Milei, Bullrich y el barro de la rosca vs la sobria lección de Messi, quien nunca necesitó agraviar

Por Hugo E.Grimaldi.

A FLOR DE PIEL. Lionel Messi se mostró visiblemente emocionado durante su última noche con la selección argentina en el Monumental.
A FLOR DE PIEL. Lionel Messi se mostró visiblemente emocionado durante su última noche con la selección argentina en el Monumental. MATIAS NAPOLI ESCALERO / ESPECIAL PARA LA GACETA
Hace 3 Hs

En la física del poder, las internas de los gobiernos no son una falla del sistema, sino su estado natural. El esquema nace de la propia génesis de las coaliciones amplias, que exigen elegir ganadores y perdedores a la hora de asignar recursos y diseñar regulaciones. Un nivel controlado de fricción evita la trampa del pensamiento único y permite testear el alcance de una medida sin erosionar prematuramente la figura del Presidente. Incluso la clásica “interna a dos puntas” —la articulación calculada entre un ala dogmática y otra pragmática— sirve como herramienta táctica para pescar apoyos en dos ríos en simultáneo.

El riesgo se desencadena cuando el debate de ideas degenera en canibalismo burocrático. En la memoria política argentina permanece grabado el año 2000, cuando la renuncia de Carlos "Chacho" Álvarez quebró el contrato fundacional de la Alianza y dinamitó la gobernabilidad del país. Hasta hace pocas semanas, Javier Milei combinaba dos dinámicas paralelas: separación total con la vicepresidenta Victoria Villarruel —sin punto de retorno— y una política de depuración serial en el Gabinete orientada a sacrificar funcionarios al menor atisbo de disenso. Sin embargo, ese esquema de purgas acaba de chocar contra una realidad insoslayable: la irrupción de Patricia Bullrich.

La senadora nacional, dueña de una cintura política curtida en mil batallas y un timing envidiable, mantuvo ayer una reunión mano a mano de más de dos horas con el Presidente en la Quinta de Olivos. En ese tablero, cuando la disputa interna suma a jugadores con peso territorial y volumen propio, Milei debió abandonar la lógica del fusilador automático para sentarse a medir fuerzas. La senadora no es una pieza fácilmente desplazable, sino un factor de poder que exige negociación y coexistencia. ¿Se terminó la presión? Difícil, por la personalidad y las ambiciones políticas de Bullrich. ¿Es funcional a Milei para hacerle ganar votos “al proyecto”? Difícil también.

Esos roces de cúpula no son los únicos que sacuden al oficialismo. En el Palacio de Hacienda se vivió una semana de ruidos intensos, donde la tensión no pasó por lo ideológico, sino por la ansiedad ante la velocidad de los resultados. La ausencia del ministro Luis "Toto" Caputo en la reunión de Gabinete donde Milei invitó al economista Alberto Ades expuso las grietas del equipo económico. En el entorno libertario crece el temor a que la recesión, la mora y el cierre de empresas generen mayor desencanto social y se lo hacen saber al ministro, por ahora como hipótesis de trabajo, pero eso lo conmociona. Habló demasiado (inflación, crecimiento, dólar, etc.) para hacerse notar internamente y como pifió bastante le llueven facturas. Desde la Casa Rosada, con Bullrich a la cabeza, le piden celeridad para amortiguar el impacto en la calle y, en eso, su margen de maniobra se estrecha.

A esa impaciencia se le suma un contrapunto en las negociaciones legislativas. Mientras Caputo y Diego Santilli buscan tender puentes con los gobernadores para destrabar el Presupuesto y la Reforma Política, se topan con el freno de mano del clan Menem bajo la órbita de Karina Milei. La estrategia oficialista en el Congreso queda atrapada entre la necesidad económica de ofrecer certezas fiscales a las provincias y la intransigencia política, que prefiere cerrar filas mirando a las elecciones, antes que ceder caja o representación.

La desarticulación interna encuentra su contraparte en un Congreso que dejó de actuar a la defensiva y allí, la oposición logró consolidar un polo para sitiar al Ejecutivo en varios frentes. Pese al reciente fallo bien político de la Corte sobre la venta de tierras a extranjeros que atenuó la presión sobre el DNU 70/23, la agenda opositora avanza sobre temas de alta sensibilidad social, como la emergencia en Discapacidad o el alivio a la morosidad familiar. Con recursos escasos, cada votación en el Congreso es para la Casa Rosada un test de resistencia donde la falta de votos se paga con partidas presupuestarias. Otra soga al cuello para Caputo.

