05 Diciembre 2005 Seguir en 
La inseguridad sigue siendo una de las más grandes preocupaciones de los ciudadanos en todo el país. La crónica periodística abunda diariamente en la descripción de hechos de violencia que alcanzan a los habitantes de las grandes ciudades, de las capitales de provincia, y también de los otrora apacibles pueblos del interior. Se trata, entonces, de un fenómeno que encuentra sus raíces en hechos sumamente complejos, por lo que su abordaje en busca de una solución no resulta tarea sencilla.
En las páginas de nuestro diario nos hemos ocupado en reiteradas oportunidades de hechos delictivos en principio menores que derivan fatalmente en hechos de sangre con consecuencias trágicas. En la edición de ayer de LA GACETA detallamos la desgraciada experiencia por la que pasó un comerciante de Bella Vista que fue asaltado en su comercio. En el momento del atraco, el joven se encontraba en compañía de su esposa embarazada; dos muchachos que ingresaron al quiosco a cara descubierta los redujeron y les robaron 300 pesos. Cuando los asaltantes huyeron, inquietos por el paso de un móvil policial que patrullaba la zona, la víctima del asalto salió a la caza de los malvivientes, portando un arma de su propiedad; según la versión policial, los asaltantes estaban por subir al automóvil en el que los esperaba un cómplice cuando fueron alcanzados por el comerciante. Uno de los delincuentes intentó disparar sobre el joven, pero su arma se trabó; la víctima del asalto abrió fuego e hirió gravemente a uno de los atracadores, mientras sus cómplices huían del lugar.
Una de las primeras reflexiones que plantean hechos como el ocurrido en la noche del sábado en Bella Vista es la evidencia de que cualquier ciudadano que se ve lamentablemente envuelto en un hecho delictivo de cualquier índole está también en peligro de muerte. Cualquier persona que siente en peligro su vida o la de sus seres queridos responde inmediatamente a un impulso instintivo de defenderse de cualquier manera. El problema surge cuando esa persona no está habituada al uso de las armas y esgrime una, porque en ese caso las posibilidades de un desenlace fatal se potencian.
Desde luego que no puede pedirse a quien se ve en peligro de muerte que razone con frialdad y que evalúe racionalmente el rumbo que pueden tomar las acciones que emprenda. Una persona en estado de emoción violenta es incapaz de medir las consecuencias de sus actos. Es por eso que, en general, se aconseja a las víctimas de robos no oponer resistencia a los malvivientes, mucho más si estos esgrimen armas de fuego o muestran una actitud violenta.
La sensación de inseguridad sólo puede ser aplacada mediante el accionar preventivo y eficaz de la Policía. En Tucumán la fuerza pública concentró sus esfuerzos en la capital y en su periferia, por tratarse de las zonas estadísticamente más "calientes" en cantidad de ilícitos. Es cierto que en los últimos tiempos se han reforzado las dotaciones de las comisarías de las ciudades del interior, pero la cantidad de hechos delictivos que se registran revela que los vecinos no están desacertados al percibir la sensación de inseguridad que manifiestan.
Mientras no haya posibilidades de llevar a cabo un ataque sostenido y eficaz sobre las causas profundas que favorecen el incremento de los hechos delictivos, no queda otra posibilidad que la de potenciar los esfuerzos en las tareas de prevención a cargo de las fuerzas policiales. Queda demostrado con patética claridad que no hay ilícitos menores, ya que de cualquier incidente puede derivarse un hecho de sangre de lamentables consecuencias.
En las páginas de nuestro diario nos hemos ocupado en reiteradas oportunidades de hechos delictivos en principio menores que derivan fatalmente en hechos de sangre con consecuencias trágicas. En la edición de ayer de LA GACETA detallamos la desgraciada experiencia por la que pasó un comerciante de Bella Vista que fue asaltado en su comercio. En el momento del atraco, el joven se encontraba en compañía de su esposa embarazada; dos muchachos que ingresaron al quiosco a cara descubierta los redujeron y les robaron 300 pesos. Cuando los asaltantes huyeron, inquietos por el paso de un móvil policial que patrullaba la zona, la víctima del asalto salió a la caza de los malvivientes, portando un arma de su propiedad; según la versión policial, los asaltantes estaban por subir al automóvil en el que los esperaba un cómplice cuando fueron alcanzados por el comerciante. Uno de los delincuentes intentó disparar sobre el joven, pero su arma se trabó; la víctima del asalto abrió fuego e hirió gravemente a uno de los atracadores, mientras sus cómplices huían del lugar.
Una de las primeras reflexiones que plantean hechos como el ocurrido en la noche del sábado en Bella Vista es la evidencia de que cualquier ciudadano que se ve lamentablemente envuelto en un hecho delictivo de cualquier índole está también en peligro de muerte. Cualquier persona que siente en peligro su vida o la de sus seres queridos responde inmediatamente a un impulso instintivo de defenderse de cualquier manera. El problema surge cuando esa persona no está habituada al uso de las armas y esgrime una, porque en ese caso las posibilidades de un desenlace fatal se potencian.
Desde luego que no puede pedirse a quien se ve en peligro de muerte que razone con frialdad y que evalúe racionalmente el rumbo que pueden tomar las acciones que emprenda. Una persona en estado de emoción violenta es incapaz de medir las consecuencias de sus actos. Es por eso que, en general, se aconseja a las víctimas de robos no oponer resistencia a los malvivientes, mucho más si estos esgrimen armas de fuego o muestran una actitud violenta.
La sensación de inseguridad sólo puede ser aplacada mediante el accionar preventivo y eficaz de la Policía. En Tucumán la fuerza pública concentró sus esfuerzos en la capital y en su periferia, por tratarse de las zonas estadísticamente más "calientes" en cantidad de ilícitos. Es cierto que en los últimos tiempos se han reforzado las dotaciones de las comisarías de las ciudades del interior, pero la cantidad de hechos delictivos que se registran revela que los vecinos no están desacertados al percibir la sensación de inseguridad que manifiestan.
Mientras no haya posibilidades de llevar a cabo un ataque sostenido y eficaz sobre las causas profundas que favorecen el incremento de los hechos delictivos, no queda otra posibilidad que la de potenciar los esfuerzos en las tareas de prevención a cargo de las fuerzas policiales. Queda demostrado con patética claridad que no hay ilícitos menores, ya que de cualquier incidente puede derivarse un hecho de sangre de lamentables consecuencias.







