Por Julio J. Elías* y Álvaro García Negro
Profesor de economía de la Universidad del CEMA / Especialista Sectorial Senior en Agricultura y Desarrollo Rural del BID, respectivamente
La industria vitivinícola del noroeste argentino (NOA) experimentó una enorme transformación durante las últimas cinco décadas. Al igual que ocurrió en Mendoza, pasó de producir en su mayoría vino de mesa a centrarse en vinos de calidad internacional. El motor de esa transformación fue una sucesión de innovaciones orientadas a mejorar la calidad, realizadas por empresarios, enólogos y otros actores del sector. Uno de esos innovadores fue el enólogo tucumano Luis Rolando “Rolo” Díaz, que falleció el martes 13 de octubre, a los 69 años. Junto a su hermana Delia Cristina desarrolló Altos La Ciénaga, una bodega ubicada en el paraje La Ciénaga, en Colalao del Valle, a 2.300 metros de altura.
En 2024, junto con colegas de la Universidad Nacional de Salta, entrevistamos a Rolo y a Delia Cristina para el estudio del BID “Innovadores en la vitivinicultura del noroeste argentino”. Allí mostramos que la transformación vitivinícola del NOA, iniciada por Arnaldo Etchart y Michel Rolland, fue producto de la combinación entre innovación, identidad cultural y valorización de un terroir único. También analizamos a algunos de sus protagonistas: la familia Etchart (bodega Yacochuya), Thibaut Delmotte (bodega Colomé), Raúl Dávalos (bodega Tacuil) y Lucía Romero Marcuzzi (bodega El Porvenir), entre otros.
Para analizar a los innovadores utilizamos el enfoque económico de la innovación de David Galenson, de la Universidad de Chicago, que distingue dos tipos. Por un lado, los innovadores experimentales avanzan mediante prueba y error, descubriendo y perfeccionando su obra a lo largo del tiempo. Con ese espíritu, la baronesa Philippine de Rothschild sostenía que “la elaboración del vino es realmente un negocio bastante simple, solo los primeros 200 años son difíciles”. En cambio, los innovadores conceptuales parten de una idea definida de lo que quieren lograr y planifican en detalle para concretarla. Picasso, arquetipo del innovador conceptual, decía: “Yo no busco, encuentro”. En el mundo del vino, estos innovadores parten de la idea de que el gran vino nace en el cerebro. Picasso, Steve Jobs y Michel Rolland pertenecen a este segundo grupo. En nuestro análisis, Rolo y Delia Cristina también forman parte de esta tradición de innovadores conceptuales.
La historia empezó con un viñedo chico. Don Javier Díaz, padre de Rolo y Delia Cristina, elaboraba en Colalao del Valle un vino patero que vendía en damajuanas. En 2003, a partir de una idea de Delia Cristina, los hermanos decidieron retomar la actividad familiar con el objetivo de producir vinos de calidad capaces de expresar el terroir de altura de La Ciénaga. Juntos reciclaron las instalaciones de su padre y fundaron Altos La Ciénaga, un proyecto que desarrollaron durante las dos décadas siguientes con una visión conceptual y una apuesta por la planificación.
Antes de comenzar a plantar las vides, resolvieron la provisión de agua. Construyeron un dique nivelador y reservorios en La Ciénaga, porque “en verano las lluvias escasean, pero las tormentas arrasan con todo”, explicaba Rolo. Después contrataron a especialistas de la Universidad Nacional de Cuyo para estudiar la fertilidad y la salinidad de los suelos. Recién con esos resultados, sumados a las características del microclima y la altura, decidieron qué plantar. Los estudios indicaban que era un buen lugar para el syrah.
Ese es el sello del innovador conceptual: una idea clara de lo que se quiere lograr, y decisiones que se derivan de ella. En el caso de Rolo, la búsqueda de la calidad y de una identidad propia se reflejaba en la elaboración de sus vinos: trabajaba con levaduras de las propias uvas y procuraba intervenir lo menos posible en el proceso de elaboración. El método de irrigación, que pasó del riego por manto al riego presurizado, también respondió a esa lógica. Hoy la bodega, además de syrah, cultiva malbec, tannat, cabernet sauvignon, torrontés y viognier.
Con ese criterio trabajaron también con la Universidad Nacional de Tucumán para comprender la historia geológica de unos suelos que consideraban únicos: franco-arenosos y arcillosos, ricos en calcáreo y con un microclima distintivo. Así se sumaban a la línea abierta en Mendoza por Catena Zapata, que a través del Catena Institute of Wine invirtió fuertemente en investigación científica sobre el terroir y la diferenciación de los suelos.
El caso de Altos La Ciénaga ilustra una idea central en el trabajo de Joel Mokyr, uno de los galardonados con el Nobel de Economía 2025: el crecimiento económico sostenido requiere que el conocimiento científico se traduzca en aplicaciones prácticas. La trayectoria de Rolo y Delia Cristina muestra cómo esa conexión, sumada a la iniciativa empresarial, puede impulsar el desarrollo productivo del interior tucumano.
El vino Altos La Ciénaga Viognier 2025, que ganó una medalla de oro en Mendoza, fue otro capítulo de ese plan: una cepa elegida para complementar al torrontés y expresar la altura.
Planificar no significa dejar de experimentar. Cada año Rolo hacía microvinificaciones de 300 o 400 litros para ensayar algo nuevo, con el mismo cuidado que en los lotes grandes. Tampoco significa encerrarse. Los hermanos reconocían cuánto habían aprendido de los consultores que llegaron a la región, como Michel Rolland y Paul Hobbs, y del intercambio con colegas del valle, como Francisco “Paco” Puga, hoy en la bodega El Porvenir. Cuando los entrevistamos, Rolo admitió que sus primeros vinos eran muy estructurados y que habían ajustado el estilo a lo que hoy pide el mercado, que prefiere vinos con menos estructura y menos madera.
El proyecto fue siempre de dos. Delia Cristina, ingeniera en reservorios y con formación de sommelier, se ocupaba de las cuentas, los insumos y la comunicación. Rolo, perito agrónomo y técnico en viticultura y enología, atendía los viñedos y elaboraba los vinos.
En la publicación del BID “Innovadores en la vitivinicultura del noroeste argentino”, al final de cada entrevista pedimos a los productores que eligieran los vinos que llevarían a una isla desierta. Rolo eligió solo vinos suyos: el syrah Desnudo, el tannat-syrah-malbec 2020, el Reserva tannat, el Reserva tannat-syrah y el Blend de Añadas. En esa elección estaba la convicción de que, después de veinte años de trabajo, había logrado elaborar, en un paraje del interior tucumano, vinos que consideraba al nivel de los mejores. Rolo fue un gran innovador, y su partida es una gran pérdida para la vitivinicultura del NOA.







