Cuando hablamos de tecnología, solemos pensar en pantallas, dispositivos y máquinas cada vez más sofisticadas. Sin embargo, algunas herramientas sencillas continúan acompañándonos desde hace siglos. Entre ellas están el lápiz y el papel. Escribir también ha sido, desde sus orígenes, una forma de tecnología. Desde la Antigüedad, el ser humano buscó instrumentos y soportes para dejar una huella de sus pensamientos y de sus palabras. El estilete, también llamado estilo o punzón, fue uno de aquellos antiguos instrumentos: con él se escribía sobre tablillas enceradas, precursoras de nuestros actuales cuadernos. La historia de la taquigrafía también nos conduce hasta allí. Marco Tulio Tirón registró los discursos de Cicerón mediante las llamadas Notas Tironianas. Los instrumentos y los soportes fueron cambiando, pero permaneció la misma necesidad: escuchar, registrar, recordar y transmitir la palabra. Con el paso del tiempo aparecieron la pluma, el lápiz y el bolígrafo, mientras el papel se convertía en uno de los principales soportes para escribir. Cada herramienta aportó nuevas posibilidades, pero ninguna hizo desaparecer la necesidad de escribir. En mi experiencia con la escritura descubrí también que una herramienta sencilla puede adquirir un significado especial. Las láminas que hoy están publicadas en mis blogs “La Taquigrafía” y “Caligrafía Taquigráfica” fueron realizadas íntegramente con un bolígrafo BIC opaco, de trazo grueso y tinta negra. No necesité un instrumento sofisticado para transformar los signos taquigráficos en composiciones visuales. Bastaron un instrumento cotidiano, papel rayado y el tiempo necesario para cuidar y dibujar cada trazo. Esto me confirmó que muchas veces no es la herramienta la que determina el valor de lo que hacemos, sino la atención, la paciencia y el cuidado que ponemos en nuestras manos. Una hoja de papel puede recibir un apunte en escritura común o en taquigrafía, una poesía, una carta, una página de diario personal, una firma, un ejercicio de caligrafía o simplemente una idea que no queremos olvidar. Puede acompañarnos mientras aprendemos, trabajamos, creamos o recordamos. Y puede conservar no solo las palabras, sino también la huella particular de quien las escribió. Por eso, promover el uso del lápiz y el papel no significa rechazar las tecnologías digitales. Las computadoras, los teléfonos y las nuevas herramientas forman parte de nuestra vida y ofrecen posibilidades extraordinarias. No tenemos que elegir necesariamente entre una pantalla y una hoja, entre un teclado y un lápiz. Podemos convivir con ambos mundos y reconocer el valor de cada uno. Quizás por eso sentimos algo especial cuando encontramos, muchos años después, una carta, un cuaderno o una página escrita por alguien que ya no está. En esos trazos reconocemos una presencia. El papel ha conservado algo más que información: ha conservado una parte de la persona. Las herramientas cambian. El estilete fue reemplazado por otros instrumentos; las tablillas dieron paso al papel; el lápiz convivió con la máquina de escribir y luego con las computadoras y los teléfonos. Pero la necesidad humana de escribir, recordar, crear y comunicarnos permanece. El verdadero desafío de nuestro tiempo no debería ser elegir entre pasado y futuro, sino conservar aquello que todavía tiene valor. La tecnología avanza, pero eso no significa abandonar todo lo que la precedió. Quizás la verdadera prueba de una tecnología no sea su novedad, sino su capacidad para seguir siendo útil con el paso del tiempo. Y pocas herramientas han demostrado esa capacidad tanto como un lápiz y una hoja de papel. Mientras exista una persona dispuesta a detenerse, pensar y dejar una huella, el lápiz y el papel seguirán teniendo algo que decir.
Martín E. Córdoba
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