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La pelota entra en el arco. Los jugadores gritan, los hinchas saltan y los bancos se levantan. Pero nadie sabe todavía si puede festejar porque, tal vez, haya que esperar.
El árbitro se toca el auricular y desde algún lugar llega una indicación. Camina hacia una pantalla y mira una jugada que ya vimos todos. La vuelve a mirar, pide que la rebobinen, que la pongan en cámara lenta, que la congelen y que tracen una línea. Busca un punto de contacto y, recién después de un rato, toma una decisión. El gol ocurrió hace unos minutos, pero todavía no sabemos si fue un gol.
La escena forma parte de algo que cambió en el fútbol pero que, de tan habitual, empezamos a naturalizar. Quizás ahí esté una de las grandes contradicciones del fútbol moderno: inventamos una herramienta para corregir errores y terminamos construyendo un juego en el que cada vez cuesta más aceptar que los errores forman parte del juego.
No se trata de discutir si el VAR es bueno o malo ni de negar que haya decisiones que necesitan ser corregidas. Un penal inexistente, un gol marcado con la mano o un fuera de juego grosero pueden cambiar una historia entera. Y si existe una tecnología que permita evitar una injusticia evidente, es lógico (y hasta sano) que se la utilice.
El problema aparece cuando dejamos de utilizar la tecnología para corregir errores evidentes y empezamos a utilizarla para perseguir la perfección. Porque el fútbol nunca fue perfecto.
Un árbitro se equivoca, un delantero erra un mano a mano, un defensor pierde una marca, un arquero sale mal, un jugador se mete un gol en contra, un técnico hace un cambio equivocado y una pelota pega en un palo cuando podría haber entrado. Todo eso también es fútbol.
Antes, cuando la pelota entraba, el mundo se detenía durante un instante. No había tiempo para pensar, analizar ni preguntarse si el defensor estaba adelantado. Era gol y listo.
Y entonces aparecía todo lo demás: el grito, el abrazo, el insulto al aire, el salto, el hincha que se cae sobre el de adelante y el jugador que corre sin saber hacia dónde. Ahora, muchas veces, se mira al árbitro; y eso no es un detalle menor. Porque el fútbol no es solamente lo que sucede, sino también lo que sentimos mientras sucede.
El VAR puede determinar con una precisión extraordinaria si una parte del cuerpo estaba adelantada. Puede mostrarnos el contacto de una pelota con una mano desde 10 ángulos diferentes y puede ayudarnos a reconstruir una jugada que el árbitro no vio. Pero no puede reconstruir el momento.
Una repetición puede mostrarnos qué pasó, pero nunca podrá devolvernos exactamente lo que sentimos cuando pasó. Y cuanto más tecnología tenemos para encontrar certezas, más discusiones aparecen sobre jugadas que antes simplemente aceptábamos como parte del juego.
La discusión en el fútbol no cesó con la llegada del VAR
La tecnología trasladó la interpretación. Ahora discutimos si la línea está bien trazada, si el punto de contacto fue ese, si la imagen corresponde al instante exacto, si la mano estaba en una posición natural, si hubo suficiente intensidad o si el árbitro debió ir a mirar el monitor.
El problema de VAR es que nos acostumbró a creer que todo puede detenerse hasta encontrar una respuesta definitiva, y el fútbol está lleno de preguntas que no tienen una respuesta definitiva.
¿Fue falta? ¿Fue penal? ¿Hubo intención? ¿Merecía amarilla o roja? ¿El defensor llegó tarde o tuvo mala intención?
Podemos mirar una jugada 20 veces y seguir discutiendo porque el fútbol también es interpretación.
Uno de los argumentos más utilizados para defender el VAR es que busca justicia. Y es difícil estar en contra de eso. El problema es que comenzamos a confundir justicia con perfección.
Durante más de un siglo, el fútbol se construyó alrededor del error, de la interpretación, del azar y hasta de la injusticia. No porque todo eso fuera bueno, sino porque era inevitable. Y eso también lo hacía humano.
El VAR, en cambio, parece habernos convencido de que todo tiene que tener una respuesta exacta.
La tecnología puede corregir una jugada, modificar una decisión y evitar una injusticia, pero no puede devolvernos la emoción.
Porque cuando después de un grito de gol hay que esperar para saber si podemos seguir festejando, algo cambia. Podemos recuperar una decisión, corregir un error o evitar una injusticia; pero no podemos volver a ese primer instante. Y quizás ese sea el límite que el fútbol debería empezar a discutir: entender que no todo lo que puede revisarse necesita ser revisado.
El fútbol siempre fue imperfecto, imprevisible y espontáneo. Una pelota podía cambiar una historia y una decisión del árbitro podía discutirse durante años. Por eso, si para hacer al fútbol más justo tenemos que esperar cada vez más para saber si podemos festejar, tal vez estemos consiguiendo algo que nadie había pedido: un fútbol más preciso, pero mucho menos emocionante.







