He seguido con interés tanto el editorial “El costo de una ciudad sin planificación ni controles” (3 de agosto de 2026) como las numerosas notas que LA GACETA viene publicando sobre el proceso de actualización del Código de Planeamiento Urbano de San Miguel de Tucumán. Al mismo tiempo, la tragedia ocurrida el 27 de julio en un edificio del microcentro, que lamentablemente costó la vida a un joven, nos recuerda que la seguridad del patrimonio construido también merece ocupar un lugar en la agenda pública. Cuando hablamos de planificación urbana solemos concentrarnos en cómo y dónde construir. Sin embargo, existe otra cuestión igualmente importante: cómo gestionar técnicamente los edificios a lo largo de toda su vida útil. Los edificios permanecen en servicio durante varias décadas. En ese tiempo los materiales envejecen, las instalaciones se deterioran, aparecen filtraciones, cambian los usos y, con frecuencia, se realizan intervenciones o modificaciones que pueden alterar las condiciones originalmente previstas en el proyecto. Todo ello forma parte de la evolución normal de cualquier edificio y exige una adecuada política de conservación y mantenimiento. Considero que la actualización del Código de Planeamiento Urbano representa una excelente oportunidad para ampliar el debate. Además de pensar cómo crecerá la ciudad, también deberíamos comenzar a reflexionar sobre cómo preservar, con criterios técnicos, el patrimonio edilicio que ya forma parte de ella. No se trata de incorporar más burocracia ni de crear nuevas obligaciones, sino de promover una verdadera cultura del mantenimiento preventivo, basada en inspecciones periódicas, documentación técnica actualizada y programas de conservación que permitan detectar los problemas antes de que se transformen en situaciones de riesgo. Porque una ciudad no sólo se planifica y se construye. También se mantiene.
Rogelio E. Giraudo r.giraudo@gmail.com







