Bajas expectativas

Por Hugo E. Grimaldi. Miceli ataca las consecuencias y no las causas de las inflación. Se hace evidente que el ministro de Economía es en realidad Kirchner.

11 Diciembre 2005

BUENOS AIRES.- Palabras, silencios, sobreentendidos y gestos que partieron desde el mismo poder durante los últimos días, todo muy exacerbado y hasta esquizofrénico en algunos episodios, resultaron el lugar común de la semana política y proyectaron un claro sesgo negativo sobre las expectativas.Los casos Borocotó, Patti, Bielsa I y Bielsa II en lo institucional, las anunciadas retenciones a las exportaciones de carnes y los controles brigadistas de los precios, en materia económica y hasta la provocativa alusión presidencial al triunfo electoral de Hugo Chávez en Venezuela no contribuyeron precisamente a sumar confianza. En tiempos de inflación en ascenso, no es nada bueno que todo ello ocurra simultáneamente, como un bombardeo tras otro que impide la recuperación, y mucho menos que se sugiera desde el poder que reflejarlo periodísticamente es parte de una operación montada para exacerbar los precios, como si fuera una táctica de la oposición desestabilizadora que se vale de la ingenuidad de los medios.En periodismo, los hechos son sagrados y si reflejarlos en medio de una cuestión tan sensible e hiriente sobre todo para los bolsillos de los más humildes, como es la inflación, significa agitar la soga en casa del ahorcado, lo que hay que hacer no es barrer debajo de la alfombra, como se sugiere, sino poner en evidencia al portador de la soga.
Lo cierto es que los índices están allí y que la carrera amenaza con desatarse, pese a que el acuerdo con los supermercadistas podría bajar la temperatura a menos del tan temido 1% en diciembre (0,8%, según un cálculo del Banco Río).
En Economía parecen tener un diagnóstico correcto de la situación: "es necesario trabajar sobre el incremento de la inversión y la producción, que es el único camino de largo plazo que permite garantizar crecimiento económico sin inflación", suele decir Oscar Tangelson, un funcionario que salió del laboratorio en el que estuvo recluido durante la administración Lavagna, para pasar a ser quien gestiona los acuerdos de precios con los sectores productivos.
Sin embargo, la ministra de Economía, Felisa Miceli, por ahora se muestra en acciones de vuelo corto y más de ataque a las consecuencias que a las causas del problema inflacionario, para lograr su contención. El temor es que si a su estrategia se le contrapesan los episodios detallados y si estos se repiten o no se corrigen posturas será poco lo que podrá generarse como resultado permanente.
El talón de Aquiles estará entonces en el empalme entre lo coyuntural y lo estructural, pero no sólo por la ejecución del mecanismo, sino también por los tiempos cada vez más cortos que se manejan. ¿Cómo salir lo más rápidamente posible del círculo negativo de las expectativas y de los remedios de coyuntura, para pasar a generar un clima pro inversión? ¿Cómo hacerlo si al unísono las señales de la política, internas e internacionales, no parecen ir en el mismo sentido?De allí que los mercados, generalmente predictores, no estén acompañando ni por el lado de las acciones (oscilaciones hacia la baja y poco volumen), ni siquiera por el lado de los títulos públicos (suba en los indexados por CER, lo que prenuncia inflación y baja en los atados al PBI, lo que indica desaceleración) y que se manifiesten demasiado críticos hacia la ministra, a quien se la devalúa sistemáticamente, como mera ejecutora de las órdenes presidenciales. No se hace otra cosa que repetir lo que, por otra parte, se ha dejado trascender desde algunos despachos oficiales: que el ministro de Economía es Néstor Kirchner.
En este aspecto, no dejó de sorprender el procedimiento que se gestó alrededor de la necesidad de encauzar el problema de los precios de la carne, donde cada uno de los actores jugó a la presión hasta que todo pareció encauzarse recién el viernes.Dos días antes se había hecho trascender desde el Gobierno que fue la dureza de Kirchner en persona la que había ordenado un aumento de las retenciones de 15 a 25% del valor de los embarques cárnicos, boutade que provocó luego la reacción de los productores, que amenazaron con no enviar hacienda a Liniers. El viernes ya se decía que la resolución estaba redactada, pero no firmada y, en el colmo de la confusión, y se supone que para proteger al Presidente, la propia ministra salió a decir por la noche que ella no sabía de dónde había salido la versión del incremento.
En relación con los mercados, tampoco hay que descartar -y aquí la paranoia oficial tiene cierto asidero- que muchos operadores ávidos de ganancias de corto plazo ensucien la operatoria con rumores que se pinchan cuando hacen las respectivas diferencias. En este aspecto, las incomprobables proyecciones de permanencia en el Gobierno, sólo por el verano, de Miceli y las repetidas versiones de salida de Martín Redrado del Banco Central, ambos supuestamente eyectados por gente cercana a Julio de Vido, fueron los dos clásicos de la semana.
Si de nombramientos se habla, por cuestiones de horario, esos mismos operadores no pudieron evaluar aún el anuncio de la propuesta de un nuevo embajador que hará el gobierno argentino a Francia, tras la inmolación política de Rafael Bielsa y las versiones que se generaron en relación con si fue un pedido del ex canciller o una nominación de Néstor Kirchner. Se trata de Eric Calcagno, un sociólogo antiliberal que, en lo ideológico, ratifica la línea de pensamiento del Presidente, nada afín por cierto a las preferencias de los mercados. Después de tanto manoseo diplomático, lo que resta por saber para evaluar el grado del conflicto que existe con aquel país es cuánto tiempo demorará el Elíseo en otorgarle el plácet de nuevo embajador.
Sin tener ahora ni un solo defensor dentro del Grupo de los Siete, está claro que a la Argentina no le va bien en materia de inserción internacional y, salvo el Mercosur y España, sólo le queda el acercamiento a Venezuela desde un aspecto bien pragmático, aunque no tan contundente como el que logró Brasil en estos años.
Al presidente argentino sólo le quedó el discurso y en él sólo la ideológica seducción de felicitar a Chávez por la "legitimidad" de su triunfo electoral, triunfo empañado por una altísima abstención, al tiempo que pareció mojarle la oreja a Estados Unidos. Contra ese arriesgado gesto, Kirchner tuvo que soportar que el venezolano, el mismo que en su país acota la libertad de prensa con los mismos argumentos que ahora se echan a rodar aquí para provocar la autocensura, le hiciera notar en público que él siempre se quiere quedar con todo. (DyN)

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