Aventura de pensar

Las Olimpíadas muestran que algo está cambiando. Por Nora Lía Jabif.

22 Noviembre 2005
Setenta adolescentes reunidos en la Facultad de Filosofía y Letras, preguntándose si la violencia es parte de la naturaleza humana, o si es posible conciliar libertad con justicia, no es cosa de todos los días. Sin embargo, eso ocurrió la semana pasada en Tucumán, en la instancia provincial de las Olimpíadas Nacionales de Filosofía, donde alumnos de distintos colegios de la provincia, de entre 14 y 18 años, presentaron trabajos en cuyas profundidades vale la pena indagar, porque son indicios de los fantasmas e interrogantes que rondan a quienes muy probablemente ocuparán lugares activos en el escenario social tucumano en -digamos- diez años.
El tema de la convocatoria de las Olimpíadas de Filosofía fue los derechos humanos. La agenda mostró que en Tucumán hay adolescentes que tienen la cabeza abierta a intereses diversos (el Estado, la violencia, la animalidad y lo humano, la discriminación, el multiculturalismo, la justicia y la igualdad, el efecto manipulador de los medios de comunicación) ¿Cuál fue el denominador común de los trabajos? Que el escepticismo expuesto por el mal funcionamiento de las instituciones políticas no genera en ellos indiferencia sino, más bien, la obsesión por entender por qué las cosas son como son. No faltó, por supuesto, el análisis sobre el caso "Junior" (¿víctima o victimario?). Y la respuesta fue la del justo medio: "Sin eludir la responsabilidad del chico, el sistema hizo lo suyo", fue la tesis que defendió el autor de esa ponencia.
Al margen de la riqueza temática y conceptual manifiesta en el tratamiento de los temas elegidos, las Olimpíadas, como metodología pedagógica, son un laboratorio de análisis sobre el rol socializante del sistema educativo, y sobre la importancia del docente como factor de estímulo del alumno.
Veamos el primer punto. Para la mayoría de quienes participan en las distintas Olimpíadas, ese espacio no es una pulseada para matar al oponente. Es una oportunidad para compartir saberes, pareceres y actitudes sociales con los pares. Y esa percepción se convierte en certeza cuando se observa que los rostros (que deberían ser mucho más) se repiten tanto en las distintas Olimpíadas como en esas experiencias participativas o semilleros de entrenamiento político y de búsquedas de consensos que son los "Modelos de las Naciones Unidas" o la Federación de Estudiantes Secundarios (FES) de Tucumán.
El segundo factor es tan relevante como el primero. Detrás de cada olimpíada hay docentes que, movidos por pura vocación, le quitan horas a su tiempo libre para ayudar a sus alumnos a profundizar contenidos y a ejercitar miradas críticas sobre cada disciplina. En el caso de las Olimpíadas de Filosofía, es evidente que el trabajo que viene desarrollando desde hace unos años un grupo de docentes tucumanos de esa asignatura (la mayoría, jóvenes) está dando sus frutos. Casualidad o no, entre 2002 y 2005, la matrícula de inscriptos en la carrera de Filosofía, en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNT, ha crecido casi un 100 % (de 133 a 263). ¿Qué está pasando para que un adolescente del siglo XXI se anime a romper la inercia de los mandatos paternos de "m? hijo el dotor"?
Es probable que ellos compartan intuitivamente lo que le planteaba a LA GACETA Horacio Sanguinetti, rector del prestigioso Colegio Nacional Buenos Aires. Dice Sanguinetti -un crítico feroz de la Ley Federal de Educación- que la escuela debe volver a su matriz curricular originaria. Y que debe remontar la ilusión generada en los años 90 de que esta debe preparar para un mundo del trabajo que es tan cambiante que no hay escuela que le siga el ritmo. Quizás haya que bucear en esas profundidades para entender por qué hay jóvenes que no le han encontrado ni gusto ni utilidad a la "comida rápida" de los años 90, y que han empezado a saborear en cambio la belleza huidiza que ofrece el mundo del conocimiento, esa aventura en la que nunca se toca puerto.



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