06 Diciembre 2005 Seguir en 
El tema de los ruidos molestos en nuestra ciudad es uno de los recurrentes en este comentario. Pero tal insistencia es necesaria, si se tiene en cuenta que las medidas municipales parecen escasas o nulas, en lo que se refiere al control de este particular asunto, que reviste importancia en la vida cotidiana de cualquier ciudadano.
Quienes tienen la desgracia de habitar en las inmediaciones de un local de diversión -llámese bar, pub, boliche, clubes deportivos o lo que fuere- no tienen más remedio que soportar la emisión de música a lo largo de toda la noche, especialmente los fines de semana. A ese ruido se añaden, como es sabido, a la hora de cierre, la frecuentes riñas, los gritos, las carcajadas, los cánticos y, en fin, toda una serie de efusiones que no tienen para nada en cuenta el hecho de que, en las inmediaciones, reside gente que aspira a descansar en sus domicilios, durante las horas reservadas para ello. Obviamente, no se trata de impedir el derecho a la música y a la diversión, sino de que se tomen los recaudos mínimos para no vulnerar los igualmente respetables derechos de terceros.
En el centro de la ciudad, es notorio que los ruidos molestos han adquirido cada vez mayor dimensión. La mayoría de los puestos de venta callejera cuenta con un aparato que emite música, a un volumen que trata de tapar al del puesto vecino. La música sale también, con fuerte volumen, de la puerta de muchos negocios que, de ese modo, buscan atraer clientela. A esto se agrega también, por ejemplo, que quien vende relojes despertadores los publicita haciendo sonar la alarma de una decena de ellos simultáneamente.
No son las únicas expresiones del tema que nos ocupa. En una época, la autoridad municipal solía ser severa para controlar que el ruido de los escapes de autos y de motocicletas se mantuviera dentro de ciertas pautas. Pero ello es cosa del pasado y ahora quien circula en su vehículo parece libre de trabas, en cuanto al estrépito que su motor pueda emitir.
Si unimos esto al estentóreo vocear de los vendedores y a otros ruidos de la vía pública, queda claro que existe una sumatoria de sonidos que hostiga permanentemente el sistema auditivo del peatón, así como de la gente que trabaja en casas de comercio o en empresas de las inmediaciones.
El ruido molesto resulta un grave depredador de la psique de las personas, es decir, de su salud mental, lo cual es de extremada importancia. Sería sobreabundante recordar los muchos argumentos que los médicos y estudiosos han enumerado sobre esta temática. Por algo ella constituye una verdadera preocupación en las autoridades de las urbes desarrolladas, donde existe una coincidencia respecto del imperativo de controlar la denominada “polución sonora”.
Pero, además, hay quienes subrayan que el sonido agresivo atenta contra uno de los básicos derechos de las personas. Nos referimos al que la faculta a verse a salvo de la acción de todo factor externo que impida a su vida cotidiana desarrollarse con la tranquilidad que merece.
No es desacertado mirar de esta manera la relación de los ruidos con nosotros, que es más estrecha de lo que podría creerse, en una consideración superficial.
Por lo tanto, pensamos que la autoridad municipal puede y debe tomar una intervención decidida en tan significativo rubro. Para colocar al ruido, ya que es imposible eliminarlo totalmente, al menos dentro de márgenes que le quiten su carácter dañoso y mortificante para la comunidad que recibe a cada momento su impacto. El hombre de nuestro tiempo tiene que convivir con demasiados problemas en el diario trajín. Es justo que no se le agregue un factor agresivo de tanta molestia.
Quienes tienen la desgracia de habitar en las inmediaciones de un local de diversión -llámese bar, pub, boliche, clubes deportivos o lo que fuere- no tienen más remedio que soportar la emisión de música a lo largo de toda la noche, especialmente los fines de semana. A ese ruido se añaden, como es sabido, a la hora de cierre, la frecuentes riñas, los gritos, las carcajadas, los cánticos y, en fin, toda una serie de efusiones que no tienen para nada en cuenta el hecho de que, en las inmediaciones, reside gente que aspira a descansar en sus domicilios, durante las horas reservadas para ello. Obviamente, no se trata de impedir el derecho a la música y a la diversión, sino de que se tomen los recaudos mínimos para no vulnerar los igualmente respetables derechos de terceros.
En el centro de la ciudad, es notorio que los ruidos molestos han adquirido cada vez mayor dimensión. La mayoría de los puestos de venta callejera cuenta con un aparato que emite música, a un volumen que trata de tapar al del puesto vecino. La música sale también, con fuerte volumen, de la puerta de muchos negocios que, de ese modo, buscan atraer clientela. A esto se agrega también, por ejemplo, que quien vende relojes despertadores los publicita haciendo sonar la alarma de una decena de ellos simultáneamente.
No son las únicas expresiones del tema que nos ocupa. En una época, la autoridad municipal solía ser severa para controlar que el ruido de los escapes de autos y de motocicletas se mantuviera dentro de ciertas pautas. Pero ello es cosa del pasado y ahora quien circula en su vehículo parece libre de trabas, en cuanto al estrépito que su motor pueda emitir.
Si unimos esto al estentóreo vocear de los vendedores y a otros ruidos de la vía pública, queda claro que existe una sumatoria de sonidos que hostiga permanentemente el sistema auditivo del peatón, así como de la gente que trabaja en casas de comercio o en empresas de las inmediaciones.
El ruido molesto resulta un grave depredador de la psique de las personas, es decir, de su salud mental, lo cual es de extremada importancia. Sería sobreabundante recordar los muchos argumentos que los médicos y estudiosos han enumerado sobre esta temática. Por algo ella constituye una verdadera preocupación en las autoridades de las urbes desarrolladas, donde existe una coincidencia respecto del imperativo de controlar la denominada “polución sonora”.
Pero, además, hay quienes subrayan que el sonido agresivo atenta contra uno de los básicos derechos de las personas. Nos referimos al que la faculta a verse a salvo de la acción de todo factor externo que impida a su vida cotidiana desarrollarse con la tranquilidad que merece.
No es desacertado mirar de esta manera la relación de los ruidos con nosotros, que es más estrecha de lo que podría creerse, en una consideración superficial.
Por lo tanto, pensamos que la autoridad municipal puede y debe tomar una intervención decidida en tan significativo rubro. Para colocar al ruido, ya que es imposible eliminarlo totalmente, al menos dentro de márgenes que le quiten su carácter dañoso y mortificante para la comunidad que recibe a cada momento su impacto. El hombre de nuestro tiempo tiene que convivir con demasiados problemas en el diario trajín. Es justo que no se le agregue un factor agresivo de tanta molestia.







