Los puntos grises del Gran Tucumán

Por Redacción LA GACETA 20 Septiembre 2026

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Por estos días asistimos a un debate interesantísimo en las páginas de LA GACETA: el Camino del Perú, como manifestación del colapso urbano, dispara opiniones de vecinos, funcionarios y urbanistas que intentan explicar las razones del desastre y, al mismo tiempo, avizorar soluciones.

Varias veces hemos dicho en este mismo espacio que las ciudades funcionan como entes vivos. Van mutando, adaptando sectores a nuevos usos, reposicionando o degradando otros a un ritmo lento pero imparable.

La ruta 315 (puntualmente en el tramo que va desde el cruce con la avenida Belgrano hasta Villa Carmela, que es lo que puntualmente conocemos como Camino del Perú) es la expresión cabal de aquello. Es una traza provincial que en el pasado recorría una zona periurbana rodeada por fincas de limón y de caña, por fábricas, por vecindarios de clase media y media/baja y por establecimientos productivos (los memoriosos aún recuerdan que hasta la década del 60 allí funcionó el ingenio San José).

Con el paso de los años y con el incremento de la presión urbana sobre la zona oeste, muchas de esas fincas se convirtieron en loteos (algunos regulares y otros, irregulares), aparecieron más comercios, escuelas y todo lo que trae consigo el crecimiento demográfico. El desarrollo de Lomas de Tafí y de una serie de barrios cerrados, más la reconversión de una cerámica altamente productiva en la zona terminaron de coronar el colapso.

Si buscamos la raíz del problema quizás la encontremos en el concepto de los compartimentos estancos: la calzada depende de Vialidad Provincial, pero al oeste nacen Yerba Buena y Villa Carmela, hacia el este se encuentra San Miguel de Tucumán y, más adelante, Tafí Viejo. En otras palabras, es de todos, pero de nadie. Y salvo algunos esfuerzos aislados de la municipalidad de Yerba Buena y de la comuna de Cebil Redondo por ordenar el tránsito, el resto brilla por su ausencia.

No hay que confundirse: lo que ocurre en el Camino del Perú está lejos de ser un hecho aislado; se repite en muchos otros puntos del Gran Tucumán. Repasemos algunos: la autopista de Circunvalación, el Acceso Norte, la ruta 311 y su entorno (desde Ojo de Agua hasta Lules, inclusive), el cruce de las rutas 9 y 306 (en San Andrés), el largo tramo del Canal Sur que va desde la avenida Roca hasta la Jujuy y un largo etcétera.

¿Qué tienen en común? La superposición de jurisdicciones: en todos estos casos aparece alguna ruta nacional o provincial, un canal, es decir, estructuras que dependen de entidades nacionales o provinciales). Y municipios y comunas que son los encargados de ordenar la vida de los vecinos, pero que cuentan con una jurisdicción limitada. Otro punto en común es el tiempo: se trata de problemas de larguísima data, lo cual nos permite inferir que nos encontramos frente a cuestiones muy difíciles de resolver y que año a año no hacen más que agravarse.

Creemos que el primer paso para encontrar soluciones es aplicar una mirada metropolitana a los problemas del Gran Tucumán. Hoy, cada municipio, comuna o ente provincial opera de modo independiente y descoordinado al resto. En el medio -como siempre- quedan los vecinos, que son quienes los padecen a diario.

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