Salud mental en Argentina y el dato que preocupa: solo dos de cada 10 personas dicen no tener problemas para dormir

El dato surge de un estudio del Observatorio de Psicología Social Aplicada de la UBA. El psicólogo e investigador Cristian Garay habló en Panorama Tucumano sobre el impacto del mal descanso, el uso de tecnologías y las dificultades para acceder a tratamientos.

Hace 2 Hs

Resumen para apurados

  • Un estudio de la UBA reveló recientemente en Argentina que solo dos de cada diez personas duermen bien, debido al deterioro del descanso y el impacto en la salud mental.
  • La población que duerme poco saltó del 10% en 2020 al 38% actual, impulsada por secuelas de la pandemia y el uso excesivo de pantallas digitales antes de acostarse.
  • El déficit de sueño agrava los trastornos psicológicos mientras la mitad de los afectados no accede a terapia por barreras económicas, lo que exige mayor prevención pública.
Resumen generado con IA

Dormir bien parece haberse convertido en un problema para buena parte de los argentinos. Un estudio del Observatorio de Psicología Social Aplicada de la Facultad de Psicología de la Universidad de Buenos Aires (UBA) reveló que solo el 22,29% de los participantes afirmó no tener problemas para dormir. En contrapartida, el 58,69% manifestó tener dificultades frecuentes u ocasionales para conciliar o mantener el sueño.

El dato forma parte de un relevamiento sobre el estado psicológico de la población argentina y vuelve a poner el foco sobre uno de los pilares de la salud física y mental. Según el informe, además, el grupo que asegura dormir poco creció de manera marcada en los últimos años: pasó del 10,53% en marzo de 2020 al 38,20% en la medición actual.

Para Cristian Javier Garay, doctor en Psicología, profesor e investigador de la Facultad de Psicología de la UBA, el fenómeno debe analizarse en un contexto más amplio. “Estamos atravesando un empeoramiento de la calidad y una disminución en la cantidad de horas de sueño”, explicó el profesional en diálogo con "Panorama Tucumano", el programa insignia de LA GACETA.

Garay vinculó parte de este escenario con el impacto que tuvo la pandemia de coronavirus, especialmente entre quienes eran adolescentes durante las cuarentenas y hoy son adultos jóvenes. Según explicó, ese período pudo haber afectado el desarrollo de herramientas de regulación emocional y la capacidad de vincularse socialmente.

Sin embargo, el investigador aclaró que los indicadores generales de salud mental muestran una evolución diferente. Desde el Observatorio, señaló, se observó una disminución paulatina del riesgo de padecer problemas de salud mental después del impacto provocado por la pandemia, aunque todavía no se habría regresado completamente a los niveles previos.

El celular también entra en la habitación

Uno de los factores que Garay señaló como relevantes para entender el deterioro del descanso es el uso de tecnologías digitales. “Las tecnologías están diseñadas para captar nuestra atención y mantenernos conectados”, explicó. El problema aparece especialmente durante la noche, cuando las personas continúan expuestas a redes sociales, mensajes, actividades laborales y otros estímulos hasta el momento de acostarse.

El especialista sostuvo que esa estimulación constante puede interferir con el proceso natural de relajación necesario para conciliar el sueño. Por eso, consideró que el descanso debe ser entendido como una parte fundamental del cuidado de la salud mental.

El propio informe de la UBA advierte que las alteraciones del sueño constituyen una de las problemáticas más relevantes porque afectan uno de los pilares de la salud física y mental, junto con la actividad física y la alimentación.

Qué pasa cuando aparece el malestar

La investigación también analizó qué hacen las personas cuando atraviesan situaciones de malestar emocional. Entre las estrategias mencionadas aparecen hablar con amigos, realizar actividad física y consultar a un profesional de la salud mental.

Garay destacó que esas conductas pueden funcionar como herramientas saludables para afrontar el malestar. En cambio, advirtió sobre otras respuestas, como el consumo de alcohol, drogas o medicamentos sin supervisión profesional.

“En el corto plazo tal vez puede anestesiar, puede hacer que olvidemos una dificultad que tenemos, pero en el largo plazo nos estamos agregando un problema secundario”, explicó al referirse al consumo de sustancias como mecanismo para regular las emociones.

El investigador también puso el foco en la automedicación, especialmente con ansiolíticos y otros fármacos utilizados para dormir o disminuir la ansiedad. Según el relevamiento, el 5,75% de los participantes informó tomar medicación sin receta.

Dormir bien parece haberse convertido en un problema para buena parte de los argentinos. Dormir bien parece haberse convertido en un problema para buena parte de los argentinos. El Tiempo

La familia, un apoyo que no siempre aparece

Otro de los aspectos abordados durante la entrevista fue la manera en que las personas buscan contención cuando atraviesan un momento difícil. Hablar con amigos aparece como una de las respuestas más frecuentes, mientras que el recurso a la familia tiene un peso mucho menor.

Garay explicó que históricamente la familia funcionó como un grupo primario de apoyo, un espacio de contención y comunicación. Sin embargo, advirtió que esto no siempre ocurre.

“Por ahí esto está vinculado también con niveles de violencia que se ven en las familias, conductas problemáticas que hacen que ese espacio, en lugar de brindar contención, genere mayor estrés”, señaló.

Para el especialista, uno de los signos que merece atención es el aislamiento. El retraimiento, el abandono de los grupos de amigos o la pérdida de interés por actividades habituales pueden ser señales de que algo está ocurriendo.

Una población que reconoce el problema, pero no siempre puede tratarlo

El informe de la UBA también encontró una brecha entre la necesidad de atención y el acceso efectivo a los tratamientos. El 50,05% de quienes no realizan tratamiento psicológico considera que lo necesita, mientras que las dificultades económicas aparecen entre las principales barreras para acceder a la atención.

Para Garay, esto demuestra que la salud mental no puede pensarse como un problema exclusivo de determinados sectores sociales. Los jóvenes y las personas en situaciones laborales y sociales más precarias, señaló, pueden enfrentar mayores dificultades.

“Hay un prejuicio. Muchas veces se piensa los problemas de salud mental como problemas de ricos”, explicó. Sin embargo, sostuvo que los sectores más desfavorecidos también están fuertemente afectados y, al mismo tiempo, pueden tener mayores obstáculos para acceder a un tratamiento.

¿Cómo reconocer que algo no está bien?

Garay explicó que un problema de salud mental no necesariamente se manifiesta de una única manera. Puede aparecer como angustia, tristeza, ansiedad o llanto, pero también mediante el aislamiento o la dificultad para desenvolverse en diferentes áreas de la vida cotidiana.

Estudiar, trabajar, sostener vínculos, desarrollar proyectos personales e incluso disfrutar del tiempo libre forman parte de ese equilibrio. “Todo lo que afecte y dificulte estas áreas está vinculado con problemas de salud mental”, explicó.

En ese contexto, el especialista remarcó la importancia de la consulta profesional y de la detección temprana. La salud mental, sostuvo, no debería abordarse únicamente cuando el malestar se vuelve extremo, sino también desde la prevención y el cuidado cotidiano.

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