre una tradición. Testimonia también reconocimiento a las acciones del pasado y, por ese camino, al sacrificio y al espíritu visionario de las generaciones que nos precedieron.
Al mismo tiempo, la valorización del patrimonio contribuye con fuerza a afirmar la identidad. Conservarlo significa respetar los testimonios que dan perfil propio a una agrupación humana, y que son aptos para definir su individualidad.
De más está decir que, para que aquella conservación derive en frutos espirituales, debe ser suficientemente difundida. Interiorizarse realmente de lo que se tiene  suscita en las personas un vínculo de pertenencia y aprecio hacia ello; porque no puede pedirse a nadie que quiera y proteja lo que desconoce. Es evidente que muchas depredaciones inconscientes que sufren los bienes de disfrute público podrían disminuir si se divulgara lo suficiente, entre la población, el significado que rodea a los elementos dañados.
Pensamos que los signos positivos que marcamos al comienzo debieran generalizarse. Días atrás, nos referimos en este espacio a la necesidad de practicar una restauración integral de la Casa Padilla. Es un inmueble histórico, que espera desde hace muchos años las obras que lo pongan en condiciones de servir al destino de museo.
Es del caso agregar otra deficiencia que sería necesario subsanar. En la intersección de las calles San Martín y Marco Avellaneda, se alza un edificio de dos plantas que pertenece con pleno derecho a la historia cívica, social y económica de los tucumanos. Nos referimos a la antigua Estación del Central Córdoba. Como se sabe, allí llegó el primer tren que tuvo la provincia, en una célebre ceremonia donde hablaron el presidente Nicolás Avellaneda y el ex presidente Domingo Faustino Sarmiento, en 1876. Bastan estas referencias (a las que debe sumarse todo lo que el ferrocarril significó para transformar la economía y la vida de Tucumán en general) para marcar el fuerte carácter de testimonio histórico que posee.
Felizmente, la fiebre de demoliciones y remodelaciones del siglo pasado no afectó el aspecto exterior de la venerable estación. Así, ha llegado hasta nuestros días con el mismo aire de hace 130 años, nada menos. Cabe recordar que, tiempo atrás, durante la gobernación Bussi, se le practicaron algunos arreglos, además de parquizar el entorno. Pero las obras de no tuvieron esa continuidad que es indispensable en toda construcción añosa. Sería deseable, entonces, que los alentadores síntomas de valorización del patrimonio histórico y cultural que se advierten actualmente, se expresaran también, con urgencia, en este caso. Que, obviamente, debe ser conservado como un monumento de gran significación.





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