Entre las vías, la falta de agua y la inseguridad: cómo se vive en el asentamiento “más céntrico” de San Miguel de Tucumán

A pocos metros del Mercado de la Ciudad, las familias conviven a diario con el paso de los trenes, la precariedad habitacional y la falta de servicios esenciales. La historia de Miguel Banegas.

Hace 1 Hs

Resumen para apurados

  • Familias de un asentamiento céntrico en San Miguel de Tucumán viven junto a las vías sin servicios básicos, debido a la falta de empleo formal y al difícil acceso a la vivienda.
  • Los habitantes conviven hace más de 20 años con el paso diario del tren, conexiones precarias y la estigmatización delictiva, a metros del renovado Mercado de la Ciudad.
  • Pese a censos y planes previos, los vecinos aguardan una reubicación formal que garantice una solución habitacional definitiva frente al avance comercial de la zona.
Resumen generado con IA

El ruido del tren forma parte de la vida cotidiana. No hace falta verlo para saber que se acerca. Los vecinos aprendieron a reconocerlo por el sonido y por la vibración que acompaña su paso. Cuando se escucha, algunos salen de sus casas para mirar dónde están los chicos, controlar las mascotas y asegurarse de que nadie se acerque demasiado a las vías.

En Sarmiento y Marco Avellaneda, a pocos metros del microcentro de San Miguel de Tucumán y apenas a media cuadra del nuevo Mercado de la Ciudad, se encuentra uno de los asentamientos más cercano de la capital. Allí, las viviendas precarias se levantan prácticamente al borde de las vías del ferrocarril y las familias conviven a diario con la falta de servicios básicos, problemas de seguridad y el peligro que implica el paso de las formaciones.

Oscar Miguel Ángel Banegas vive allí desde hace algunos meses, aunque conoce la zona desde hace más de 20 años por los vínculos familiares que mantiene con personas que viven en el asentamiento. Su propia historia refleja una de las dificultades que atraviesan varias familias: trabaja por su cuenta y asegura que conseguir un alquiler estable se volvió cada vez más difícil.

“No encuentro alquiler porque soy una persona que trabaja particular y no tengo un ingreso, ni tampoco algo que me puedan recibir en un lugar para trabajar bien”, explica en diálogo con LA GACETA.

Mientras busca una solución, alquila una vivienda perteneciente a un familiar de su esposa. Pero la expectativa, dice, es poder acceder alguna vez a un lugar propio. “Lo mejor sería que nos den un lugar propio, así la gente no nos anda rodando”, sostiene.

LA GACETA FOTOS DE SANTIAGO GIMÉNEZ LA GACETA FOTOS DE SANTIAGO GIMÉNEZ

El tren como parte de la rutina

Las vías atraviesan el asentamiento y pasan muy cerca de las viviendas. Según Banegas, las formaciones pueden pasar dos o tres veces al día. Los vecinos están acostumbrados a distinguir los sonidos y hasta los propios chicos saben que deben apartarse cuando escuchan que se aproxima. Pero esa adaptación no elimina el peligro.

Banegas tiene un hijo que escucha poco de uno de sus oídos y cuenta que muchas veces debe salir rápidamente de la vivienda para comprobar dónde está. “Tengo que salir a la corrida para ver si no está mi perro, si no se me escapó mi hijo para afuera y no sabe del tren. Y es peligroso”, relata.

La preocupación no es solamente una sensación. Según cuenta, en el lugar ya ocurrieron accidentes relacionados con las vías y también hubo animales que terminaron siendo atropellados. 

Para quienes viven allí, el tren dejó de ser una presencia extraordinaria y se convirtió en parte del paisaje. Sin embargo, cada vez que una formación se acerca, el mismo reflejo vuelve a repetirse: mirar, advertir, llamar a los chicos y esperar a que pase.

