El sonido del cascabel

Por Gustavo Martinelli. La Navidad encierra mucho misterio y simbolismo.

24 Diciembre 2005

En todo el mundo la vida que comienza siempre fue objeto de festejo. De ahí la costumbre de celebrar el nacimiento de Jesús. En los idiomas latinos la palabra Navidad proviene de "natividad" o nacimiento. Los anglosajones utilizan el término Christmas, que significa "misa de Cristo". Y en algunas lenguas germánicas, como el alemán, la fiesta es Weihnacht, es decir, "noche de bendición".
Así, la Navidad es una celebración que encierra mucho misterio y simbolismo. Según los historiadores, Jesús no nació ni en diciembre, ni en enero, sino, con toda probabilidad, en setiembre. Cuando la Iglesia convirtió a los pueblos paganos de Europa, constató que para ellos la fiesta más importante era el solsticio de invierno, es decir, el día más corto del año. Ese día era el 21 de diciembre y se celebraba colocando velas o antorchas en los árboles en honor al dios sol. La Iglesia no quiso arrebatar a esos pueblos paganos su principal fiesta imponiéndoles otra, de manera que hizo coincidir la fecha del nacimiento de Jesús con esta celebración. Más tarde, una conmovedora leyenda medieval dio origen al árbol de Navidad. La historia narraba la odisea de un niño que, en una noche de invierno, llega a la casa de un leñador. Allí es cobijado como si fuera de la familia. Ese pequeño era el Niño Dios. Y, para recompensar la bondad del leñador, tomó la rama de un pino y les dijo que la sembraran con la promesa de que cada año daría frutos abundantes. Y así fue: aquel árbol dio manzanas de oro y nueces de plata.
Durante siglos la Navidad fue una fiesta esencialmente religiosa y solemne. Pero, en los últimos años, esta celebración ha adquirido un carácter netamente comercial en el que, con demasiada frecuencia, la comida abundante y los regalos valen más que cualquier deseo. Una pequeña recorrida por el microcentro alcanza para demostrar que el espíritu navideño tiene mucho de comercio y poco de reflexión. El mismo arzobispo de Tucumán, Luis Villalba, debió hacer un llamado a los feligreses para que dejen de lado el consumismo. Sin embargo, el pesebre sigue siendo suplantado por el shopping y el Dios niño ya no le hace sombra a su competidor más fuerte: Papá Noel. De hecho, cada vez con más frecuencia los padres hacen esfuerzos para que sus hijos no pierdan esa particular mística que encierra la Navidad. Y para ello echan mano a teorías que intentan amigar a los seres más representativos de las Fiestas. Por estos días pueden verse un par de comerciales en los que los Reyes Magos intentan comunicarse con Papá Noel, pero no lo consiguen, porque el viejito bonachón está cansado. Y sus duendes lo ayudan mintiendo piadosamente a Melchor, a Gaspar y a Baltasar.
Pero más que la creencia en Papá Noel o en el Niño Dios, más que los regalos y la comida, lo que importa es no perder la magia. El filme de animación "El expreso polar", que pasó sin pena ni gloria por Tucumán, muestra un poco lo que genera la Navidad en el siglo XXI. La historia, que dirigió Robert Zemeckis y que protagonizó Tom Hanks, cuenta el mágico viaje de un niño que está dejando de creer. Sentado en su cama en la Nochebuena, el niño espera oír, sin esperanza, el sonido de las campanitas del trineo de Papá Noel. Pero, en su lugar, aparece un tren que lo lleva al Polo Norte. Durante la travesía conoce a varios niños con los que aprende a ver la vida de otra manera. Sin embargo, el filme no es una historia cursi que sólo incita a que los padres sobregiren sus tarjetas de crédito. Más bien es una parábola que muestra que, con el paso del tiempo, algunas cosas jamás vuelven a ser las mismas. Lo que se perdió nunca se recupera. Es por eso que, en la escena final, el cascabel que el chico recibe, como regalo de Papá Noel, sólo puede ser escuchado por él y por su hermana, nunca por sus padres. Ese recurso simboliza la pérdida de la inocencia. Algo que llega inexorablemente, a menos que se mantenga fresca la esencia de las Fiestas. El niño del filme termina creciendo, pero el cascabel sigue sonando para él porque recuperó la capacidad de creer. Los tucumanos, ¿pueden oír el cascabel de la Navidad?

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