Uno de los secretos mejor guardados de Tucumán: el museo privado con 5.000 botellas de vino

Salió a la luz a partir de un libro publicado por el dueño de casa. Los cómo y los por qué de esta pasión nacida hace muchos años afloraron en el seno de ese maravilloso espacio, generosamente abierto para LA GACETA. No quiere convertirlo en un negocio, sino en un lugar de encuentro.

UN MAR DE BOTELLAS. Entre ellas posa “El Vasquito” Mariezcurrena. Sabe la historia de cada una de ellas.
UN MAR DE BOTELLAS. Entre ellas posa “El Vasquito” Mariezcurrena. Sabe la historia de cada una de ellas.
Guillermo Monti
Por Guillermo Monti 06 Septiembre 2026

Resumen para apurados

  • En Tucumán, "El Vasquito" Mariezcurrena reveló recientemente su museo privado con 5.000 botellas de vino tras publicar un libro para compartir su histórica pasión vitivinícola.
  • La extensa colección comenzó hace décadas a partir del interés personal de su creador, quien conoce la historia de cada ejemplar y abrió su espacio exclusivo a La Gaceta.
  • Lejos de buscar un rédito comercial, el propietario pretende consolidar este rincón como un espacio cultural y de encuentro en torno a la memoria vitivinícola local.
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A medio camino entre Tandil y Necochea el viajero desprevenido puede toparse con Juan Nepomuceno Fernández, uno de los tantos pueblitos desparramados por la vasta geografía bonaerense. De allí partió un día José María Mariezcurrena. Despuntaba la década del 70 y frente a él se abría un mundo de posibilidades. Así comienza la historia que “El Vasquito” decidió convertir en libro y que hoy reitera, con los matices propios de la oralidad, mientras le revela sus andanzas a LA GACETA. En el corazón de su casa enclavada en una esquina de Villa Urquiza, muy cerca de la avenida Francisco de Aguirre, “El Vasquito” construyó un museo-santuario único en el país. Tiene forma de cava y espíritu de bodega, y en él reposa una formidable colección de 5.000 botellas de vino.

Estamos en Vino Wassi, la “Casa del Vino”. Alguna vez fue el quincho donde el anfitrión se juntaba a guitarrear con los amigos; ahora es otra cosa. Hay etiquetas antiguas, vinos regionales, tesoros importados, botellas vinculadas con bodegas que ya no existen y otras cuyo valor no puede calcularse ni en pesos ni en dólares. Cada una llegó hasta allí por un camino diferente y detrás de cada una asoma un cuento cien por ciento verídico.

PERFIL DE UN COLECCIONISTA. Se recorta desde un pasillo del museo. PERFIL DE UN COLECCIONISTA. Se recorta desde un pasillo del museo.

“El Vasquito” eligió algunas de esas aventuras y las reunió en “Un trago de vida”, publicado por la editorial Libros de Tucumán a partir de una idea que nació, precisamente, en ese museo privado. Recordemos que, además de botellas, Mariezcurrena colecciona memorias. Fueron los amigos que visitan Vino Wassi quienes lo convencieron de escribirlas. Hubiera sido un crimen que se perdieran.

La saga arranca arriba del tren, pasa por Mar del Plata y traza una vida laboral que llevó al “Vasquito” a recorrer buena parte del país. Fue gerente de Casa Beige durante casi 20 años. Pero resultaron los viajes al norte los que terminaron cambiándolo. Se enamoró del paisaje, de su gente y de la camiseta de Atlético. Razones suficientes para quedarse.

Y es que el norte le ofreció una posibilidad destinada a convertirse en obsesión. Recorrió bodegas, pueblos, boliches y rincones apartados en procura de una botella. No necesariamente una cara. Ni siquiera de buen vino. Una botella que tuviera algo que decir.

La pasión se afirmó cuando “El Vasquito” empezó a hacer algo que parecía una extravagancia: en lugar de comprar una botella, compraba dos. Una la tomaba; la otra quedaba guardada en algún lugar con la idea, todavía difusa, de armar algún día una pequeña bodega. Ya había prendido el “bichito de la acumulación”.

