Alperovich piensa en 2006 y en 2007

El cheque en blanco que la Legislatura le extendió al jefe de Estado fue un buen final de año. Por Carlos Abrehu

31 Diciembre 2005
Emergencia, intereses corporativos, inexistencia de la oposición. Esos vocablos se repiten con frecuencia en la vida política argentina. Son tres ideas que refuerzan el poder de quienes administran los asuntos del Estado. La democracia cruje ruidosamente cuando capitulan quienes deben ejercer la fiscalización de los actos del gobernador José Alperovich. La renovación de la Ley de Emergencia Económica contradice con la salida del Estado provincial del default. El pomposo anuncio que se hizo en ese momento contrasta con lo que ocurrió después. Por definición, el estado de emergencia supone una situación de peligro o de desastre que exige acciones inmediatas. Pues bien, la posibilidad de una catástrofe financiera no se avizora en el corto plazo. Las pocas voces disidentes en la Legislatura (no fueron más de siete) pusieron el dedo en la llaga cuando compararon ese hecho con la compra de un helicóptero o de un avión. A la sociedad le cayó muy mal que se siga postergando el pago de deudas a proveedores del Estado, a trabajadores con juicios ganados y a empresas. Tampoco satisfizo la explicación acerca de por qué se emitieron nuevos títulos de deuda pública (Consadep). Del mismo modo, la industria del juicio que fogonean abogados ansiosos no puede ser la excusa para que el Gobierno postergue sine die el arreglo de la cuestión. La teoría del paraguas que protege de la lluvia de demandas judiciales pierde credibilidad con el paso de los años. En definitiva, los peronistas, los radicales y los bussistas que votaron por la permanencia del régimen de excepción le dieron un cheque en blanco a Alperovich. Y es improbable que este desista de usar esa herramienta en 2007, que es un año electoral por excelencia.
El oficialismo se relame por la facilidad con que consigue resultados en la Legislatura. Fuerza Republicana se parte en las votaciones cruciales: una fracción es solidaria con Alperovich y la otra no. Esta dualidad no se manifestó en el Congreso cuando rechazó la emergencia económica motorizada por el kirchnerismo. Y el radicalismo potencia sus contradicciones al infinito, como acontece en el país. Fernando Juri y la Casa de Gobierno se inmiscuyen en las peleas internas ajenas, y oxigenan a unos y a otros. El resultado final es que la fiscalización de los actos del Ejecutivo se diluye inexorablemente. Por eso, Alperovich se jacta de que no hay oposición.
Divide y reinarás es la máxima que aplica con tremenda eficacia el alperovichismo. Esa práctica y la acumulación de recursos políticos y financieros vuelven más poderoso al gobernador y debilita correlativamente a sus antagonistas.

De mal en peor

Domingo Amaya despide 2005 envuelto en una borrasca política. El intendente anunció un incremento del 150% de las contribuciones sobre los inmuebles (CISI) a partir de 2006 en forma sorpresiva. Tamaño reajuste -que no pactó con la mayoría peronista del Concejo Deliberante- coincidió con la discusión del nuevo Código Tributario. Alperovich admitió diplomáticamente que no se lo consultó. En su entorno hablaban pésimo del tacto político de Amaya, que abrió un nuevo frente de discusión justo cuando la Casa de Gobierno trata de amortiguar los ruidos que causa la reforma del Código Tributario. La subida del CISI afectará a las franjas sociales que Alperovich corteja para ampliar su base de sustentación social. Posponer el asunto para marzo fue la salida que se halló.
El intendente es, además, el primer candidato a convencional constituyente por el oficialista Frente de la Victoria. Los concejales lo salvaron de perder votos en un ambiente signado por la apatía y el desinterés, frente a la reforma constitucional. De todos modos, la marca de 137.000 votos de Beatriz Rojkés de Alperovich, de octubre pasado, aparece inalcanzable para el intendente si se mantiene ese contexto.
El retorno de Osvaldo "Cacho" Acosta a la conducción del gremio municipal es un hecho que mereció una mala calificación en Casa de Gobierno y que puede complicar a Amaya. No obstante, se buscaría trabar su ingreso al poder sindical. La imagen de la protesta callejera que simbolizó Acosta en etapas anteriores desagrada al alperovichismo, que no se cansó de pregonar que restableció la paz social y el orden en la capital.
Si algo quiere el vicegobernador es estar en los antípodas del senador Julio Miranda. Fueron vanos los intentos de este por acercar posiciones con Juri. La oposición interna al alperovichismo no halló un punto de coincidencia, ni un liderazgo apto para competir con el jefe de Estado. Bien podría el alperovichismo alentar la candidatura de Olijela Rivas a la presidencia del justicialismo, en franca controversia con el vicegobernador. El peronismo refractario a la Casa de Gobierno duda mucho de intervenir en una contienda interna que le sería desfavorable. Una canalización probable del descontento sería la explosión de partidos de distrito de signo neoperonista. Sería la contracara de las fuerzas de distrito que alentó Alperovich con el Partido del Trabajo y con Participación Cívica, con los ex radicales Carlos Courel, Ramón Graneros y Osvaldo Morelli.

Antes de tiempo
El oficialismo hace números y calcula que entre 34 y 35 convencionales le serán propios. Con esa cifra espera acomodar la Constitución nueva a su proyecto reeleccionista. Alperovich esquiva una definición precisa sobre si aspira a la reelección indefinida o limitada a un solo período. Tempranamente, el ministro de Gobierno, Edmundo Jiménez, planteó crudamente sólo el ciudadano podía descalificar al gobernador si pretendía un tercer período consecutivo de gestión.
La conclusión de ese razonamiento es que la reelección del gobernador no queda sujeta a limitaciones. El cuadro de Santiago del Estero gobernada por la familia Juárez surge por añadidura. El temor al poder concentrado en un gobernador que usa los resortes sin mayores preocupaciones por los controles es lo que desvela a los más lúcidos políticos de la oposición.
La posibilidad de que Néstor Kirchner ensaye el adelanto de las elecciones presidenciales para marzo de 2007 calentó también los motores de la maquinaria gubernamental en el ámbito provincial. Los alperovichistas no desaprovecharían la ocasión para hacer lo propio. Montarse sobre la ola reeleccionista de Néstor Kirchner es una opción válida para la Casa de Gobierno. El final apacible de 2005 hace presumir que nada raro ocurrirá en el verano. El plan continuista de Alperovich necesita paz y orden.




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