Para buscar un poco de aire fresco fuera del barro doméstico, el Presidente apeló a un clásico: la fuga hacia adelante en el tablero internacional. Tras la buena recepción pública de la postura oficial ante la ofensiva petrolera británica en Malvinas, Cancillería moldea una jugada de alto impacto diplomático, la de presentar una denuncia formal contra Irán ante la Corte Internacional de Justicia de La Haya por el atentado a la AMIA. La iniciativa busca reforzar el alineamiento con Occidente y ofrecer un golpe de efecto capaz de desplazar, al menos por un tiempo, las tensiones de la gestión.

Sin embargo, el problema de fondo no es tanto de agenda legislativa o de estrategia diplomática, ya que la dificultad que atraviesa a buena parte de la dirigencia radica en algo más elemental, como es la costumbre de confundir liderazgo con exhibición permanente de poder. El oficialismo gobierna como si el mando exigiera sobreactuar fortaleza, fabricar enemigos diarios y ocupar la escena a toda hora, redes incluidas. Tal vez, por todo eso, resulte tan provocador el contraste con la figura de Lionel Messi.

Lo más singular de la carrera de tan espectacular jugador es que llegó a lo más alto comportándose como un hombre común. El 10 es la antítesis perfecta de la estrella contemporánea alimentada por la sobreexposición, el drama, la ostentación o la marca personal. Vivió dos décadas en Barcelona, pasó por París y recaló en Miami, pero cualquier rosarino que cruce dos palabras con él sentirá que nunca se fue de su ciudad, ya que mantuvo las eses comidas, el tono bajo, el termo bajo el brazo y un sello bien propio: la costumbre de no hacerse el importante.

En un mundo donde el dinero y la fama suelen cambiarle la voz a cualquiera, Messi eligió seguir siendo el mismo tipo sencillo que salió de su barrio. Esa negativa a "armarse un personaje" –otra superación– es lo que lo ha convertido en un antihéroe perfecto. No da discursos épicos, no vende humo en las conferencias de prensa ni busca que nadie lo adopte como guía espiritual. Cuando la Selección era una caldera y las cosas no salían, nunca salió a victimizarse ni a armar un show del dolor, sino que masticó la bronca en silencio, arrancó el pasto con las manos alrededor del banco de suplentes, armó el bolso y lo volvió a intentar, como hace cualquier trabajador que se levanta temprano después de un mal día.

Con los años también hizo algo menos visible y quizás más difícil que dejar rivales en el camino: aceptó que el tiempo pasa para todos. El Messi veterano ya no intentó resolver cada partido corriendo de más o participando de todas las jugadas. Aprendió a elegir los momentos, a administrar energías y a intervenir solo cuando podía cambiar algo. Entendió sus propios límites y los convirtió en una nueva ventaja. En lugar de pelearse con el tiempo, hasta parece que negoció con él. Mientras muchos grandes deportistas (y políticos) se desgastan luchando contra el paso de los años, él se adaptó sin dramatismos, con la misma naturalidad con la que siempre atravesó todo. Tal vez por eso logró mantenerse decisivo hasta el final.

En este tramo, justamente, lo más interesante que deja el rosarino no son los goles imposibles, sino una terquedad manifiesta para seguir siendo un tipo común, en medio del delirio de exposición que vive el deporte en general o el país en particular. Nunca pretendió ser ejemplo de nada y quizás por eso mismo lo termina siendo. Ha demostrado que, para llegar adonde llegó, no hace falta disfrazarse de ningún personaje. Ser él, ni más ni menos, terminó consagrándolo y poniéndolo, en toda su dimensión, en el afecto de la gente.

La comparación con la política argentina surge sola. Mientras la dirigencia consume energía en internas, declaraciones altisonantes, operaciones y disputas de corto vuelo, la sociedad observa desde afuera y acumula fatiga. Cuesta cada vez más distinguir dónde termina la gestión y dónde empieza la representación teatral. Quizás por eso Messi genera una identificación tan transversal: el hombre más influyente del país construyó su liderazgo por un camino inverso, ya que nunca necesitó dividir para conducir, descalificar para afirmarse ni convertir cada diferencia en una batalla personal.

La lección parece sencilla, aunque rara vez obvia para quienes ejercen el poder. La autoridad más sólida no nace del grito, del insulto, de la trinchera o de la purga permanente. Se construye de manera menos espectacular: a través de los resultados, la coherencia y la capacidad de transformar la realidad sin perder el eje. Y acaso por eso, en una época poblada de dirigentes que hablan cada vez más fuerte, la figura más admirada del país siga siendo un hombre que nunca necesitó levantar la voz.

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