BUENOS AIRES.- Si alguien cercano al Presidente hubiera leído detenidamente las 16 páginas del documento episcopal, en lugar de limitarse a las síntesis periodísticas, es muy probable que no habría un enfrentamiento como el provocado por la réplica de Kirchner. Ningún medio publicó ese mensaje en su totalidad, pero estaba disponible en internet, adonde de inmediato fuimos para advertir pacientemente que no era una crítica asestada al Gobierno, sino una serie de recomendaciones y objeciones a múltiples sectores argentinos entre los que el poder político ha sido igualmente responsable. La improvisación y el autismo son prácticas muy frecuentes en nuestra política, pero cuando ocurren en los cargos públicos exige un gran esfuerzo impedir sus estragos. También el Episcopado debió tener en cuenta aquello de que el mensajero debe ser el adecuado al fin pretendido; y no fue así, pues designó como portavoz a monseñor Carmelo Giaquinta, cuyas opiniones sobre la responsabilidad en los problemas sociales desde hace tiempo, causan profundos rechazos en el mundo oficial. La vida pública argentina ha perdido sus modales más imprescindibles y, en consecuencia, la milenaria regla ciceroniana que aconseja decir lo que se piensa, pero pensando muy bien lo que se dice, ha sido sepultada por las intransigencias. El propio jefe del Gabinete, Alberto Fernández, ha sostenido que el Presidente no es hipócrita y que, en consecuencia, puede decir todo cuando y como se le ocurra.
Esa pelea irracional ha impedido que el Gobierno haya podido disfrutar en plenitud ante la sociedad, el singular crecimiento anual de la economía, que dejó sin valimiento a la mayoría de los pronósticos. Ese ritmo del impulso informado por el Indec no se alcanzaba desde 1998, si bien no tiene respuesta socialmente adecuada en el empleo y los salarios, un punto algo incomprensible para sectores sociales que seguramente votaron al Frente para la Victoria y que observan una gestión económica ortodoxa en el Gobierno; al menos en el ministro Roberto Lavagna, a quien no se puede imaginar actuando sin el aval de Kirchner. Aquí es donde la política oficial aparece nuevamente confusa. Mucho más cuando se advierte que el secretario de la CGT, Hugo Moyano, estuvo en la Rosada poco antes de manifestar públicamente que el ministro no sabe combatir la inflación y que de su progreso no tienen la culpa los salarios. El sindicalista fue mordaz en esta ocasión como pocas veces, pero en el Palacio de Hacienda no se observa la circunstancia con demasiada preocupación, pues se considera que Moyano está vacunado contra los flagelos presidenciales y se trata de uno de los poquísimos personajes a los que teme el Presidente. (De nuestra Sucursal)
19 Noviembre 2005 Seguir en 






