Soberanía popular en emergencia

El caso Bielsa, un tema para analizar cuidadosamente.

09 Diciembre 2005
Los graves acontecimientos en la Cámara de Diputados, cuando se produjo la renovación parcial de sus integrantes, no sólo han evidenciado el proceso de descrédito institucional del Congreso, sino que constituyen un severo golpe para el sistema representativo. Al debate desigual sobre la calidad de tres candidatos electos, se agregó una circunstancia de mayor gravedad, como es la sustitución de representantes de la voluntad popular, que actuaron en las urnas como señuelos para ser cambiados al momento de asumir, burlando las decisiones del electorado. El caso más elocuente ha sido el del ex canciller Rafael Bielsa, cuya formación intelectual y las condiciones demostradas como figura pública no permitieron aceptar sin severas objeciones su renuncia a la banca, momentos antes de jurar como diputado, para aceptar la representación argentina en Francia. "Si el Presidente me dice que me necesita en la embajada, me parece más importante", aclaró el ex canciller en virtual menosprecio del mandato popular confiado. Ese juicio provocó un revulsivo rechazo público que el ex canciller asumió con recuperada dignidad para devolver el costoso canje a su oferente, un hecho valioso para señalar el buen camino. La modalidad de los candidatos señuelo, que burlan a vastos sectores, así como las groseras operaciones de utilizar a parientes para suplantar a representantes electos -tal cual el gobernador de La Rioja, Angel Eduardo Maza, dejando a su hermana como sustituta en el Senado para continuar en el gobierno provincial tras ser elegido- son ejemplos incalificables de desprecio por la soberanía popular.
Siguiendo con los testimonios, puede señalarse el del vicecanciller Jorge Taiana, quien sucedió a Bielsa como ministro, para lo cual debió abandonar igualmente como candidato electo. Otro caso ha sido el del titular de la Anses, Sergio Massa, que seguirá en sus funciones después de haber logrado el apoyo para una de las listas oficialistas. Hasta aquí los ejemplos más graves, no los únicos, sobre el peligroso concepto merecido en los altos círculos de poder por el principio de soberanía popular, y que hace del sistema parlamentario un mero trámite o apariencia institucional.
Ninguna de esas actitudes habría sido posible sin una directiva superior, en la medida que todas ellas corresponden a militantes oficialistas en cargos públicos que sucumben a la voluntad expresa del presidente Kirchner. Distintas y ocasionales -por más que igualmente demostrativas de la manipulación hiperpresidencialista del Congreso- han sido las actitudes del tránsfuga Eduardo Lorenzo "Borocotó", premiado con la banca, y el electo Luis Patti, en observación. El primero, haciendo burla de sus electores horas después de las urnas ante la seducción pública del poder; y el segundo, tardíamente acusado tras su habilitación por la Justicia, con la evidente finalidad de tapar un ruido con el otro.
El orden perverso de lealtades con el poder por el que transcurre nuestra política sorprende a cada tanto con nuevos testimonios, pero a los casos actuales se ha sumado un extremado descaro que ofende a la sociedad y agrede la imagen del país. Primero, logrando la concesión de facultades especiales para el Poder Ejecutivo y acatando sin límite alguno el dictado de decretos ley sin regulación constitucional.
Después, asegurando que la voluntad popular en las urnas no pueda manifestarse en la institución democrática esencial de la forma en que fue expresada. El Congreso, por más que sus excepciones alienten alguna recuperación de la crisis, parece estar llegando a ser lo que el presidente del bloque oficialista del Senado calificó de "el soporte de mayor cohesión y reaseguro para legislar lo que el Poder Ejecutivo requiera".

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