Puerta a puerta

Por Federico Abel. Los remises son clave para el aparato electoral del PJ.

21 Diciembre 2005

El domingo, durante las noveles elecciones internas abiertas para seleccionar candidatos a convencionales constituyentes, el contraste era alarmante. En las escuelas del centro, a las autoridades de mesa, cuando las había, no les quedaba otra que hacerse amigas y hablar sobre bueyes perdidos, porque pasaban dos o tres horas sin que apareciera un votante. ¡Menos mal que nunca faltan temas para cotillear con desconocidos! En cambio, en la periferia, en la zona de Villa Amalia por ejemplo, el hormigueo del aparato justicialista se desplegaba incansable sin detenerse a considerar los medios que empleaba, que ya se sabe que en estas cuestiones todo vale.
Frente a las escuelas Griet y Dean Funes quedó en claro que en Tucumán la vieja y comprometida categoría política de la movilización fue reemplazada por una más fugaz y comercial: la de la "remiserización". Antes, las contiendas internas eran el espacio en el que dirimían sus cuestiones, generalmente ideológicas, sectores bien diferenciados y con larga trayectoria dentro de un partido. Cada grupo, además de ideas, íconos y colores que los identificaban, tenía sus simpatizantes, que se movían, en el afán de convencer a otros. Persuadir, ese era el desafío. Ahora, en cambio, se trata de un ejercicio de tracción, de empujar o de arrastrar a otros para que hagan algo (sufragar) que, motu propio, no lo harían; ese ejercicio, por otra parte, es rentado. A $ 100 el día, los candidatos alquilan remises por cincuentenas, para poder trasladar a la gente de escasos recursos que, por sí sola, sin un servicio puerta a puerta (casa-escuela-casa) y sin algún otro incentivo, difícilmente se interesaría por tal o cual elecciones.
En otras palabras, se trata de una forma de comprar la apatía allí donde las necesidades sociales obligan a vender hasta el voto a cambio de vaya a saber qué ventaja pasajera. Si esto no fuera cierto no tendrían razón de ser las mesas semiocultas de control que estaban montadas frente a aquellas dos escuelas. En las narices de los policías, dos personas -una de ellas oriunda de Brasil-, con un padrón en la mano, controlaban al ramillete de punteros que hacía cola y que debía probar, con los documentos de identidad en la mano, que había trasladado (que no movilizado), en el remise número tal, a dos vecinos de la zona por lo menos. Inmediatamente, informaba cuál era el próximo destino y los choferes, con una suerte de hoja de ruta, se dirigían en busca del próximo pasajero-votante. ¿No habrá llegado la hora de hablar de la democracia "remisera o remiseril"?
Es cierto que esta práctica no nació con la publicitaria nueva política de José Alperovich. Pero la selección previa del perfil de los candidatos -mucho antes de las internas- potenció el "remiserismo". En su afán por hacer la mejor Constitución para los próximos 50 años, el gobernador prescindió de expertos en Derecho Constitucional (a ellos también se los puede contratar) y optó por dirigentes territoriales. Entonces, el domingo, los intendentes, legisladores y ediles oficialistas sólo rindieron prueba ante aquel que, nada ingenuo, los colocó para que trabajaran en la recolección de los votos (Alperovich); en consecuencia, no les quedó otra que alquilar remises. Fue así como, increíblemente y pese a la abulia ciudadana, cosecharon 103.000 votos, para demostrar que ese es el piso numérico que puede rendir el aparato oficialista.
La prueba de que más que una interna fue un examen para los futuros convencionales-punteros, es que el Frente para la Victoria obtuvo más votos en la sección Oeste (unos 40.500) que en la capital (unos 25.000), donde teóricamente había dos listas en pugna; bueno, es un decir. El apuro por derribar la Ley de Lemas, más por presión social que por convicción, hizo que no fuera estudiado cuál era el antídoto adecuado para remediar aquella enfermedad. Con internas fantasma, en las que todo está acordado de antemano, no se refuerza a los partidos; sí a los dueños de los remises.

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