28 Mayo 2006 Seguir en 
La compuerta del cementerio cruje y el adusto sepulturero guía al visitante a lo largo de filas de tumbas rotas. “Allí está ella”, dice Ali Mansur señalando a una lápida. “Yo cuido de ella, pero nadie viene de visita”.
Gertrude Bell, una viajera británica, escritora y lingüista, era una de las mujeres más poderosas de los años 20, asesora de constructores de imperios y confidente de reyes. Una “secretaria oriental” para los gobiernos británicos; a ella se le atribuye haber trazado las fronteras de la Irak moderna, en base a las ruinas del imperio otomano una vez finalizada la Primera Guerra Mundial.
Ahora, mientras su creación colonial está al borde del colapso debido a la violencia sectaria, la mujer apodada la “Reina de Irak” yace en un cementerio olvidado de Bagdad.
Casi 80 años después de la muerte de Bell y a más de tres de que las fuerzas de EE.UU. invadieron Irak para derrocar a Saddam, muchos temen que la unidad de Irak esté en riesgo por los asesinatos, las milicias errantes y el temor, que está desterrando familias. Algunos creen que el país podría dividirse en tres regiones sectarias y étnicas.
El primer ministro designado Nuri al-Maliki se ha comprometido a formar un gobierno de coalición para unir a las comunidades de musulmanes chiítas, árabes sunitas y kurdos que durante mucho tiempo han competido en Irak.
Bell y sus pares colonos establecieron las fronteras de Irak al juntar las viejas provincias otomanas de Mosul, Bagdad y Basora, buscando asegurar los intereses británicos y prestándoles poca atención a las fronteras tribales y étnicas. Ella también había ayudado a redactar muchas de las políticas que más adelante fueron tomadas por Saddam y que exacerbaron las tensiones entre chiítas y sunitas de siglos de antigüedad. Ella se aseguró que una elite sunita, favorecida por los turcos, dominara el nuevo gobierno y el ejército iraquí. Mientras, la mayoría chiíta, a quien ella consideraba fanáticos religiosos, permaneció oprimida. En las elecciones de diciembre, los iraquíes votaron contra las líneas religiosas y étnicas, dándole la espalda al Estado centralizado impuesto en principio por Bell y las autoridades británicas y más tarde por Saddam.
Bell, que tuvo una educación aristocrática, vivió en una Bagdad más elegante que la ciudad de hoy, llena de bolsas de arena, vehículos blindados y restos de edificios gubernamentales bombardeados de la era de Saddam. Vestía largos vestidos musulmanes y sombreros de plumas, y cabalgaba por las orillas del Tigris. En sus cartas, describe una Bagdad de té, regatas, excursiones de nado y almuerzos en las terrazas de edificios coloniales.
Pero, a medida que se extendían las revueltas y que Gran Bretaña usaba bombas y gas venenoso en contra de quienes se opusieran a su presencia, ella desapareció de la vida pública.
Cinco años antes de su muerte por una sobredosis de píldoras para dormir, a los 57 años, en 1926, escribió: “Pueden contar con una cosa: nunca más participaré de la creación de reyes, es demasiada presión”. Miles de personas se apiñaron en las calles de Bagdad para ver su ataúd pasar camino al cementerio británico en el distrito Bab al-Sharji.
Mansur, que vive junto a su esposa en una cabaña dentro del cementerio, dice que una iglesia local le paga U$S 3 al mes para limpiar la tumba de Bell de maleza. La misma tumba fue limpiada y restaurada por un bienintencionado el año pasado ante la que, previo a la guerra, los periodistas extranjeros solían detenerse. Ahora, dice Mansur, tienen demasiado miedo de ser asesinados o secuestrados para animarse a venir aquí..
Gertrude Bell, una viajera británica, escritora y lingüista, era una de las mujeres más poderosas de los años 20, asesora de constructores de imperios y confidente de reyes. Una “secretaria oriental” para los gobiernos británicos; a ella se le atribuye haber trazado las fronteras de la Irak moderna, en base a las ruinas del imperio otomano una vez finalizada la Primera Guerra Mundial.
Ahora, mientras su creación colonial está al borde del colapso debido a la violencia sectaria, la mujer apodada la “Reina de Irak” yace en un cementerio olvidado de Bagdad.
Casi 80 años después de la muerte de Bell y a más de tres de que las fuerzas de EE.UU. invadieron Irak para derrocar a Saddam, muchos temen que la unidad de Irak esté en riesgo por los asesinatos, las milicias errantes y el temor, que está desterrando familias. Algunos creen que el país podría dividirse en tres regiones sectarias y étnicas.
El primer ministro designado Nuri al-Maliki se ha comprometido a formar un gobierno de coalición para unir a las comunidades de musulmanes chiítas, árabes sunitas y kurdos que durante mucho tiempo han competido en Irak.
Bell y sus pares colonos establecieron las fronteras de Irak al juntar las viejas provincias otomanas de Mosul, Bagdad y Basora, buscando asegurar los intereses británicos y prestándoles poca atención a las fronteras tribales y étnicas. Ella también había ayudado a redactar muchas de las políticas que más adelante fueron tomadas por Saddam y que exacerbaron las tensiones entre chiítas y sunitas de siglos de antigüedad. Ella se aseguró que una elite sunita, favorecida por los turcos, dominara el nuevo gobierno y el ejército iraquí. Mientras, la mayoría chiíta, a quien ella consideraba fanáticos religiosos, permaneció oprimida. En las elecciones de diciembre, los iraquíes votaron contra las líneas religiosas y étnicas, dándole la espalda al Estado centralizado impuesto en principio por Bell y las autoridades británicas y más tarde por Saddam.
Bell, que tuvo una educación aristocrática, vivió en una Bagdad más elegante que la ciudad de hoy, llena de bolsas de arena, vehículos blindados y restos de edificios gubernamentales bombardeados de la era de Saddam. Vestía largos vestidos musulmanes y sombreros de plumas, y cabalgaba por las orillas del Tigris. En sus cartas, describe una Bagdad de té, regatas, excursiones de nado y almuerzos en las terrazas de edificios coloniales.
Pero, a medida que se extendían las revueltas y que Gran Bretaña usaba bombas y gas venenoso en contra de quienes se opusieran a su presencia, ella desapareció de la vida pública.
Cinco años antes de su muerte por una sobredosis de píldoras para dormir, a los 57 años, en 1926, escribió: “Pueden contar con una cosa: nunca más participaré de la creación de reyes, es demasiada presión”. Miles de personas se apiñaron en las calles de Bagdad para ver su ataúd pasar camino al cementerio británico en el distrito Bab al-Sharji.
Mansur, que vive junto a su esposa en una cabaña dentro del cementerio, dice que una iglesia local le paga U$S 3 al mes para limpiar la tumba de Bell de maleza. La misma tumba fue limpiada y restaurada por un bienintencionado el año pasado ante la que, previo a la guerra, los periodistas extranjeros solían detenerse. Ahora, dice Mansur, tienen demasiado miedo de ser asesinados o secuestrados para animarse a venir aquí..
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