BUENOS AIRES.- Para el Gobierno fue una semana a pura adrenalina. Lo más importante fue el jaque mate a Roberto Lavagna en el Ministerio de Economía y la sorpresiva llegada de Felisa Miceli. Lo urgente estuvo en respaldarla desde lo más alto del poder presidencial.
Si se deja de lado la inocua Liga de intendentes controladores de la inflación, lo más rimbombante de los últimos siete días resultó la probable baja de precios que se dará en cinco supermercados, en lo que se observa como una suerte de cartelización que podría dejar fuera de carrera a muchos competidores.
Lo más peligroso pasó por el “volvé en marzo” que se le dijo a Hugo Moyano, quien fue a la Casa Rosada a cobrar, con un aumento de salarios, el esmerilamiento al ministro de Economía desplazado y salió él mismo eyectado de la Jefatura de Gabinete. Lo más grave se centró en la dilación oficial para resolver el conflicto de Aerolíneas Argentinas, donde hay aún muchas circunstancias ocultas y, en materia externa, lo más preocupante surgió del encuentro bilateral con el presidente Lula, en Puerto Iguazú.
Estas situaciones tuvieron un denominador común: en todas ellas, y aun a riesgo de quedarse sin fusibles, el presidente Néstor Kirchner ratificó su vocación de conductor único y central.
Podrían hacerse también algunas consideraciones sobre la similitud de procederes en cada uno de estos casos. Por ejemplo, salvo en la permanencia de Miceli, en todo lo demás lo que realmente se hizo fue patear la pelota para adelante, ya que se comprometieron soluciones transitorias, pero sólo hasta que pase el verano. Además, se repitieron procederes triunfalistas por la permanente y conocida vocación del Gobierno por mostrar más de lo que tiene o de gritar el gol antes de que la pelota cruce la meta.
Por la importancia que en la Argentina tiene la economía, vale la pena empezar con Miceli, quien tiene en los desafíos que planteó su antecesor en IDEA, antes de irse, un excelente punto de partida para iniciar su gestión. Las barras del Salón Blanco que denigraron injustamente con sus cánticos a Lavagna en el acto de asunción de los ministros, tenían en claro que Miceli es más heterodoxa que este. Defensora de la mano visible del Estado y del modelo productivista de exportaciones y sustitución de importaciones, la ministra cree en el superávit fiscal y en el dólar alto, como Lavagna, pero prefiere tasas de interés bajas y la redistribución por medio de la progresividad tributaria, como Kirchner. Sus colaboradores dicen que ella se siente capaz de tolerar un poco de inflación, antes de que se aborte el proceso de recuperación de la economía.
Además, Miceli tiene muy en claro que la falta de inversión puede trastornarle el esquema. Probablemente, el tema de la negociación de las tarifas ya no pase por su órbita, pero era más que conocida su dureza con las empresas privatizadas. Quizás ella deberá hacer algunas concesiones desde su flamante sillón, ya que la endeble situación energética compromete hacia el futuro las posibilidades de crecimiento.
Sin embargo, su reconocida independencia de criterio está hoy a prueba. Su desafío más importante será seguir las mejores líneas de Lavagna, pero sin que se note, para que no crean que es su continuidad, y, además, variar las cosas que haya que variar con su propia impronta, sin que se diga que el ministro de Economía es el Presidente.
El cambio de mando en un área tan sensible se instrumentó en paralelo con el reemplazo obligado de otros tres ministros con destino legislativo, que terminaron por darle un tono monocolor al gabinete, más hacia la izquierda de lo que funcionaba hasta entonces. También se aprovechó la circunstancia para blanquear una superestructura, con tentáculos bien definidos dentro de Economía, que se está armando por la influencia del ministro de Planificación, Julio de Vido. De Vido fue clave a la hora de sentar a los supermercadistas junto al Presidente para arrancarles la promesa de una baja de 15% hasta el 31 de enero, en una lista de más de 200 artículos que aún no está definida y donde los alimentos frescos no tendrían cabida. “Muchachos, dénnos una mano”, les dijo, de a uno, a los sorprendidos visitantes.
“Nos lo pidieron bien y no nos pusimos difíciles. Antes de que reaccionáramos estábamos firmando; en dos horas nos noquearon”, graficó uno de los involucrados , al tiempo que se organizaba una cadena telefónica para convencer a los proveedores de que compartan la baja de precios, porque “lo pide el Gobierno”. Ese mismo temperamento para ablandar a la cadena lo ejecutaron desde los despachos oficiales. “Los entiendo y me ocuparé personalmente”, dicen que dijo Kirchner cuando le explicaron que la utilidad de los supermercados es ocho veces menor que el esfuerzo a realizar. Dicen que Miceli habló poco, pero que se mostró muy ejecutiva a la hora de ofrecerse para contactar y presionar a los fabricantes.
Más allá del síndrome del día 61, cuando todo deba volver a su valor de inicio, el problema que observan quienes quedaron afuera del acuerdo es que de esta manera los más grandes estarían operando en conjunto con el Gobierno y lo harían para ganar mercado con precios tan baratos que las superficies más chicas no podrían ofrecer. “La cartelización de los súper es apretar para comprar barato y no vender a un precio concertado”, acusaron desde los autoservicios.
Millonarias pérdidas
El caso Aerolíneas también tiene su tope, ya que el acuerdo con los gremios vence a fines de febrero. El asesor de José Luis Rodríguez Zapatero, Miguel Sebastián, fue quien arregló con Alberto Fernández en 24 horas, lo que la inacción del Ministerio de Trabajo mantuvo en el limbo durante siete interminables días, mientras miles de pasajeros deambulaban por los aeropuertos. Esta novela, de pésima imagen hacia el exterior, hizo perder millones de dólares a la economía.
Por último, el encuentro de los presidentes Kirchner y Lula en Puerto Iguazú sólo sirvió para que el brasileño llenara de elogios a su par argentino, pero para diferir hasta el 31 de enero lo único que la Argentina fue a buscar, la vieja propuesta de Lavagna para alisar la cancha con salvaguardias.
Quien se sintió ganador pleno en la ocasión fue la Cancillería brasileña, pero no por haber ganado una pulseada, sino por haberse sacado de encima a Lavagna, a quien consideraban un hueso duro de roer. Otra misión en la que Miceli también deberá hacer olvidar al ex ministro. (DyN)
04 Diciembre 2005 Seguir en 







