Una marea de fe: Salta reafirmó su Pacto con el Señor y la Virgen del Milagro

Bajo una marea blanca de pañuelos y ante la presencia de cientos de miles de peregrinos que llegaron desde los rincones más alejados de la provincia, Salta volvió a renovar el histórico Pacto de Fidelidad con el Señor y la Virgen del Milagro en una jornada atravesada por la devoción popular y un firme reclamo de paz social.

PROCESIÓN. Los salteños renovaron el pacto de fidelidad con el Señor del Milagro.
PROCESIÓN. Los salteños renovaron el pacto de fidelidad con el Señor del Milagro. SANTIAGO MENDIETA/ LAGACETA
Por Santiago Mendieta 15 Septiembre 2026

Resumen para apurados

  • Cerca de 800.000 fieles renovaron el Pacto de Fidelidad con los Santos Patronos en Salta este 15 de septiembre, movilizados por la fe y el reclamo de paz social.
  • La histórica tradición nacida tras los sismos de 1692 incluyó largas peregrinaciones y una misa donde el arzobispo Cargnello calificó al narcotráfico como un genocidio.
  • La masiva convocatoria reafirma la vigencia del rito como un catalizador de unidad comunitaria y un canal de interpelación ética a la dirigencia política y social del país.
Resumen generado con IA

Dicen que la fe no se explica, pero en Salta tiene una textura física, casi táctil: cruje bajo las suelas gastadas de miles de zapatillas, huele a polvo seco de la Puna, a sudor acumulado tras días de marcha y a diez mil claveles rojos. Es quince de septiembre. El sol cae oblicuo sobre la ciudad y la temperatura baja despacio, pero en el aire no hay frío: hay una densidad humana que aturde. Ochocientas mil personas, según las estimaciones policiales, ocupan las veredas, las esquinas, las plazas. Sin embargo, los números despojan las cosas de sentido. Lo que dice algo es el tobillo hinchado de un hombre que caminó cuatro días desde San Antonio de los Cobres, la botellita de agua tibia que una mujer le ofrece a un desconocido, la devoción que no pide permiso y que se parece mucho al instinto de supervivencia.

La masa avanza también en los bordes invisibles. Más de cien mil personas siguen las transmisiones oficiales a través de las pantallas de sus celulares y computadoras, un murmullo digital que replica la marea que recorre las calles. La escena repite un rito que nació en el agua y el olvido.

Una marea de fe: Salta reafirmó su Pacto con el Señor y la Virgen del Milagro Una marea de fe: Salta reafirmó su Pacto con el Señor y la Virgen del Milagro

El Cristo del océano y la tierra que tiembla

En 1592, diez años después de la fundación de Salta, dos figuras de madera cruzaron el Atlántico enviadas desde España por fray Francisco de Victoria. El Cristo llegó flotando en un cajón sobre las aguas del puerto del Callao, en el Perú, y viajó a lomo de mula por el Camino del Inca hasta Salta. Allí quedó arrinconado en la sacristía de la Iglesia Matriz, sepultado en el olvido durante casi cien años.

Fue la tierra la que tuvo que sacudirse para desenterrar la fe. El 13 de septiembre de 1692, un terremoto feroz arrasó la próspera ciudad de Esteco y dejó a Salta a merced del pánico. Durante las réplicas interminables, los vecinos entraron al templo a tientas y vieron a la Virgen intacta a los pies del altar, erguida entre los destrozos. La llamaron la Virgen del Milagro. Dos días después, el jesuita José Carrión aseguró haber escuchado una voz que le ordenaba sacar en penitencia al Cristo olvidado. La gente cargó la imagen por la plaza principal entre la polvareda y, según la tradición, los temblores cesaron. El rito quedó sellado en la memoria colectiva y se refundó con fuerza tras el sismo de 1844, consolidando la promesa de protección mutua y la coronación oficial de las figuras en 1902.

FIESTA DEL MILAGRO EN SALTA. El gobernador Gustavo Sáenz participa de la Procesión junto a la vicepresidenta, Victoria Villaruel. FIESTA DEL MILAGRO EN SALTA. El gobernador Gustavo Sáenz participa de la Procesión junto a la vicepresidenta, Victoria Villaruel. SANTIAGO MENDIETA/LAGACETA

Las campanas y el pacto

A las tres y media de la tarde, la multitud aguardaba contenida tras las vallas. Salieron las imágenes. Primero la Virgen de las Lágrimas, después la Virgen del Milagro envuelta en una marea de ocho mil claveles blancos —escoltada por gauchos de poncho rojo y el clero—, y finalmente, un poco antes de las 17, el Cristo Crucificado sobre un trono pesado donde crujen diez mil claveles rojos. La marea humana se agita. Los pañuelos blancos empiezan a sacudirse en el aire como una bandera colectiva mientras las campanas de la Catedral anunciaban el inicio del recorrido.

Avanzan despacio, a paso de hombre, mecánicamente suspendidos sobre los hombros de quienes cargan la fe de una provincia entera. Son veintidós cuadras de marcha. Hay una especie de silencio coral, interrumpido por el llanto de una sirena, el murmullo continuo de los rezos y el golpe sordo de las pisadas. Los peregrinos que llegaron a la madrugada —pies con ampollas abiertas, rodillas vendadas con cinta de embalar— miran las imágenes con los ojos brillantes de quien ha llegado al final de una contienda contra su propio cuerpo.

Una marea de fe: Salta reafirmó su Pacto con el Señor y la Virgen del Milagro

Atrás del Señor, contenido por un corral de seguridad, camina el poder político con el gobernador Gustavo Sáenz a la cabeza y la vicepresidenta Victoria Villarruel, que ya había participado por la mañana de la misa estacional. Entre los caminantes se destaca la figura del nuncio apostólico, monseñor Michael Wallace Banach, quien porta un mensaje directo enviado desde Roma: "Dios los ama y el Papa también los ama".

