Otra Policía

Por Roberto Delgado. La nueva visión sobre la forma de brindar seguridad.

30 Diciembre 2005

Una nueva Policía podría nacer, tras el fuerte golpe político que dio el ministro de Seguridad Ciudadana, Pablo Baillo, que puso como eje el contacto de los agentes con la comunidad. Ni Policía represora ni Policía de escritorio, enfatizó el ministro, en una declaración que, acompañada por el perfil de los nuevos jefes, parece marcar a fuego la política de seguridad. Ese eje fue destacado por el nuevo jefe, Hugo Sánchez, cuando dijo que el personal de las comisarías tendría que actualizarse con respecto a la forma en que trabajan las patrullas urbanas. Una declaración fuerte, si se considera que el personal de las patrullas era el último orejón del tarro, el que hacía el trabajo del que nadie quería encargarse en las comisarías: la calle.
Los dos modelos de Policía se oponían desde hace tiempo, e incluso se advertía que la fuerza de prevención y de trabajo comunitario, vista por la vieja fuerza como un cuerpo extraño, corría el riesgo de ser fagocitada por la primera. Ambos modelos también tenían una marca de edad: la Policía reactiva, que esperaba en los escritorios que ocurran las cosas y que organizaba operativos para "reventar" las zonas rojas cuando se incrementaba la inseguridad, estaba manejada por gente más grande y experimentada. La otra, de patrulla, estaba hecha de gente joven e inexperta. Los dos modelos chocaban cada vez más. En los últimos tiempos se advirtió que las nuevas camadas ya eran casi la mitad del personal en la Policía, que hoy tiene más gente que nunca en toda su historia.
El viejo modelo policial ya se había devorado experiencias singulares, como la de los policías en bicicleta, que en poco más de cinco años desaparecieron del mapa, precisamente porque no respondían al modelo reactivo. Incluso los intereses eran distintos. Mientras uno trabajaba sobre las denuncias de la gente en las comisarías (normalmente por problemas vecinales), el otro elaboraba mapas de inseguridad con consultas a la gente en la calle.
Nadie pensó que habría un cambio drástico. Los comisarios aún recuerdan el agradecimiento del gobernador después del gigantesco operativo del 9 de Julio, que permitió una visita presidencial en paz. Y quizá de eso se agarraron Pedro Ledesma y Manuel Melián, los jefes salientes, para creer que podrían sostenerse frente a la presión de Baillo para que se produzcan cambios. En una reunión dijeron que no podían sacar a más de un centenar de altos oficiales porque la fuerza se iba a quedar sin gente experimentada, y presionaron para que no decidiera Baillo sino el mismo gobernador. Ya había habido movimientos hace un mes y medio, cuando se accidentó Baillo, y hubo rumores de que habría protestas de los agentes contratados a los que no se les renovaba el convenio. Ahora se anunció el ingreso de 1.300 contratados y días después llegó el gran cambio.
Los nuevos jefes tienen discursos similares. Sánchez dice que quiere ser un nexo con la comunidad y el subjefe Nicolás Barrera anuncia como meta lograr que la gente confíe en la Policía. No deja de llamar la atención que la mayoría de las denuncias recibidas en la Secretaría de Derechos Humanos hayan sido abusos policiales, lo cual ayuda también a marcar el perfil del discurso de los nuevos funcionarios. La idea de crear una división de Asuntos Internos, contra la corrupción, también se vincularía con esto.
Los propulsores del modelo preventivo dicen que no puede haber Policía Comunitaria sin una reforma policial que modifique el sistema verticalista y corporativo que siempre ha caracterizado a la Policía. Pero los nombramientos mostrarán cuán profunda es la cirugía y si el cambio de modelo ayuda en la tarea de hacer bajar la inseguridad, en vista de que se presume que habrá injusticias en el alejamiento de mucha gente experimentada, que soportó críticas y modificaciones desde tiempos del gobierno de Julio Miranda.

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