Los sueños relegados

Falta infraestructura para el turismo de verano. Por Nora Lía Jabif

10 Enero 2006
Cuando el termómetro trepa a los 40 grados -como está pasando en esta implacable primera quincena de enero- resurge la pregunta acerca de si Tucumán tiene el andamiaje suficiente como para ser ofrecida como un circuito turístico de verano.
Si bien Tucumán tiene muy buenos paisajes, también es cierto que el turismo de verano -y en particular el que se desarrolla en zonas de altas temperaturas como la tucumana- demanda actividades en las que esté presente el agua. La paradoja es que la región que fue para las comunidades originarias de la zona “el lugar donde nacen los ríos” (es una de las acepciones de Yucumán, en quechua), no le ofrece hoy al turista un menú por el cual se puedan aprovechar los diversos recursos hídricos que atraviesan este pequeño territorio cuyo mayor atractivo es su diversidad de microclimas. Hasta hace relativamente poco tiempo -digamos, 15 años atrás- turismo era sinónimo de paisaje. Hoy, cuando el acceso al disfrute turístico se ha masificado, el paisaje no basta, y la competencia exige valor agregado en infraestructura y en ofertas recreativas. Desde hace unos años, los sucesivos responsables de la política turística de la provincia visualizaron para Tucumán, entre otros ejes posibles de explotar, el turismo aventura. En este punto, la iniciativa privada le ganó en reflejos al Estado, que hasta ahora no ha respondido con infraestructura acorde a las propuestas de turismo no tradicional que se están empezando a ofrecer en Tucumán.
Si bien en el Ente de Turismo están trabajando en el desarrollo de proyectos de turismo rural, por ahora no son más que eso:  proyectos. Lo mismo ocurre con el dique El Cadillal, un diamante en bruto que está desperdiciado y en riesgo. El Cadillal es un emblema de las tantas utopías tucumanas que terminan volando bajo: para el dique que construyó Celestino Gelsi en los años 60 se soñaron en su momento destinos tan ambiciosos como una aerosilla, un museo arqueológico, un anfiteatro al aire libre que nos hace “viajar” a Atenas, un resort y un spa con embarcadero propio (sueños estos propios del apocalíptico 2001). La realidad, hoy, es una imagen congelada del domingo pasado en El Cadillal: mucha basura generada por una multitud desbordaba que se pasó el día entero bajo el sol (¿y los horarios establecidos por Medicina del Deporte?) sin árboles ni quinchos protectores, y a la que, por suerte, el trabajo conjunto de la Policía Lacustre, los guardavidas que contrató la Secretaría de Turismo y el IPLA pudieron contener. Lo que no pudieron contener fue la presencia descomunal de basura en toda la zona del dique, responsabilidad que le compete a la comuna de El Cadillal. Sin embargo, los alrededores de El Cadillal -que corre el riesgo de convertirse en una de las zonas problemáticas para el IPLA en este verano- son ideales para practicar turismo aventura o ecoturismo. Desde el Ente de Turismo aseguran que hay cinco propuestas de explotación del área, a cargo de otras tantas consultoras. No obstante, anticipan que la única novedad para este 2006 será el catamarán que adquirió la Provincia, y que gerenciará un tercero. Sobre las evaluaciones de las consultoras, advierten que los resultados no serán inmediatos, ya que hay que evaluar el impacto ambiental de cada propuesta. También aseguran que se está trabajando con la Secretaría de Cultura de la Provincia para recuperar el Museo Arqueológico, entre otras acciones de preservación y rescate patrimonial. Mientras tanto, el presente es la imagen congelada de turistas indignados por el contraste entre tanta belleza natural y tanta basura.
La historia de El Cadillal parece extraída de “Las ciudades invisibles”, de Italo Calvino, el autor italiano que afirma que hay dos tipos de ciudades: “aquellas que continúan a través de los años y las mutaciones a dar su forma a los deseos, y aquellas en las cuales o bien los deseos logran cancelar la ciudad o son cancelados por ella”.




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