El reloj marcaba las 18:30 cuando la marcha alcanza el Monumento al 20 de Febrero. El arzobispo Mario Antonio Cargnello toma el micrófono para pronunciar las palabras que se leen desde 1845: el Pacto de Fidelidad. Todos, con el folleto del novenario apretado en las manos, siguen la lectura en susurro. Prometen ser devotos hasta el fin de los tiempos. La banda militar "Coronel Bonifacio Ruiz de los Llanos" rasga el aire con las notas del Himno Nacional, y los Santos Patronos emprenden la marcha de regreso.

El retorno al santuario

Al caer la tarde, cuando la promesa se ha renovado, ocurre el desenlace. Las imágenes cruzan el umbral para ingresar a su Santuario bajo una lluvia tupida de pétalos que cae desde las alturas. Las campanas de bronce repican con una furia sorda que retumba en las costillas. Centenares de miles de pañuelos blancos se agitan al mismo tiempo en la plaza para despedir las figuras hasta el próximo año. El aire se vuelve una marea blanca que flamea sin viento.

Visto desde afuera, es una manifestación incomprensible de resistencia física y fe desmedida. Visto desde adentro, es más simple: es la insistencia terca de un pueblo que, una vez al año, decide salir a la calle para convencerse de que no está solo.

PROCESIÓN del Milagro en Salta. PROCESIÓN del Milagro en Salta. SANTIAGO MENDIETA/LAGACETA

El Arzobispo de Salta llamó a combatir el narcotráfico

Frente a una marea humana reunida para renovar el Pacto de Fidelidad en Salta, Monseñor Mario Antonio Cargnello pronunció un discurso de una aspereza inusual. Apuntó al avance impune de la droga en los barrios, denunció la mentira como un deporte social y llamó a desarmar el lenguaje en una provincia fracturada.

El punto de inflexión de la jornada —el momento exacto en que la homilía abandonó la cadencia pastoral para volverse un rugido seco— llegó cuando el Arzobispo de Salta abordó el avance del narcotráfico devorándose las barriadas: “el narcotráfico es un genocidio”. Fue el tramo más vehemente del mensaje, ahí donde la voz amplificada por los altavoces se convirtió en el reclamo acorralado de miles de familias. Cargnello denunció que "ser cómplices de ese negocio infame es un pecado gravísimo... es un pecado que clama al cielo", antes de hacer retumbar una seguidilla de exigencias que helaron el aire de la plaza.

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"En nombre de los que murieron víctimas de la droga, en nombre de los niños y jóvenes que no saben cómo salir de esa esclavitud y luchan y luchan y no pueden; en nombre de los padres y familias que impotentes lloran y piden ayuda, digamos basta. En nombre de tantas familias que ven la pobreza porque sus propios hijos les roban y les quitan la esperanza, digamos basta. En nombre de la sociedad que ve perder a jóvenes bajo nuestros puentes, digamos basta".

Antes de ese estallido, Cargnello ya había comenzado a ponerle palabras al malestar subterráneo de la multitud. Frente a rostros marcados por el cansancio de las largas caminatas, el prelado señaló la profunda grieta que atraviesa la vida cotidiana: "También hoy como los primeros cristianos experimentamos la división dentro nuestro y entre nosotros. Estamos divididos entre hermanos, en nuestras familias, en nuestros pueblos, en nuestro país, en el mundo". En ese marco, recordó que el histórico Pacto de Fidelidad no es un refugio nostálgico, sino un compromiso ético que "señala un estilo de vida que nos exige hacernos cargo de nuestros hermanos".

En uno de los pasajes más severos de su locución, identificó al engaño sistemático como un ácido que desgasta la convivencia colectiva hasta volverla invivible.

"La mentira corroe y destruye el vínculo entre las personas, enferma la vida de las familias, destruye la confianza, corrompe y prostituye la economía y la política, hace muchas veces invivible la vida social, enfrenta a los hermanos y nos acostumbra a la difamación y a la calumnia... como si fuera un deporte que nos va deshumanizando a pasos agigantados".

Cargnello reivindicó al hogar como la "primera escuela de humanidad" donde se aprende la "gramática elemental de la convivencia: recibir la vida, cuidar al otro, perdonar, servir y pertenecer". Desde allí, remarcó que la altura moral de un pueblo se mide por cómo custodia sus extremos más vulnerables: "La defensa de la vida humana no es una cuestión parcial ni de un interés confesional, es una meta de civilización. Toda vida humana debe ser reconocida y custodiada desde su concepción hasta su ocaso natural. La grandeza moral de una nación se manifiesta sobre todo en su capacidad de acompañar, proteger y amar aquellas vidas que atraviesan mayor fragilidad".

El tercer eje, indisolublemente ligado a su reclamo contra las adicciones, fue el llamado explícito a combatir la corrupción y la complicidad estatal.

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Hacia el final de la ceremonia, el discurso se dirigió a las generaciones más jóvenes para pedirles resistencia frente al desencanto y el aislamiento: "No tengan miedo al amor verdadero. No tengan miedo a la vida [...] No cedan a la cultura narcisista que mide el amor solo por el sentir. No tengan miedo de amarse para toda la vida".

Observando los pies vendados de los miles de peregrinos que convirtieron a la ciudad en una "manifestación de misericordia social", la homilía concluyó con una afirmación obstinada que flotó sobre la marea de fieles antes del regreso de los Santos Patronos a la Catedral: "Queridos hermanos, no nos cansemos de luchar por un mañana mejor. El bien triunfará".


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