El último mes del año se inició con cierto grado de incertidumbre en el empresariado tucumano. Los cambios en el gabinete nacional, que incluyeron nada menos que la salida de Roberto Lavagna del Ministerio de Economía, provocaron una oleada de dudas sobre el futuro de la economía. En general, las expresiones públicas de los hombres de negocio fueron cautelosas, aunque por lo bajo la mayoría manifiesta que hubiera preferido que se mantuviera el status quo, tal vez por aquello de que "más vale malo conocido que bueno por conocer".
Mientras los referentes de la economía trataban de imaginarse un futuro sin Lavagna, comenzó diciembre -el mes de la gran actividad comercial en Tucumán-, pero con ilusiones retraídas. Esta disminución de las expectativas habituales para esta época del año posiblemente se explique por la preocupación que generan los movimientos recientes en la conducción de la economía nacional, pero más que nada por el terror que la palabra inflación causa en todo el país. En realidad, el dinero no tiene el mismo poder de compra que en años anteriores.
Sin dudas que la perspectiva de una escalada inflacionaria se transformó en el peor de los escenarios posibles en el actual esquema económico. Este potencial problema ya preocupaba y mucho hasta el último segundo de la gestión Lavagna, y la llegada de Felisa Miceli no mejoró el panorama, pese al anuncio de un acuerdo con las grandes cadenas de supermercados para que estas empresas bajen un 15% los precios de sus productos durante este mes.
"El Gobierno debe bajar el gasto", contestó, sin titubear, el economista Víctor Elías, cuando se le pidió una receta para evitar un estallido inflacionario en el país. Si bien los momentos son totalmente distintos, empresarios tucumanos pesimistas -o tal vez visionarios- creen que antes de seis meses podría estallar un proceso hiperinflacionario similar al que derivó en la caída de la presidencia de Raúl Alfonsín (1989). Quienes se aferran a la idea de que estaríamos ante el borde de un precipicio argumentan que el Gobierno nacional está obligado a transitar un camino que culmina en una suba sostenida de los precios. A las expectativas normales de inflación, suman los reclamos generalizados de salarios, muchos ya formulados y otros pendientes de tratamiento. Además, siempre está latente la necesidad de una actualización de las tarifas de los servicios públicos, especialmente en las empresas de energía, para que puedan concretarse demoradas inversiones en sectores clave. Todo esto, en el marco de una verdad incontrastable: a mucha gente no le alcanza para vivir con lo que gana o con la ayuda que recibe del Estado, y eso perturba el humor social y genera un cóctel explosivo listo para estallar ante la menor chispa.
Por otra parte, están los empresarios que suelen ver el vaso "medio lleno", que opinan que se podría estar ingresando en una etapa de resolución de los problemas pendientes. Estos sólo confían en que al presidente Néstor Kirchner le queda mucho camino por andar como para poner en riesgo ahora la gobernabilidad por caprichos de poder cuyos negativos llenaron páginas de la historia reciente.
Entre tanto, persiste en Tucumán el reclamo del sector privado contra la presión fiscal. Finalmente, no hubo consenso para unificar una propuesta general de todos los sectores para que bajen los impuestos, porque cada área o actividad de la economía tiene su problemática que la distingue del resto, y porque lo que a algunos les parecen verdades reveladas a otros se les presenta como cuestiones de menor cuantía. Pero el malestar subsiste, y en las reuniones de empresarios el tema de la carga impositiva es recurrente.
La vorágine de diciembre y la proximidad de las fiestas de fin de año puede servir para calmar nervios. Pero habrá que dormir con un ojo abierto.
05 Diciembre 2005 Seguir en 







