El rugby enfrenta una doble encrucijada

29 Mayo 2006
Días de nervios vivió el rugby, en Tucumán y en Buenos Aires. Uno, por problemas “de forma” en la firma de un contrato entre una empresa y los árbitros, por la provisión de indumentaria deportiva, que derivó en un pedido de renuncia hacia todos los integrantes de la Comisión. Otro, por “desatención dirigencial a reclamos hechos por los jugadores que integran los seleccionados nacionales”. Esta última situación fue perfectamente sintetizada por el emblemático jugador Omar Hasán: “por un lado nos piden un profesionalismo absoluto para jugar y por el otro, un amateurismo total para entrenar”, dijo.
La primera de las situaciones dejó al rugby casi en estado de shock. Pero la rápida gestión dirigencial permitió que se jugara la mayoría de los partidos, dirigidos por ex jueces, e incluso, por entrenadores. La salida, sin embargo, no solucionó el problema de fondo. Los dichos del presidente de la Unión local, Miguel Reginato, echan algo de luz sobre el asunto. “Nadie puede refrendar un contrato si no es con la firma del presidente y del tesorero de la URT. Aquí hubo un problema de desconocimiento, de diferencias de criterio. Por eso se les pidió la renuncia”, le comentó el dirigente a LA GACETA.
No hubo demasiada repercusión mediática entre los damnificados. Sólo Luis Palacio, titular de la comisión, alcanzó a decir que está tranquilo, porque se trabajó por los árbitros, y deslizó: “no sigo un minuto más”. El presidente de Lince, Héctor Navajas, fue un poco más allá en la cuestión. Habló de autoritarismo, de dirigentes que agreden a los jueces y de grandes heridas.
¿Cuánto de razón encerraron estas palabras, y cuánto de rencor? ¿Realmente nuestro rugby se tornó en una hoguera de las vanidades? ¿Nadie pensó en solucionar el conflicto de una forma más diplomática? En cualquier caso, los principales afectados fueron las más de 4.500 personas que integran los equipos y que jugaron igual, aunque sin el control de los más idóneos para hacerlo. Está claro que el espíritu del rugby quedó resentido; que con este caso no ganó nadie, y sí perdió el deporte.
En el caso de los 53 jugadores de Los Pumas que renunciaron al equipo, el conflicto se desató por diferencias sobre cuestiones económicas. Viáticos impagos, deudas no atendidas y el pedido de no disolución de un fondo de ayuda integran el cóctel de reclamos. Pero, sin dudas, el reclamo fundamental es que se les preste más atención a los rugbistas que actúan en la Argentina. Según los jugadores, no sólo no hubo respuesta a lo pedido, sino que además se dejó de pagarles a quienes pertenecían a un plan especial de entrenamiento que se llevaba a cabo en el Cenard. Y tampoco hubo respuesta al pedido de pago de viáticos a quienes participaron del Circuito Mundial de Seven.
El problema puede tener consecuencias muy serias para el seleccionado. En el futuro cercano asoman los test-matches contra Gales y contra Nueva Zelanda. Y en el mediano plazo, el Mundial. Y se sabe que en un contexto internacional de permanentes cambios y crecientes exigencias, en el que el profesionalismo revolucionó todos los esquemas en preparación, intensidad y juego, no se puede dar ventajas de ningún tipo.
Tal cual están las cosas -aunque el presidente de la UAR haya mostrado su sorpresa y su desolación por la renuncia-, ningún dirigente parece estar en sintonía con la urgencia del caso. Se sabe que sin jugadores no puede haber rugby. Los últimos resultados internacionales dejan en claro que ninguno escatimó esfuerzos. Y que el reclamo parece estar bien fundamentado.


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