A fin de cuentas, Vino Wassi tomó forma por decantación. Ya no había dónde poner las botellas, durante mucho tiempo guardadas en cajas. “El Vasquito” armó algunas repisas en el quincho. Después otras. Y otras. De pronto, lo que tenía era un museo que cada día crece un poco más. Tanto que la nueva idea es acondicionar un altillo para aumentar la colección, porque -como él afirma- siempre hay una botella que falta.

UN HALLAZGO. Botella de 1954, año de nacimiento del “Vasquito”. UN HALLAZGO. Botella de 1954, año de nacimiento del “Vasquito”.

Lo llamativo es que, según “El Vasquito”, el principal atractivo del museo no es el vino. Confiesa no ser un experto, mucho menos un sommelier. Lo suyo tiene más que ver con la obsesión del coleccionista, con ese impulso de encontrar algo que los demás quizá ni siquiera mirarían. Por eso, para él una botella barata puede valer tanto como una de esas carísimas que ofrecen las vinerías de lujo.

Aquellos pasos

Algunas son piezas únicas; otras remiten a bodegas que cerraron o que no se ocupaban de guardar su propia producción. Cuenta Mariezcurrena que algunas de ellas se enteraron de la colección a partir de posteos que hizo en internet y quisieron comprarle esas botellas que ya no tienen. La respuesta es siempre la misma: nada se vende. Las historias más valiosas, queda claro, son las que exceden esto de las ofertas y de las tasaciones.

Una de ellas comienza en un cementerio de la Quebrada de Humahuaca. “El Vasquito” estaba alojado en unas cabañas y una mañana preguntó por un sendero que trepaba la montaña. Conducía al antiguo camposanto de Bárcena. A la tarde, cámara de fotos en mano, emprendió solo la subida.

Encontró un lugar silencioso, con el río muy abajo. Había pastos altos, cruces caídas y señales de abandono, aunque también algunos sectores sorprendentemente cuidados. Caía el sol cuando vio una botella de Talacasto sobre una tumba y ahí comenzó una lucha con su propia conciencia.

“Me la llevo. Para mí es un tesoro”, decidió. Pero aquella noche no pudo dormir tranquilo. Había algo -o mucho- de ilícito, así que a la mañana siguiente compró vino en un almacén, volvió al cementerio y lo dejó en el mismo lugar, como reemplazo. La botella original quedó en su colección y junto a ella una pregunta: ¿qué habrá pensado quien dejó la botella en la tumba y al regresar encontró otra en su lugar? ¿Magia? ¿Fantasmas?

ETIQUETAS FUTBOLERAS. “El Vasquito” es fanático de los “Decanos”. ETIQUETAS FUTBOLERAS. “El Vasquito” es fanático de los “Decanos”.

Otra botella tiene más de un siglo y una historia familiar que atraviesa generaciones, nacida con la inmigración de fines del siglo XIX y anclada en Tres Arroyos. Eran antepasados del “Vasquito” llegados de Chieti, en la región de Abruzzo, quienes trabajaron la tierra y plantaron unos esquejes de vid que habían traído de Italia. Prendieron.

Las plantas crecieron y dieron frutos. Hubo vino. La familia se expandió. Pasaron las décadas, murieron los primeros inmigrantes, los hijos siguieron otros caminos y aquella quinta de dos hectáreas quedó casi abandonada durante medio siglo. Hasta que una de las descendientes, ya grande, volvió atraída por un recorrido sentimental. Era el lugar donde había nacido. Recordó la huerta y llegó a un viejo galpón de chapa. Allí encontró un cajoncito. Y dentro del cajoncito, una botella.

Era el vino que habían servido en el bautismo de una niña de aquella familia. Una botella escondida durante décadas. Llegó a manos del “Vasquito” con una pequeña nota manuscrita: “esto lo vas a saber cuidar mejor que yo”. La botella tiene unos 120 años y permanece cerrada, porque en Vino Wassi lo que importa es esa herencia atrapada en el envase de vidrio.

Las historias explican hasta qué punto puede llegar la búsqueda. Durante las vacaciones familiares, Mariezcurrena convencía a sus hijos de viajar al norte, mientras ellos soñaban con la costa. Cafayate, Chilecito, Tinogasta... Los llevaba y él encontraba algún momento para salir a “cazar” botellas.

