Las sesiones maratónicas

Los cuerpos legislativos aprueban en esta época del año decenas de proyectos de ley casi en forma mecánica y displicente.

02 Enero 2006
El cuadro se repite todos los años, durante el mes de diciembre. El Congreso nacional y las Legislaturas de las provincias desarrollan larguísimas sesiones (la prensa las denomina "maratónicas") , que suelen prolongarse hasta la madrugada. En su transcurso, se aprueba, a toda velocidad, un número importante de leyes. Los representantes del pueblo las van votando, distraídos. La televisión o los reporteros gráficos suelen registrar que muchos dormitan, o cabecean en sus bancas, o están concentrados en anotaciones particulares o atendiendo llamadas telefónicas.
Mientras tanto, en el sacrosanto recinto de las leyes se van poniendo a su consideración iniciativas que siempre tienen relevante interés general, ya que rigen para todos los argentinos. El voto, desde la banca, positivo o negativo, se emite sin interés ni atención alguna, como si se tratara de cuestiones de rutina. De esa manera, la mayoría de las leyes aprobadas durante el período, lo fue en ese ambiente de indiferencia y de apuro.
Los cuerpos legislativos, en general, como lo hemos hecho notar muchas veces, han adquirido, estos últimos años, un enorme descrédito para la mayoría de los ciudadanos. Hay que convenir que no es para menos. El hombre de la calle, lo único que tiene claro es que existe un conjunto de personas privilegiadas, que cobran una suculenta dieta, que tienen fueros y una serie de otras prerrogativas, y que parecen estar obligadas a una contraprestación asombrosamente liviana. Los cuerpos legislativos, en efecto, sesionan contadas veces en el año, por la razón que fuere, y no a todas sus reuniones asiste la totalidad de los miembros. Eso sí, ese poder del Estado tiene presupuesto de enorme magnitud, emplea a multitud en planta permanente y a una vasta constelación de contratados en carácter de asesores u otros títulos. Es entendible, por tanto, que tal descreimiento arraigue en la sociedad con características cada vez más notorias y agudas.
Las sesiones "maratónicas" cooperan fuertemente para producir esa sensación. Impresionan como jornadas donde se trata de cumplir, en pocas horas, lo que debió cumplirse laboriosamente a lo largo del período. Brilla por su ausencia esa discusión que resulta fundamental en todo parlamento que trabaje concienzudamente. Decisiones que afectan seriamente a todos, se toman, como decimos, en un clima asombrosamente liviano. No es de esta manera que los organismos legislativos del país y de las provincias podrán remontar el desprestigio que los envuelve. La ciudadanía necesita advertir que, aquellos que ungió con su voto para representarla, están a la altura de una misión de esa importancia. Las urgentes necesidades públicas reclaman diariamente una dedicación que no se advierte. Es verdad que los sistemas han cambiado, y que los trabajos de comisiones internas reemplazan mucho del clásico menester legislativo. También es verdad que ha pasado la época de los grandes discursos en el recinto, cuyas expresiones quedaban resonando en la memoria pública por muchos años.
No obstante, el tratamiento detenido en el recinto, en la instancia final, no puede obviarse. Es el momento en que se expresan las opiniones, a favor o en contra, sobre las leyes. Una multitud de personas semidormidas y como ausentes, que levanta la mano sin haber escuchado de qué se trata no parece, por cierto, representativa del quehacer legislativo correctamente entendido. Sería deseable, que estas reflexiones hagan carne en los encargados de confeccionar las leyes, como manera de levantar el tan alicaído prestigio que poseen actualmente.

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