La caída del oso

Por Luis Mario Sueldo. El drama de los rusos y la explosión de China.

04 Diciembre 2005
Según datos recientes, Rusia aparecería a la cabeza mundial de venta de bebés para adopción y, lo que es terrible, para extracción de órganos de transacciones para trasplantes. Uno de los argumentos con los que se pretende explicar este drama es la famélica situación económica que atraviesa gran parte de la población de ese país. "Hay demasiado hambre allí", se enfatiza. Además -y este es otro referente- en las prisiones rusas la prevalencia del virus del sida es cuatro veces más elevada que en el conjunto de la población. No hace demasiado tiempo, la ex URSS (aquella de las libertades controladas, con su tal vez nunca sepultado rasgo stalinista) pulseaba con Estados Unidos en el afán de expandir el dominio político, militar, económico e ideológico en el planeta. Hoy habría que recurrir a los "gurúes" diplomados en Harvard para entender el fenómeno del porqué de una caída tan abrupta. En realidad, lo vienen haciendo, pero sus teorías tan técnicas y, muchas veces, tan sofisticadas, resultan inalcanzables. Y no sólo para el vulgo. Además, en este tipo de temas los intereses juegan un rol preponderante y la venta de elixires para que se vea al sol saliendo del poniente suele resultar una constante. La cuestión central es que en Rusia desapareció un sistema rechazado por Occidente y la irrupción, en su momento, de la perestroika, evidentemente produjo un efecto contrario al buscado. Juan Pablo II señalaba como inaceptable la afirmación de que la derrota del socialismo deje al capitalismo como único modelo de organización económica. "¡Ni yankis ni marxistas, peronistas!", dirían algunos nostálgicos, transpolando la discusión para estos lares. Y aquí estamos, en una Argentina con signos revitalizadores, es cierto, pero todavía con un increíble porcentaje de indigentes (casi un eufemismo; en realidad, gente con hambre que revuelve la basura). Algo cristianamente condenable. Porque quienes nos llevaron a esta situación -con el aval de nuestra quietud, de nuestra indolencia y de nuestra ignorancia- no podrían zafar ni apelando al Evangelio, cuando Jesús clamaba: "perdónalos, Padre, porque no saben lo que hacen". Habría que decir: "perdónanos Señor, ellos sí saben lo que hacen". Y lo peor es que seguirán haciéndolo.

Idiosincrasia
Por otro lado, es verdad también que nunca nos hacemos cargo de nada. Un ejemplo clásico: si nos endeudamos la culpa es sólo del FMI, no de los que tomaron los créditos para sustentar un gasto público insostenible. Nuestra idiosincrasia trae de arrastre posturas nada afines con un sentido patriótico (no confundir con "nacionalismo", pues como alguna vez dijo Einstein, es el sarampión de la humanidad). No es necesario recurrir a los revisionismos históricos para sospechar los arreglos que sectores puntuales quisieron hacer con los invasores ingleses y con los españoles. Las luchas intestinas por el poder, olvidando el enajenamiento a los reclamos populares, impulsaron a San Martín a alejarse de su suelo; a Belgrano, a morir abandonado y pobre, y al "perturbador" Moreno, a verse obligado a partir y terminando sus días en alta mar y en un buque de bandera británica... Y así.
Hoy, uno de los interrogantes más grossos es cómo nos acomodaremos para el futuro. Se asegura que el centro de gravedad del mundo va a correrse varios grados hacia China. Las multinacionales van a trabajar a gusto del consumidor asiático. Lo inquietante -señalan ciertos especialistas- es que allí hay una dictadura espantosa y aunque con el tiempo ese régimen se abra políticamente, va a a tener influencia sobre la cultura económica del mundo. Es como para aferrarnos a aquello de que es mejor lo malo conocido que lo bueno por conocer. Vaya uno a saber. Lo importante es no dejar de soñar con una ventanita abierta: la de la esperanza. Aunque pueda encontrarse mucho de lógica en aquella frase de Woody Allen: "la vida transcurre entre lo horrible y lo miserable; pero si uno tiene suerte, sólo es triste".

Tamaño texto
Comentarios