Milei, San Martín y la libertad: los mercados piden menos ortodoxia para ganar elecciones

Javier Milei, en la Conferencia del Council of the Americas. CAPTURA DE VIDEO
Javier Milei, en la Conferencia del Council of the Americas. CAPTURA DE VIDEO
Hace 1 Hs

Por Hugo E. Grimaldi

“Si la libertad no muestra sus frutos, que son el bienestar y la prosperidad económica, la ciudadanía se olvida de su valor”. La sentencia, que fue pronunciada por Javier Milei el lunes pasado en el homenaje a San Martín, sonó como una advertencia frente al riesgo de un poder que no coloque ese valor esencial como eje de su órbita. Pero a la vez, el Presidente dejó expuesto un flanco clave de la fragilidad práctica del proyecto que encabeza al reconocer implícitamente que, para el ciudadano de a pie, la libertad no es un altar abstracto, sino un instrumento para mejorar la vida cotidiana.

En contraste con el peso de una frase tan redonda sobre el péndulo que rige la vida de los argentinos, conviene recordar que a quienes sufren la urgencia cotidiana no se les puede reprochar falta de romanticismo ideológico, ya que cuando la escala social se congela y la microeconomía asfixia, las abstracciones pierden fuerza frente al instinto de supervivencia. Probablemente con ese razonamiento, el jueves en el Council of the Americas muchos interpretaron que la frase tenía que ver con que Milei había tomado nota de la necesidad de empezar a mejorar algo la micro para reparar las rugosidades del revoque grueso de la macro implementado hasta ahora, pero sobre todo como reaseguro para ir a la repesca electoral de los desencantados.

Sin embargo, empresarios, inversores, banqueros y diplomáticos se equivocaron en sus presunciones porque, frente a ellos, el Jefe de Estado se mostró más ortodoxo y dogmático que nunca y sin intención de afrontar el acabado fino para nivelar la textura de la pared. Así, el auditorio quedó bastante desconcertado y sin referencias y comenzó a mirar hacia otros actores del mismo gobierno, con Patricia Bullrich y Luis Caputo como principales impulsores de la operación micro, un terreno que el Presidente parece rehuir.

Más allá de su tono -que, como volvió a ocurrir ayer en Rosario, cuando se desborda resulta desagradable- lo que Milei pareció equivocar fue el público al que se dirigía. Los mercados no necesitan más pruebas de amor fiscal, sino lo que temen es que no logre la reelección y regrese una oposición que patee el tablero, exacerbada por errores propios no forzados. De allí, que supongan que la inacción micro del oficialismo -ratificada ese día por el Presidente como dogma- va a terminar alimentando a los opositores en el plazo de un año. Así lo reflejan los sondeos actuales, no tanto en intención de voto, sino en materia de preocupaciones y en la caracterización que la ciudadanía hace del gobierno.

La gran incógnita que dejó la presentación en el Hotel Alvear es si un mensaje dirigido al establishment alcanza para asegurar respaldo en las urnas, en medio del empaste que sufre la economía cotidiana. Seducir al capital es condición necesaria para la estabilidad, pero no siempre suficiente para reunir votos. Cuando la macro satisface a los analistas, pero la micro golpea el bolsillo, la fe en la ortodoxia corre el riesgo de quedarse sin margen.

Ese es, precisamente, el temor que perciben los inversores: el regreso del “riesgo kuka”, pero no por mérito de la oposición, sino esta vez alimentado por la tozudez presidencial. Por eso, más allá de la mayor frialdad del auditorio -que volvió a repetirse en Rosario-, si Milei les habló con el corazón al admitir que “la foto sigue siendo horrible”, ellos le respondieron con el bolsillo y agitaron la campanita del riesgo-país para dejar bien en claro cómo piensan.

No son benefactores, claro está, pero saben que cuanto menos se avance en alivio sobre empleo e ingresos, mayor será la resistencia y más latente quedará la posibilidad de que otras fuerzas capten a los desencantados por sus necesidades, interrumpiendo otra vez el ciclo. En ese punto vuelve a cobrar relevancia la frase que el Presidente pronunció junto al monumento del Padre de la Patria porque se estaría autocumpliendo la profecía.