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Vivir sin todos los servicios

La precariedad también se siente puertas adentro. Banegas cuenta que no todas las familias tienen acceso al agua y que algunos vecinos deben trasladarla desde otros sectores. La electricidad tampoco llega de manera convencional a todas las viviendas. Según el vecino, los habitantes se manejan con conexiones vinculadas al alumbrado público y los cortes o inconvenientes son parte de la vida cotidiana.

La falta de baños y de condiciones adecuadas para la higiene aparece como otra de las dificultades. “Hay gente que no tiene baño, no tiene una buena pieza, una cocinita, hay cosas que no tienen”, describe.

Banegas reconoce que el lugar donde viven no es el adecuado y que se trata de un predio ocupado. Pero considera que esa situación no debería traducirse simplemente en un desalojo o en el traslado de las familias sin una alternativa.

“Quizás no es el lugar en el que deberíamos estar porque es un lugar usurpado, pero deberían tener un lugar bien para poder estar”, cuenta.

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La inseguridad y el estigma

La inseguridad es otra de las preocupaciones de los vecinos. Banegas asegura que quienes viven allí se conocen entre sí y que existe una convivencia cotidiana, pero sostiene que el sector también es utilizado por personas de otros lugares para escapar luego de cometer robos.

“Gente que no es de la zona viene a robar y los que no roban, que están acá, siempre están perjudicados”, afirma. Según relata, la situación empeora después de las 19 o 20. El asentamiento queda entonces dentro de un circuito que conecta distintos sectores de la ciudad y que, según los vecinos, es utilizado como vía de escape.

Banegas también cuenta que en algunas oportunidades la Policía ingresó al lugar en busca de personas sospechadas de cometer delitos. “Me ha pasado en ocasiones que estaba en mi casa trabajando, arreglando las cosas en mi casa, y me han venido y me han sacado con la Policía”, recuerda.

Su reclamo apunta también a evitar que todos los habitantes del asentamiento sean asociados con el delito.

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A metros del nuevo Mercado

La cercanía con el recientemente reinaugurado Mercado de la Ciudad genera una postal difícil de ignorar. De un lado, un espacio remodelado que busca convertirse en un nuevo punto comercial de la zona. Del otro, viviendas precarias levantadas junto a las vías.

Banegas asegura que recibió con expectativa la renovación del mercado porque podía representar una oportunidad laboral. Tiene experiencia en seguridad y mantenimiento y durante años trabajó en distintas empresas. Actualmente se gana la vida como tatuador a domicilio. Incluso intentó acercarse para conseguir un puesto de trabajo.

“Pensé una posibilidad de trabajo. Incluso fui hasta ahí para intentar conseguir trabajo”, cuenta. Sin embargo, asegura que no logró encontrar una oportunidad.

Para Banegas, parte del problema está en la mirada que existe sobre quienes viven en el asentamiento. “Creen que porque estás ahí sos sucio, porque estás ahí sos drogado o un alcohólico. Y no todos somos drogados y alcohólicos”, sostiene.

Él mismo cuenta que encontró en el deporte una herramienta para salir adelante. Practica kickboxing y es profesor de roller. También intenta acercar a otros jóvenes a esas actividades. “Esto me ha ayudado a salir adelante”, resume.

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Una reubicación que todavía no llega

La posibilidad de trasladar a las familias a otro sector de la capital ya fue planteada en distintos momentos. Banegas recuerda que hace alrededor de dos años hubo personas que realizaron tareas de relevamiento y censaron a los habitantes. Pero, según afirma, no hubo avances concretos. “Más de 20 años que conozco a la familia de mi esposa que vive acá y nunca los ha llevado a ningún lugar”.

Tampoco recuerda que funcionarios municipales se hayan acercado recientemente para conversar con las familias sobre sus condiciones de vida o sobre una eventual reubicación.

Mientras tanto, los vecinos siguen organizándose como pueden. En ocasiones realizan comidas para los chicos y recurren a merenderos de la zona. Entre ellos, dice Banegas, existe una relación de solidaridad que les permite afrontar algunas de las dificultades diarias. “Siempre hemos intentado salir adelante”, sostiene.

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