08 Enero 2006 Seguir en 
Afirman los psicólogos que las vacaciones de verano suelen ser un tiempo "suspendido", porque en ellas se concilian las expectativas propias de un año nuevo que arranca y la posibilidad de ejercitar el ocio, en una sociedad cada vez más compelida a la producción permanente. El desafío de las vacaciones -que son un tiempo de ruptura con la rutina- consiste en que esas expectativas no se frustren, cuando se descubre que los objetivos -materiales o simbólicos- planteados resultaron finalmente inalcanzables. De ahí la importancia de plantearse las vacaciones como un espacio en el cual poder hacer -simplemente- algo distinto de lo que se hizo a lo largo del año que terminó. En Tucumán, el promedio de gasto por persona en juegos de azar ha crecido un 10% en 2005 respecto del año anterior. Por el contrario, el hábito de la lectura es una práctica destinada a unos pocos, por lo cual necesita del fomento del Estado y de las Organizaciones de la sociedad civil que han encarado esa responsabilidad. Si bien no hay estadísticas de consumo de lectura en la Provincia, datos del año 2004 para Argentina indicaban que la mitad de los argentinos no leyó un libro en todo el año. Podría inferirse que en Tucumán, como en el resto del país, se ha perdido el hábito de la lectura desde el mismo seno del hogar. Y vale recordar las conclusiones de diversos estudios sobre consumos culturales que indican que donde hay padres lectores y bibliotecas en la casa, hay hijos lectores. Sin embargo, el éxito reiterado de los talleres de verano que propicia desde hace años la Universidad Nacional de Tucumán (UNT) muestra que la comunidad está ávida de ofertas culturales. Este año se ha sumado a la iniciativa de la UNT la Secretaría de Cultura de la Provincia, con diversos espacios creativos y recreativos, que además son gratuitos. La masividad de esas convocatorias indica que los tucumanos buscan en esas ofertas no sólo el bienestar espiritual que ofrece el acercamiento a las actividades artísticas. También permite compartir en comunidad ese "tiempo suspendido" que ofrecen las vacaciones de verano. Sin embargo, se observa que quienes más responden a iniciativas como las señaladas son los adultos.
En cambio, para los adolescentes y para los jóvenes, planificar un verano creativo es un verdadero reto a la imaginación. Y el desafío es doble cuando se recuerda que en este verano hay en Tucumán alrededor de 12.000 jóvenes que tendrán que dedicar parte de su tiempo al estudio (esa es la cantidad de alumnos que tienen que rendir materias en marzo, según fuentes de la Secretaría de Educación de la Provincia). Si es un hecho que los alumnos responden entusiastas ante aquellos profesores a quienes ellos consideran "metodológicamente creativos", también es posible que "la materia que se llevó a marzo" sea una excusa para ensanchar el universo cognoscitivo de los chicos, que últimamente (salvo excepciones) es más que estrecho. Llegados a este punto, nos parece que los padres tienen responsabilidad en este estado de las cosas. Así como durante el año lectivo las exigencias mayores recaen sobre el indelegable rol del Estado en la exigencia de una mejor calidad educativa, nos parece que este "tiempo suspendido" es una excelente oportunidad para que padres e hijos se pregunten cómo están repartidas las responsabilidades en el resultado final del fracaso educativo. Para "los que se van a marzo", una buena manera de pasar el verano sería abordar las materias pendientes más como un juego de aprendizaje que como un deber. Pero para que ello sea posible se precisan padres decididos a transmitirles a sus hijos que los libros no muerden.
En cambio, para los adolescentes y para los jóvenes, planificar un verano creativo es un verdadero reto a la imaginación. Y el desafío es doble cuando se recuerda que en este verano hay en Tucumán alrededor de 12.000 jóvenes que tendrán que dedicar parte de su tiempo al estudio (esa es la cantidad de alumnos que tienen que rendir materias en marzo, según fuentes de la Secretaría de Educación de la Provincia). Si es un hecho que los alumnos responden entusiastas ante aquellos profesores a quienes ellos consideran "metodológicamente creativos", también es posible que "la materia que se llevó a marzo" sea una excusa para ensanchar el universo cognoscitivo de los chicos, que últimamente (salvo excepciones) es más que estrecho. Llegados a este punto, nos parece que los padres tienen responsabilidad en este estado de las cosas. Así como durante el año lectivo las exigencias mayores recaen sobre el indelegable rol del Estado en la exigencia de una mejor calidad educativa, nos parece que este "tiempo suspendido" es una excelente oportunidad para que padres e hijos se pregunten cómo están repartidas las responsabilidades en el resultado final del fracaso educativo. Para "los que se van a marzo", una buena manera de pasar el verano sería abordar las materias pendientes más como un juego de aprendizaje que como un deber. Pero para que ello sea posible se precisan padres decididos a transmitirles a sus hijos que los libros no muerden.







