Sin el "cuco" del FMI, Kirchner será garante de la economía

Por Hugo E. Grimaldi. "El jefe de Estado deberá asegurar superávit para dormir tranquilo". "Para cobrar, el G-7 se tragó el sapo y saludó la buena nueva".

18 Diciembre 2005

BUENOS AIRES.- Más allá de la retórica dirigida a revertir las expectativas, el presidente de la Nación tomó el jueves una grave decisión de Estado, quizás la más importante y meditada de su mandato. Se trata de un paso de tal envergadura que, desde lo político y desde lo económico, condicionará inevitablemente los dos últimos años de su primer período de gobierno. Porque desde ahora Néstor Kirchner pasará a cumplir él mismo el rol de "único culpable" que hasta el momento ejercía el odioso FMI. Una vez más, el Presidente se ha quedado sin fusibles.
En peronismo básico, la opción elegida resultó más fruto de la "soberanía política" que de la "independencia económica".
Kirchner cargó su mochila con un autodesafío que lo comprometerá a ratificar la línea de administrador prolijo -aunque con desvíos flagrantes durante este año electoral-, y a generar mecanismos de integración con el mundo que decide, mientras que internamente le impondrá tironeos, mayor desgaste y achicamiento de los márgenes de política económica. Desde el folclore de la relación con el FMI, de aquí en más se extrañarán muchas cosas: las misiones; los pedidos de fondos que ha hecho la Argentina para cerrar los agujeros provocados por sus gobernantes; las discusiones para achicar los montos; los aprietes y las condicionalidades. Tampoco se escucharán los discursos vehementes de aquellos que aplaudieron el default de Rodríguez Saá, luego el canje de Lavagna y, el jueves pasado, el pago total, aunque sin plantear la desafiliación, porque -decían desde sus púlpitos en tiempos de Carlos Menem y de Fernando de la Rúa- "si no llegan a tiempo los dólares por culpa de la insensibilidad del Fondo todo va explotar". Y luego de la firma de las sucesivas Cartas de Intención, nunca más se repetirá el clásico síndrome del bebedor: incumplimiento, pedido de perdón y nueva refinanciación.
A partir de enero, ya no será el Fondo el que pedirá más superávit fiscal: será el propio Kirchner quien deberá asegurárselo a sí mismo para dormir tranquilo. Ni tampoco Rodrigo de Rato abogará por las tarifas, ya que las propias empresas y sus embajadores serán los encargados de recordárselo al Gobierno. No será necesario que algún burócrata de Washington se preocupe en solicitar una nueva Ley de Coparticipación, ya que Kirchner sabe que si en 2006 no pone en caja a 12 provincias por lo menos, el gasto creciente podría desarmarle el andamiaje.
Alguna vez se escuchó en la Casa Rosada una frase similar a la que sigue: "no lo hacemos porque nos lo pide el Fondo, sino porque lo tenemos que hacer".

Del dicho al hecho
Ahora, llegó el tiempo de llevarla a la práctica, frente a las demandas de aquellos que pedirán antes mayor rigor fiscal, reformas estructurales y respeto pleno de las reglas de juego, desde un costado del espectro, y de otros que correrán al Gobierno -ya empezó a hacerlo Hugo Moyano- para que se mejoren la distribución del ingreso y el empleo.
En ambos tópicos, el Presidente deberá buscar el punto justo entre la ortodoxia que emerge de su jugada decisión y la declamación progresista, no ajena a los temas sociales que lo sensibilizan y que expresa en las tribunas. En la misma línea, y sin el repudiado tutelaje del FMI, Kirchner tendrá desde ahora la necesidad de acercarse más al mundo, un mundo del que la Argentina se estaba aislando, en un año dominado por tres desafíos básicos: la atracción de inversiones, la desactivación del proceso inflacionario y la reposición de las reservas del BCRA.
Este último punto resulta el más sensible de todo el anuncio, ya que el método elegido para que el Tesoro use las reservas es casi como un préstamo-puente; no puede comprarlas con pesos del superávit. Cómo reparar lo antes posible el engendro monetario que ahora se inventa para conseguir los recursos, para lograr así el efecto "neutro" pregonado en el anuncio de la cancelación al Fondo, será la prueba de fuego de 2006.
Todos los países que sufrieron crisis y recibieron dinero del Fondo pasaron por experiencias similares a la hora de plantear las cancelaciones. Cuando México, Indonesia y Rusia -y ahora Brasil y la Argentina- decidieron cancelar los préstamos lo hicieron con sus reservas. Para varios de ellos, con tipo de cambio flotante, la cuestión fue de sencillo trámite. En la Argentina de hoy, pese a los cambios cosméticos que se les hace a tres artículos de la Ley de Convertibilidad para redefinir a gusto la Base Monetaria y para poder acceder a las Reservas de Libre Disponibilidad, se discute qué deberá darle el Tesoro al Banco Central para que este lo ingrese en el activo de su balance, en reemplazo de las divisas que se van. Quizás una Letra a 100 años, aunque lo ideal sería que fuese a un año vista.
Hay dos lunares en el proceso, por los que la crítica castiga al Gobierno y respcto de los cuales hasta ahora el discurso oficial prefiere callar antes que confrontar. En primer lugar, desde los principios, ya que la decisión no fue tomada para cumplir con el acreedor, como manda la decencia, sino para sacárselo de encima. Para cobrar, el G-7 se tragó el sapo y saludó la buena nueva, pero ya nada será igual, al menos en materia de tasas, si la Argentina -sin el FMI como paraguas- decide volver al mercado voluntario de deuda a nivel externo.
Y en segundo término, desde la igualdad de trato, porque se plantea el pago del 7% de la deuda total por adelantado y sin recortes, mientras que el grueso de los restantes acreedores (bonistas) han tenido quitas mayúsculas.
Para tranquilidad del Gobierno, el anuncio sirvió también para licuar los resultados de la misión a Madrid que llevaron a cabo el jefe de Gabinete, Alberto Fernández, y la ministra de Economía, Felisa Miceli, para diluir la interna que surgió con Julio de Vido, porque los dos viajeros le pisaban el jardín.
Para no irritar al titular de Planificación, y a pedido de Kirchner, las reuniones de los ministros se dirigieron no hacia las empresas de servicios públicos, sino a sondear a miembros del gobierno español sobre la posibilidad de recibir un apoyo en dinero que achique el problema de las reservas y que permita llegar al monto final a pagarle al FMI. Hasta ahora no hay información oficial, pero los mercados hablan de U$S 1.000 millones al menos.
Desde el plano práctico, su retorno a Buenos Aires enfrentó a Miceli con la realidad de seguir monitoreando el proceso antiinflacionario, con acuerdos que podrían darles un respiro a los índices de diciembre y de enero.
Sin embargo, con el pago al FMI, a la inflación le ha salido un grano: el tipo de cambio, que siempre ha sido en el país un factor de reacomodamiento de precios internos. El anuncio ha generado una dosis de incertidumbre y una suba del dólar, probablemente transitoria, motivada por la manipulación de las reservas. Y el tratamiento de este punto tan sensible de la inflación será otra de las cosas que ya no pedirá más el FMI, sino a la que deberá ponerle el cuerpo el Presidente en persona, desde ya que sin enfriamiento de la economía ni suba de tasas, sino con una receta diferente de la que sugería el organismo, aunque demasiado afín a otras que fracasaron muchas veces en la Argentina. (DyN)

Tamaño texto
Comentarios