Conexiones clandestinas

Se hace necesaria una urgente ordenación de las instalaciones subterráneas.

17 Diciembre 2005
Hace pocos días, dedicamos un editorial a criticar el desorden existente en las diversas instalaciones subterráneas de San Miguel de Tucumán, así como la falta de información que las autoridades tienen a su respecto. Esas instalaciones, a causa de la desprolijidad con que fueron colocadas en diversas épocas, han terminado por crear, en nuestra capital, un problema nada pequeño. Este se percibe a la hora de excavar veredas y calzadas para alguna nueva tarea. Hicimos notar, entonces, la urgencia de operar sobre tal problema, dada la estrecha vinculación que posee con nuestra infraestructura esencial de servicios.
A la misma índole pertenece el tema del que da cuenta la edición de LA GACETA de ayer. Hablamos del riesgo de colapso que afronta la red cloacal primaria de la ciudad, como consecuencia de las conexiones que muchos vecinos han practicado, clandestinamente, para que el agua de lluvia vierta por ese conducto y no por el que le corresponde. Han querido evitarse, así, gastos y roturas de pisos en sus domicilios. Pero, como lo explican los funcionarios, la incorporación del desagüe pluvial a la red de cloacas determina que, en los tan frecuentes casos de intensa precipitación, el volumen de agua no deje espacio para evacuar los gases del material cloacal, lo que puede suscitar el estallido de los conductos, con los desastrosos derrames. Esto, además del peligro de obstrucción que crean los sedimentos que el agua arrastra.
Si tenemos en cuenta, además, que estamos hablando de instalaciones que ya tienen muchas décadas de uso (lo que aumenta notoriamente su vulnerabilidad), puede tenerse una idea de la magnitud que reviste la cuestión. Existe el problema adicional de que las conexiones no autorizadas de referencia, son de difícil control por parte de las autoridades, ya que ni la Municipalidad ni la empresa prestataria del servicio de agua pueden ingresar a los domicilios para establecer tales hechos. Asimismo, la falta de cloacas en la capital (que alcanza a un 45%) determina que las aguas servidas sean vertidas directamente al asfalto, ya que los vecinos no quieren recargar sus pozos ciegos con líquido. Esto se traduce en roturas en el pavimento y en contaminación ambiental.
De todo lo expuesto, surge que, como en el caso de las instalaciones subterráneas, estamos ante una cuestión muy seria. De no controlarse esta, se puede terminar traduciendo en inconvenientes mayúsculos para la vida del vecindario. Corresponde, entonces, que la autoridad municipal enfoque una atención más despierta sobre este particular asunto.
Sería difícil que se produzcan las conexiones clandestinas, si la comuna asumiera el control de este aspecto, en toda obra que se realice en la ciudad; ello, además de exigirse que los técnicos tengan la idoneidad necesaria y que cumplan con las garantías de seguridad. No puede admitirse que en San Miguel de Tucumán, la irresponsabilidad de los propietarios atente de esa forma contra una estructura básica de servicios.
Por cierto que debiera efectuarse una campaña de concientización a este respecto, para prevenir los casos de ignorancia, que muchas veces determinan la conexión indebida. Pero es notorio que, en este como en otros rubros, tiene que existir una fuerte y rigurosa acción de la autoridad, para evitar que el vecino contribuya a vulnerar el sistema cloacal. Debe entonces orquestarse, sin pérdida de tiempo, el mecanismo para terminar con situaciones como la comentada y, al mismo tiempo, para corregir paulatinamente lo que está mal conectado desde años atrás. Parecería ocioso subrayar la trascendencia que esta cuestión tiene para la urbe que habitamos.

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