Tucumán cuenta con una condición geográfica desfavorable en cuanto a la renovación del aire que respiran sus habitantes. El cordón montañoso emplazado sobre el lado oeste de la provincia funciona como una especie de muro que impide que el aire circule y se mantiene suspendido a baja altura, afectando sobre todo a las poblaciones emplazadas junto a los cerros. En la Capital esta situación se agrava, ya que la ciudad se encuentra en un tipo de pozo, por lo que los vientos son más escasos que en otros sectores más abiertos.
Se le suma, además, los gases que genera el intenso tránsito vehicular, factor que no es tan determinante en localidades menos pobladas del territorio. A la combustión de los motores deben agregarse el polvo suspendido, que se incrementa en épocas más secas, y el humo de los incendios urbanos y rurales, de cultivos como la caña o el citrus, de las banquinas de caminos y rutas, de despojos de podas y cortes de vegetación y de miles de basurales que se incineran por toda la provincia.
Este contexto posiciona a Tucumán como la segunda provincia argentina con el aire más contaminado, después del industrial conurbano bonaerense, según se desprende de la investigación multidisciplinaria, basada en mediciones realizadas con decenas de sensores de aire distribuidos por todo el territorio, y que le valió un importante premio durante el 52º Congreso Argentino de Medicina Respiratoria, realizado en noviembre de 2024.
La calidad del aire fue el eje de debate durante el último foro organizado por la Fundación Meta Tucumán, denominado “¿Tucumán Respira?”, donde expusieron varios especialistas, quienes abordaron la problemática desde distintos puntos de vista. Los daños a la salud que la contaminación provoca, sobre todo en franjas más vulnerables como niños, embarazadas y adultos mayores; las complicaciones higiénicas en general; las afectaciones a las líneas de alta y media tensión que producen los incendios, que causan apagones masivos y el peligro de accidentes eléctricos para la población; además de los riesgos concretos que representa el fuego para la vida de las personas, animales, viviendas y bienes.
En los paneles hubo coincidencia en que la práctica de quemar caña como forma de cosecha fue disminuyendo en los últimos años. El representante de la Subsecretaría de Medio Ambiente informó que hace una década se quemaba entre el 60% y el 70% de la superficie cañera. En 2024, la proporción fue del 14%; en 2025 llegó al 18% y, hasta septiembre de este año, rondaba el 3,3%. Estos números fueron corroborados por la concesionaria Transener, que indicó que en 2013 salieron de servicio 23 líneas de alta tensión, y que luego de un pico en 2020, los números siguieron disminuyendo hasta bajar a cinco incidentes en 2023 y sólo tres en 2024 a causa de incendios. Estos datos también fueron confirmados por los monitoreos permanentes que realiza la Eeaoc.
Donde los tucumanos seguimos en un punto ciego es respecto de otro tipo de fuegos, como banquinas, que son miles de hectáreas más que la caña, y los numerosos basurales que se incineran a lo largo y ancho de toda la provincia, con el agravante de que en los residuos hay plásticos y otros elementos de alta toxicidad.
El desafío es enorme y, como se expuso, el problema no termina con la quema de caña. Los otros fuegos y la combustión motora son materias pendientes que deben abordarse para que Tucumán se aleje de ese podio siniestro de ser la segunda provincia con el aire más contaminado del país.




