"La música siempre me dio satisfacciones"

El pianista Mario Magliani, que fue uno de los motores de la vida musical tucumana, comenzó su carrera durante la guerra.

05 Febrero 2006
Lleva 80 corcheas en su corazón. Hace pocos años, cuando comenzaron a asaltarlo lagunas en su memoria, decidió retirarse de las lides pianísticas. Durante cinco décadas fue un motor importante en la vida musical de Tucumán; sin embargo, se siente injustamente olvidado. "No sé por qué uno se hace de enemigos sin saberlo. A veces uno se siente incómodo en el ambiente, donde antes uno había tenido grandes momentos; uno se siente medio olvidado o poco apreciado, una suerte de ingratitud. Claro, es normal, cuando pasan los años... Es en el ambiente musical donde siento eso", afirma Mario Magliani. En Pesaro, la ciudad donde había nacido el gran Rossini, su madre Itala soñó que tendría un genio musical y a los cinco años le "encajó" el piano. "No era para tanto, di conciertos entre los 5 y 7 años en lugares de beneficencia, en escuelas. No era un supergenio; aunque me decían enfant prodige, nunca fue algo notable, en gran escala. Mi vida artística empezó durante la Segunda Guerra", afirma el maestro Mario Magliani.

- ¿Usted estuvo en la Resistencia?
- En el 43, Italia se dividió en dos. El rey se separó del fascismo, lo metió preso a Mussolini, pero los alemanes lo liberaron y él formó un gobierno en el norte, en Milán. Entonces había dos gobiernos. El norte estaba bajo el dominio de los alemanes y los fascistas, y en el sur, estaban los aliados y los italianos que no combatían y los que estaban en la Resistencia. Me presenté en un cuartel porque yo tenía 18 años. Los fascistas me pusieron con un grupo de italianos que debían ser enviados a Alemania, pero yo no fui porque no había lugar en el cuartel y me pusieron en la cárcel. Al día siguiente, mandaron a 1.000 soldados a Alemania a trabajar en fábricas, en campos. En la cárcel, me pusieron a limpiar letrinas. Mi madre protestó, diciendo: "¡cómo, mi hijo es un genio y ustedes le hacen eso!" Cuando ocurrió el bombardeo hubo una confusión espantosa, entonces mi madre me hizo escapar. Me fui al campo de un amigo y luego me escapé a la montaña, entre Pesaro y Florencia, donde estaba la Resistencia. No participé en la lucha armada, pero estaba con ellos. Automáticamente, estaba condenado a ser fusilado porque era un desertor. Cuando las tropas nos liberaron, este capitán inglés me contrató. Yo figuraba como guerrillero, pero nunca tomé un fusil.

- ¿Luego de la liberación tocó para las tropas?

- En el 44, un capitán inglés me contrató porque los aliados llegaron a Pesaro y siguieron hasta Bologna, donde estaba el frente de combate. Me contrató para tocar para la tropa inglesa y norteamericana y para los heridos. Di el primer concierto ante 2.000 soldados. Cuando terminé la Rapsodia Húngara Nº 2, de Liszt, sentí un gran ruido y un silbido a pleno pulmón. Entonces me quedé un poco asustado. El capitán me dijo: "no te aflijas, toca otra obra". Ellos, para demostrar su entusiasmo, golpeaban con el pie en forma violenta y silbaban con toda su fuerza. Claro, eran 2.000 soldados, así que el ruido era estruendoso. Después me acostumbré.

- ¿Por qué eligieron la Argentina?

- Italia estaba destruida. La casa nuestra estaba destruida; pero después, con un plan que nos dieron, con lo que mi padre y yo ganábamos, volvimos a construirla. Pero mi madre dijo que debíamos ir a un país donde hubiera paz. La idea nuestra era ir a Norteamérica, pero como no era posible, pensamos en la Argentina y vinimos en el 49. Llegue acá con mi madre, mi padre se quedó para terminar con algunas cosas. Estuvimos unos meses en Buenos Aires. Una sociedad de conciertos me envió a Córdoba y tuve mucho éxito. Me pasaron cosas graciosas. Debía dar un concierto en Río Cuarto y mandé la foto. Yo tenía fotos artísticas que me favorecían. Había un señor esperándome en la estación. El tenía mi foto, pero cuando bajé del tren no me reconoció. Ya no quedaba nadie en la estación, entonces pasé por delante de él y nada. Entonces le pregunté si estaba esperando a un pianista. "Y sí", me dijo. "Entonces soy yo", le contesté (se ríe). Y luego me ocurrió acá, con Cillario. Yo tenía que dar un concierto con la Sinfónica y anunciaron el concierto con la foto artística. Un grupo de chicas jovencitas fueron a saludarlo y yo estaba al lado de él y le dijeron: "hemos venido al concierto porque usted anunció como solista a un pianista que era un churro bárbaro y trajo uno que no lo era". Y Cillario dijo: "¡pero cómo, si acá está el churro bárbaro!" Yo me quedé un poco mal.

- ¿Tuvo otros percances extrapianísticos?

- Hicimos con Cillario y la Sinfónica de la UNT un concierto en el Parque de Grandes Espectáculos, en el parque 9 de Julio. Me pusieron un foco grande para que iluminara el teclado, y se llenó de bichos. Además yo tenía la costumbre de tocar con un frac muy abierto, para moverme más libremente; me entraron por el cuello y se asentaron también en el teclado. Yo tocaba el Concierto Nº 1 de Chopin, el que se está tocando constantemente. Cillario se dio cuenta de lo que sucedía y con la batuta me sacaba los bichos de las teclas. No sé cómo llegué al final, porque les tengo aprensión a los bichos.

- ¿Existen muchos celos entre los colegas?
- Parecen estupideces, pero llegan a odiarse, a menos que sean amigos y, por razones de compañerismo, se apoyen unos a otros. Yo lo veo en los alumnos. Al que toca bien, lo critican. He visto chiquitas que tienen una gran facilidad, perdidas, porque los profesores o los compañeros les han hecho la guerra, las han criticado y, poco a poco, se han ido apagando. El músico que puede llegar a ser reconocido es aquel que lucha, gana concursos o es apoyado, pero que, de entrada, el ambiente que lo rodea lo quiere destruir.

- ¿La docencia fue su otra pasión?
- La hice siempre en forma honesta. Cumplía con mis obligaciones, siempre al lado de los alumnos, pero no sentía placer. Me sentía más cómodo en el estudio que en la docencia. Cuando uno estudia, siente el progreso y amplía el repertorio. Nunca tuve pasión por otra cosa. La música siempre me gustó porque me dio grandes satisfacciones. Sentía más placer en tocar que en escuchar música, pero ahora es al revés, porque ya no toco. Con los años, uno pierde vigor, empuje. En este momento, no siento placer de tocar.

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