24 Noviembre 2005 Seguir en 
Hace pocos días, el ómnibus que conducía una delegación de estudiantes desde la localidad bonaerense de Guernica al embalse Valle Grande, en Mendoza, volcó en la localidad de Rama Caída, una veintena de kilómetros al sur de San Rafael. Como consecuencia, perdieron la vida tres jóvenes pasajeros, y hubo 23 heridos. El suceso parece ocasión para apuntar algunas observaciones sobre los viajes en ómnibus a largas distancias.
Es conocida la enorme difusión que tal tipo de transporte tiene, desde hace muchos años, a partir de la casi desaparición del servicio ferroviario y de los elevados costos del viaje en avión. Así, a cada momento, sale -o llega- un ómnibus cargado de pasajeros, rumbo a alguna ciudad del país o de las naciones limítrofes, desde las estaciones terminales argentinas. De más está decir que, en las temporadas turísticas del invierno y del verano, o en los tradicionales viajes de fin de curso, ese movimiento se eleva en forma exponencial en todas las carreteras del país.
Todo ello hace necesario que las autoridades pongan especial atención en la seguridad de esa específica modalidad de transporte de pasajeros. Se trata generalmente de distancias muy largas, y las empresas aspiran a cubrirlas en el menor tiempo posible. En ese propósito, no siempre se guardan los recaudos dirigidos a mantener la velocidad de los coches dentro de un razonable promedio. Muchas veces, como cualquier usuario de los caminos puede advertirlo, los ómnibus se desplazan con el acelerador a fondo. Y esa circunstancia convierte en gravísimos cualquier maniobra o inconveniente imprevistos que pudieran suscitarse sobre la carretera.
La extensión del viaje también se refleja en la fatiga inevitable que sobreviene a los choferes de estos ómnibus. Los responsables de los transportes no siempre habilitan los relevos correspondientes, lo cual implica otro riesgo grave. Es más que sabida lo imperiosa que resulta la atención y la velocidad de reflejos en quienes guían vehículos; sobre todo, los de gran porte.
El problema se presenta no tanto en los ómnibus de línea, donde se supone que tales recaudos están cubiertos, sino sobre todo en los "charters" que se contratan para viajes de delegaciones. A todo esto debe agregarse, por supuesto, el contralor de todos los requisitos técnicos que deben poseer los coches y cuya carencia ha dado lugar a graves sucesos, tanto en la provincia como en el país en general. Tales cuestiones tienen capital importancia, ya que en ellas está involucrada la integridad física de los pasajeros. Por ello es que nos parece que las autoridades debieran aplicarle una vigilancia especial, e impedir rigurosamente la salida de los vehículos que no observen todas las normas establecidas. Por cierto que la verificación de la velocidad será resorte de los controles pertenecientes a la Policía de las distintas provincias que vayan atravesando. Es algo que puede perfectamente coordinarse, y mucho más con la instantaneidad actual de los medios de comunicación.
Una tarea de esa índole, si bien nunca podría evitar los desdichados casos fortuitos que pueden desencadenar la tragedia en una ruta, sí podría disminuirlos en forma sustancial. Hay que tener en cuenta que, en la inmensa mayoría de los casos, los percances son evitables, ya que ocurren por fallas en la prudencia de quienes conducen los automotores.
La proximidad de la época de las fiestas y de las vacaciones convierte a esta cuestión en algo muy actual. Accidentes como el ocurrido en territorio mendocino debieran servir, siquiera, para que los organismos estatales, repetimos, enfoquen su preocupación sobre el asunto, a través de medidas concretas de vigilancia y control.
Es conocida la enorme difusión que tal tipo de transporte tiene, desde hace muchos años, a partir de la casi desaparición del servicio ferroviario y de los elevados costos del viaje en avión. Así, a cada momento, sale -o llega- un ómnibus cargado de pasajeros, rumbo a alguna ciudad del país o de las naciones limítrofes, desde las estaciones terminales argentinas. De más está decir que, en las temporadas turísticas del invierno y del verano, o en los tradicionales viajes de fin de curso, ese movimiento se eleva en forma exponencial en todas las carreteras del país.
Todo ello hace necesario que las autoridades pongan especial atención en la seguridad de esa específica modalidad de transporte de pasajeros. Se trata generalmente de distancias muy largas, y las empresas aspiran a cubrirlas en el menor tiempo posible. En ese propósito, no siempre se guardan los recaudos dirigidos a mantener la velocidad de los coches dentro de un razonable promedio. Muchas veces, como cualquier usuario de los caminos puede advertirlo, los ómnibus se desplazan con el acelerador a fondo. Y esa circunstancia convierte en gravísimos cualquier maniobra o inconveniente imprevistos que pudieran suscitarse sobre la carretera.
La extensión del viaje también se refleja en la fatiga inevitable que sobreviene a los choferes de estos ómnibus. Los responsables de los transportes no siempre habilitan los relevos correspondientes, lo cual implica otro riesgo grave. Es más que sabida lo imperiosa que resulta la atención y la velocidad de reflejos en quienes guían vehículos; sobre todo, los de gran porte.
El problema se presenta no tanto en los ómnibus de línea, donde se supone que tales recaudos están cubiertos, sino sobre todo en los "charters" que se contratan para viajes de delegaciones. A todo esto debe agregarse, por supuesto, el contralor de todos los requisitos técnicos que deben poseer los coches y cuya carencia ha dado lugar a graves sucesos, tanto en la provincia como en el país en general. Tales cuestiones tienen capital importancia, ya que en ellas está involucrada la integridad física de los pasajeros. Por ello es que nos parece que las autoridades debieran aplicarle una vigilancia especial, e impedir rigurosamente la salida de los vehículos que no observen todas las normas establecidas. Por cierto que la verificación de la velocidad será resorte de los controles pertenecientes a la Policía de las distintas provincias que vayan atravesando. Es algo que puede perfectamente coordinarse, y mucho más con la instantaneidad actual de los medios de comunicación.
Una tarea de esa índole, si bien nunca podría evitar los desdichados casos fortuitos que pueden desencadenar la tragedia en una ruta, sí podría disminuirlos en forma sustancial. Hay que tener en cuenta que, en la inmensa mayoría de los casos, los percances son evitables, ya que ocurren por fallas en la prudencia de quienes conducen los automotores.
La proximidad de la época de las fiestas y de las vacaciones convierte a esta cuestión en algo muy actual. Accidentes como el ocurrido en territorio mendocino debieran servir, siquiera, para que los organismos estatales, repetimos, enfoquen su preocupación sobre el asunto, a través de medidas concretas de vigilancia y control.