En Cafayate recibió el dato de una persona que podía tener una muy antigua. Siguió indicaciones imprecisas, trepó por un sendero, pasó por un pino y terminó frente a una casa perdida en el cerro. Lo atendió un hombre que dormía la siesta y no parecía demasiado dispuesto a recibir visitas.

EL “GOL DEL SIGLO” DE DIEGO A LOS INGLESES. Está narrado en esta seguidilla de etiquetas. EL “GOL DEL SIGLO” DE DIEGO A LOS INGLESES. Está narrado en esta seguidilla de etiquetas.

Pero “El Vasquito” tiene experiencia en negociaciones. Conversó, escuchó. El anfitrión terminó contándole que había sido el primer obrero de una bodega ya desaparecida. También le reveló que conservaba una de las primeras botellas que habían elaborado allí. Y se la mostró. Al coleccionista se le hizo agua el paladar.

No obstante, el dueño de casa volvió a guardarla. Era su recuerdo. Mariezcurrena entendió que debía respetarlo y se despidieron como dos amigos, después de compartir un vino patero. Ya volvía por el sendero, sin insistir, cuando escuchó un grito. Lo llamaban. Aquel hombre había envuelto la botella en papel madera y se la estaba entregando. Todavía se pregunta cómo una persona pudo desprenderse de algo tan valioso. Quizás entendió lo mucho que representaba para ese visitante surgido de la nada.

En detalle

Historias como esas son las que llenan Vino Wassi. Algunas permanecen en una fotografía, otras en un recuerdo familiar, en una conversación, en un viaje, en una caminata o en una casualidad. En el libro, “El Vasquito” reunió 18 cuentos con “final conocido” porque siempre se trata de obtener una botella. Lo verdaderamente interesante es el camino.

RELIQUIA FAMILIAR. Esa botella tiene unos 120 años y vino de Tres Arroyos. Ocupa un lugar preferencial. RELIQUIA FAMILIAR. Esa botella tiene unos 120 años y vino de Tres Arroyos. Ocupa un lugar preferencial.

Dentro del museo hay un orden, no demasiado estricto. Más bien una lógica. Las botellas importadas ocupan un sector; las regionales, otro. Hay etiquetas blancas, otras vinculadas con el fútbol, etiquetas negras y un sector de “abuelitos”, como llama a las más antiguas. Cada nueva incorporación obliga a mover una pieza. Cada botella encuentra su lugar.

Vino Wassi podría convertirse fácilmente en un negocio. Le han propuesto organizar cenas privadas, utilizar el espacio para reuniones y explotar comercialmente el museo. Mariezcurrena se niega. ¿Por qué? “Si lo transformo en un negocio perdería esto que soñé -enfatiza-. Terminaría traicionándome a mí mismo”.

Lo que quiere “El Vasquito” es que la mayor cantidad posible de gente conozca el lugar para sentarse a conversar, contar historias, explicar el devenir de cada botella y a veces, por supuesto, compartir un vino.

CADA RINCÓN ESTÁ PENSADO. Vino, cultura, colores, sorpresas, obsequios. La visita vale la pena. CADA RINCÓN ESTÁ PENSADO. Vino, cultura, colores, sorpresas, obsequios. La visita vale la pena.

Será porque Vino Wassi es una colección, pero también una forma de mirar el mundo. “¿Cuál es la que falta”, suelen preguntarle, y su respuesta es concreta: “la próxima, esa que todavía no sé cuál es ni dónde está”. Cinco mil botellas después, “El Vasquito” continúa buscando.

Uno de los secretos mejor guardados de Tucumán: el museo privado con 5.000 botellas de vino

El libro que recorre décadas y se desmigaja en 18 historias

Cuenta José María Mariezcurrena que llegó a Libros del Tucumán con una carpeta de escritos bajo el brazo y más dudas que certezas, pero que respiró aliviado al encontrar allí la guía que tanto necesitaba. De la mano de Constanza Toro nació “Un trago de vida”, al que describe como “dos libros en uno”. Por un lado desarrolla su propia biografía, alimentada a lo largo de décadas; por el otro, escogió 18 historias propias de su ambición de coleccionista. Allí desgrana cómo esas 18 botellas quedaron en su poder. Con una edición cuidada y fotos a color, “Un trago de vida” le hace justicia al personaje.

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