La libertad es, sin duda, uno de los valores más poderosos que ha construido la humanidad, pero también uno de los que más significados ha tenido a lo largo de la historia. Para San Martín era, ante todo, la independencia de una nación y para el liberalismo es la autonomía del individuo frente al poder que intenta dictarle cómo vivir, producir o comerciar. Milei exalta el término y lo coloca en el centro de su concepción política, pero al hacerlo parece asumir que todos entienden lo mismo por libertad y no es así. La palabra tiene una larga historia y, según quién la pronuncie y en qué momento, puede adquirir significados distintos.

Las teorías suelen tropezar cuando se enfrentan con la vida cotidiana. Las personas pueden valorar el concepto y, al mismo tiempo, exigir que esa libertad se traduzca en resultados concretos. Quieren trabajar, progresar, tener una casa, educar a sus hijos, ahorrar, viajar; en definitiva, aspiran a que el futuro sea mejor que el presente. Por eso, la idea de que la libertad debe mostrar sus frutos en forma de bienestar y prosperidad encierra una verdad, pero también un riesgo: si esos frutos demoran demasiado en llegar, la ciudadanía puede empezar a preguntarse cuánto tiempo está dispuesta a esperar.

En lo esencial, el Presidente expone los datos que le conviene mostrar, pero tiene razón: en su gobierno, la inflación cayó de manera drástica respecto de 2023 y, aunque sigue siendo elevada, la baja se reconoce. La actividad económica permanece planchada (2,7% interanual en junio), pero algunos sectores muestran señales de crecimiento. La pobreza también retrocedió con fuerza respecto del pico de 2024. Sin embargo, los números revelan una recuperación muy desigual: energía, minería y agro exhiben un desempeño sólido, mientras industria, comercio y construcción continúan débiles. A la par, el desempleo se ubica en 7,8%, la informalidad en 44,2% y el ingreso real disponible sigue presionado por las tarifas.

El tema de la mora es un buen ejemplo de la mirada ortodoxa de Milei, quien responde con comparaciones estadísticas –“en la Argentina es similar a la de los Estados Unidos”- y, al menos públicamente, desacredita a quienes se atreven siquiera a teorizar al respecto. No pagar al almacenero, la tarjeta o el préstamo al usurero del barrio es, efectivamente, un “problema entre privados” y el Gobierno sostiene que no intervendrá. El argumento puede ser atendible, pero la cuestión de fondo es entender por qué el consumidor se endeudó y allí hay responsabilidad política.

Puede haberlo hecho porque pagar las boletas de servicios hoy le consume tres veces más de su sueldo que hace dos años, porque en los últimos seis meses sus ingresos quedaron por debajo de la inflación o porque alguien en el hogar perdió el trabajo. Son problemas que nacen en la economía micro como consecuencia de la reconstrucción macro y que han arrastrado a muchísima gente. Mostrar disposición a colaborar, aunque sea mínimamente, generaría empatía y reduciría la resistencia a la continuidad. Hacer algo al respecto no necesariamente desmerece la ideología y es lo que le reclaman desde el establishment.

Al despachar esa frase que tanto revuelo causó, el Presidente ha marcado que sabe que los grandes valores no desaparecen, aunque puedan perder prioridad frente a las urgencias inmediatas. Es allí cuando resuena el verso de Discépolo: “el verdadero amor se ahogó en la sopa”. Una sociedad puede seguir creyendo en la libertad y, sin embargo, preocuparse antes por lo que -tiene o no tiene- sobre la mesa. El problema aparece cuando una convicción se transforma en doctrina y quien la sostiene supone que los demás deben ordenar su visión del mundo de la misma manera. Poco tolerante, por cierto.

“Seamos libres, que lo demás no importa nada”, pregonaba San Martín en aquel contexto. Milei hoy acierta al advertir que en estos ítems la libertad corre el riesgo de ser olvidada si no se encarna en el trabajo, la familia y la vida cotidiana y parece entender que la ciudadanía vota en consecuencia, aunque, para no bajar su bandera personal, se resiste a dar el brazo a torcer. Del otro lado y al mismo tiempo, una sociedad puede aspirar a la libertad y reclamar a le vez estabilidad, seguridad, movilidad social y dinero en el bolsillo. La historia argentina demuestra que los pueblos no renuncian necesariamente a un valor, sino a quienes prometieron conducirlos hacia él.

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