Cada vez más ruido

Arquitectos anticipan que la contaminación sonora en el centro de la ciudad tiene características alarmantes.

20 Diciembre 2005
Docentes de la cátedra de Acondicionamiento Ambiental II de la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la UNT tienen en trance de realización un proyecto dirigido a establecer la cuantía del impacto ambiental, acústico y térmico en San Miguel de Tucumán. Si bien dicha tarea recién ha comenzado, los arquitectos ya anticipan que la contaminación sonora en el centro de la ciudad tiene características alarmantes. Nos hemos referido al tema en la edición del domingo pasado.
Los profesionales destacan que quienes habitan en los edificios de departamentos del centro no duermen los fines de semana, dada la masa de ruidos que llega hasta sus domicilios, cuando tienen la desgracia de tener, en la planta baja o en las cercanías, algún boliche al que concurre la juventud.
No puede decirse que falte legislación para proteger del ruido a los habitantes. La ordenanza municipal de Tucumán es muy completa y existen, además, normas nacionales. Pero esto no evita que la producción ruidosa sea constante. De las declaraciones que publicamos, surge en primer lugar la falta de una cultura de la convivencia, en la materia. Es común que al vecino, a la institución o al negocio, productores de ruidos, no les importe generar dicha molestia. La dimensión que el asunto tiene en Tucumán se manifiesta nítidamente en la enorme cantidad de denuncias que por las noches recibe la Policía. Además, hay que tener en cuenta que muchas veces aquellas no se formulan, por temor a las represalias de los denunciados.
Al parecer, el problema, lejos de disminuir, exhibe alarmantes síntomas de incremento. La fuente de los ruidos es variada y abarca tanto la emisión electrónica o mecánica, como la humana. Pero está comprobado que su impacto es fuertemente nocivo para la psique y para la salud de las personas, en todo momento. Y mucho más, como resulta obvio, cuando el ruido se produce durante las horas destinadas al descanso. En múltiples oportunidades, los estudiosos han demostrado tal incidencia, que constituye una de las razones decisivas para buscar que las ciudades reduzcan al máximo los sonidos que van más allá de cierto nivel.
Nos hallamos, entonces, frente a un problema que las autoridades municipales y provinciales tienen el deber de considerar con la atención que merece. No puede admitirse que la capital se encuentre envuelta en una permanente agresión sonora, y que las quejas de los afectados por ella no sean atendidas del modo instantáneo y definitivo como correspondería.
Es evidente que en este, como en otros casos, el índice de acatamiento a las normas tiene relación directa con el rigor con que se apliquen las sanciones previstas para los infractores. Si estuviera demostrado que la emisión ilegal de ruido conlleve, como consecuencia, sanciones que oscilen entre fuertes multas y la clausura del establecimiento, sin duda se lograría disminuir de manera apreciable el dañoso impacto que nos ocupa.
Por cierto que corresponde también apelar a la conciencia comunitaria, ya que ninguna persona puede desentenderse del hecho de que su actividad perjudique o moleste injustificadamente a otra. En una urbe donde crece constantemente el número de edificios, de negocios, de automotores, así como de la cantidad de gente que la puebla, es imposible manejarse sin un criterio de orden y de respeto al congénere.
Es de esperar, repetimos, que el poder público tome el peso a la cuestión de los ruidos molestos, y que opere sobre ella con la decisión y la energía necesarias. La tranquilidad psíquica de los habitantes de esta capital, poblada por más de medio millón de personas, así lo está requiriendo.




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