Víctimas y victimarios
Los adolescentes, los niños y los jóvenes están particularmente expuestos a las influencias que el entorno ejerce sobre ellos. Por Juan Carlos Di Lullo jdilullo@lagaceta.com.ar Redacción LA GACETA
28 Mayo 2006 Seguir en 
Cada semana se producen en Buenos Aires unas 30 peleas entre grupos de adolescentes que pertenecen a familias de clase media alta, según un informe elaborado en el Ministerio del Interior que fue reproducido por una revista de circulación nacional. Algunas de estas refriegas, en las que se usan armas blancas y de fuego, se generan a través de citas realizadas en foros de internet. Esta realidad, que no es exclusiva de la Capital Federal, choca contra la creencia generalizada de que los autores de los delitos y los responsables de los actos de violencia surgen siempre desde las capas sociales más bajas.
Es cierto que las estadísticas revelan que la miseria y un entorno de violencia familiar generan condiciones ideales para el desarrollo de la delincuencia; pero también la convicción de que el dinero o las influencias pueden resolver cualquier problema produce una sensación de impunidad que alienta comportamientos delictivos entre jóvenes pertenecientes a las clases más acomodadas.
En los últimos cuatro años murieron de manera violenta casi 12.000 argentinos de entre 15 y 24 años; las cifras revelan que estos conforman el grupo de riesgo que aporta el mayor número de víctimas cuando se desata el salvajismo. Y por eso merecen especialmente la atención familiar y la del Estado, a través de políticas educativas adecuadas y de planes de contención que nada tienen que ver con el reparto de los bolsones electorales.
A comienzos de los 60 se conoció en Argentina "La naranja mecánica", una novela de Anthony Burgess sobre la que Stanley Kubrick filmó la excelente película homónima. Allí se describe una sociedad del futuro en la que grupos de adolescentes salen por las noches a golpear a mendigos, a asaltar a ancianos o a irrumpir en las casas para provocar destrozos sólo por el placer de hacerlo. Para corregirlos, se los obliga a observar escenas brutales mientras se les administran drogas que les producen graves indisposiciones físicas, hasta que la violencia queda íntimamente asociada con el malestar.
El autor deja en claro que el procedimiento genera más problemas que los que pretende resolver. Pero, tanto la novela como la película -exhibida en Argentina recién después del retorno de la democracia- muestran con crudeza una sociedad en la que los adolescentes pretenden reemplazar el vacío de sus existencias con sensaciones fuertes que sólo encuentran en el ejercicio de la violencia. Los protagonistas hablaban el "idioma nasdat", el lenguaje de los adolescentes, en el que por ejemplo, "dva drugos cloparon a una bábuchca pero no crastaron dengo" significaba "dos amigos golpearon a una vieja pero no robaron dinero".
Diálogo actual, tomado de un chat: q ases - me lvnt tard - ok - salgamos sta tard - m viejo no m dja - bajon - xq - x nada - Weno, vni a ksa.
O sea: ¿Qué hacés? - Me levanté tarde - Está bien - Salgamos esta tarde - Mi viejo no me deja - Qué bajón - ¿Por qué? - Por nada - Bueno, vení a casa.
En la medida en que nuestros jóvenes no descubran a través de la educación motivaciones profundas que generen y orienten su creatividad y su actividad productiva, estarán cada vez más expuestos a la imposición de los modelos de éxito fácil y de sobrevaloración del triunfo económico a la que los somete el bombardeo mediático.
La falta de proyectos de vida que los apasionen puede condicionarlos de manera tal que la frustración y la sensación de vacío resulten inevitables. Y no hay estrato social capaz de minimizar este peligro.
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