02 Abril 2006 Seguir en 
Al ajedrez se lo llama "el juego ciencia", porque quienes lo practican en el nivel de la alta competición deben conocer complicadas estrategias y memorizar combinaciones que les permiten anticipar mentalmente varias jugadas y sus respectivas variantes. Poco espacio le queda al azar en esta disciplina.
El "go" es un milenario juego oriental que practican dos personas sobre un tablero con 361 intersecciones; se usan 180 fichas blancas y 181 negras, y el desarrollo es eminentemente posicional. Por sus exigencias tácticas, estratégicas y de concentración, el go ha servido como entrenamiento a los grandes genios militares. Se dice que Mao Tse Tung lo aplicó en la guerra popular china, y que el general vietnamita Vo Nguyen Giap se apoyó en los conceptos aprendidos sobre el tablero para burlar los ataques de los marines norteamericanos.
El ya fallecido periodista deportivo Dante Panzeri decía que el fútbol es "la dinámica de lo impensado". Cualquier seguidor de ese deporte podrá certificarlo, al ver cómo naufragan estrepitosamente las "tácticas de pizarrón" cuando algún Maradona, Pelé, Ronaldinho, Zidane, Messi (la lista puede seguir) improvisa, rompe los moldes y produce un impensado salto de calidad. El alto componente de azar que tiene el desarrollo de un encuentro -a lo que se suman los siempre polémicos fallos arbitrales que inciden sobre el resultado- hacen que este deporte tenga mucho de juego y poco de ciencia.
Y en el otro extremo están los juegos de azar, en los que la caída de los dados o de una bolilla en un disco numerado señalan al ganador; una variante folclórica es la taba: el hueso vacuno decide, luego de ser arrojado, si hubo suerte u otra situación denominada tradicionalmente de forma menos decorosa.
No en vano en la Argentina se sigue jugando a la taba, el fútbol es el deporte más popular, y el ajedrez está relegado a un grupo de entusiastas cultores -afortunadamente no tan reducido como puede pensarse por su escasa difusión mediática-, mientras que el go es casi desconocido. Pareciera formar parte de la genética del ser nacional la pasión por la improvisación y la esperanza de que algún iluminado o una sucesión de hechos fortuitos haga que el viento sople en dirección favorable a los intereses nacionales.
Trazar estrategias a largo plazo no suele ser una costumbre autóctona, y mucho menos entre los gobernantes, generalmente ocupados en resolver la coyuntura. "La organización vence al tiempo", decía Juan Domingo Perón, pero a todos -incluido al autor del pensamiento- nos ha costado demasiado poner en práctica de manera habitual la conocida máxima.
Nos gustan las soluciones inmediatas, y por eso mismo, hablar de planes cuyos frutos se cosecharán en la próxima generación no nos seduce. En estos tiempos no parece una opción viable la de trabajar seriamente sobre la educación para que quienes hoy pisan por primera vez las aulas desarrollen un interés serio por el conocimiento; para que descubran sus talentos ocultos y se entrenen para potenciarlos; que después se conviertan en jóvenes con proyectos de vida, con apego por la solidaridad, y no en seres simplemente preocupados por "zafar"; y que lleguen finalmente a ser adultos formados en la cultura del trabajo en lugar de perseguidores del éxito económico, aunque para lograrlo dejen en el camino principios y convicciones. De esa manera podríamos tener la esperanza de contar algún día con dirigentes que elaboren políticas de Estado en lugar de diagramar la entrega de bolsones.
Si nuestras aficiones nacionales fueran el ajedrez o el go, hubiéramos desarrollado un pensamiento que nos habría dictado políticas capaces de evitar algunas de las catástrofes que hemos sufrido. Lo que parece cierto es que si la improvisación, las acciones que se adoptan por reacción y no en prevención, y la atención apresurada de los problemas coyunturales sigue consumiendo nuestras energías, el gran deporte nacional terminará siendo la ruleta rusa.
El "go" es un milenario juego oriental que practican dos personas sobre un tablero con 361 intersecciones; se usan 180 fichas blancas y 181 negras, y el desarrollo es eminentemente posicional. Por sus exigencias tácticas, estratégicas y de concentración, el go ha servido como entrenamiento a los grandes genios militares. Se dice que Mao Tse Tung lo aplicó en la guerra popular china, y que el general vietnamita Vo Nguyen Giap se apoyó en los conceptos aprendidos sobre el tablero para burlar los ataques de los marines norteamericanos.
El ya fallecido periodista deportivo Dante Panzeri decía que el fútbol es "la dinámica de lo impensado". Cualquier seguidor de ese deporte podrá certificarlo, al ver cómo naufragan estrepitosamente las "tácticas de pizarrón" cuando algún Maradona, Pelé, Ronaldinho, Zidane, Messi (la lista puede seguir) improvisa, rompe los moldes y produce un impensado salto de calidad. El alto componente de azar que tiene el desarrollo de un encuentro -a lo que se suman los siempre polémicos fallos arbitrales que inciden sobre el resultado- hacen que este deporte tenga mucho de juego y poco de ciencia.
Y en el otro extremo están los juegos de azar, en los que la caída de los dados o de una bolilla en un disco numerado señalan al ganador; una variante folclórica es la taba: el hueso vacuno decide, luego de ser arrojado, si hubo suerte u otra situación denominada tradicionalmente de forma menos decorosa.
No en vano en la Argentina se sigue jugando a la taba, el fútbol es el deporte más popular, y el ajedrez está relegado a un grupo de entusiastas cultores -afortunadamente no tan reducido como puede pensarse por su escasa difusión mediática-, mientras que el go es casi desconocido. Pareciera formar parte de la genética del ser nacional la pasión por la improvisación y la esperanza de que algún iluminado o una sucesión de hechos fortuitos haga que el viento sople en dirección favorable a los intereses nacionales.
Trazar estrategias a largo plazo no suele ser una costumbre autóctona, y mucho menos entre los gobernantes, generalmente ocupados en resolver la coyuntura. "La organización vence al tiempo", decía Juan Domingo Perón, pero a todos -incluido al autor del pensamiento- nos ha costado demasiado poner en práctica de manera habitual la conocida máxima.
Nos gustan las soluciones inmediatas, y por eso mismo, hablar de planes cuyos frutos se cosecharán en la próxima generación no nos seduce. En estos tiempos no parece una opción viable la de trabajar seriamente sobre la educación para que quienes hoy pisan por primera vez las aulas desarrollen un interés serio por el conocimiento; para que descubran sus talentos ocultos y se entrenen para potenciarlos; que después se conviertan en jóvenes con proyectos de vida, con apego por la solidaridad, y no en seres simplemente preocupados por "zafar"; y que lleguen finalmente a ser adultos formados en la cultura del trabajo en lugar de perseguidores del éxito económico, aunque para lograrlo dejen en el camino principios y convicciones. De esa manera podríamos tener la esperanza de contar algún día con dirigentes que elaboren políticas de Estado en lugar de diagramar la entrega de bolsones.
Si nuestras aficiones nacionales fueran el ajedrez o el go, hubiéramos desarrollado un pensamiento que nos habría dictado políticas capaces de evitar algunas de las catástrofes que hemos sufrido. Lo que parece cierto es que si la improvisación, las acciones que se adoptan por reacción y no en prevención, y la atención apresurada de los problemas coyunturales sigue consumiendo nuestras energías, el gran deporte nacional terminará siendo la ruleta rusa.







