Sexualmente hablando: ¿Nos gusta sufrir?

Sexualmente hablando: ¿Nos gusta sufrir?

Resumen para apurados

  • La psicóloga Inés Páez de la Torre analiza en su columna de opinión la tendencia humana hacia el sufrimiento en el ámbito de las relaciones afectivas y la sexualidad.
  • El artículo explora desde una perspectiva clínica los motivos por los cuales las personas suelen asociar el placer o la satisfacción personal con situaciones de malestar.
  • Este análisis busca concientizar sobre los patrones de conducta nocivos, promoviendo un debate necesario sobre la salud emocional y el autoconocimiento en la sociedad.
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“¡Cómo nos gusta sufrir!” En las últimas semanas hemos dicho o escuchado más de una vez esta sentencia, a propósito de los partidos de la Argentina en el Mundial, que nos trajeron mucha alegría pero que, al mismo tiempo, nos hicieron sufrir.

Y es que los triunfos por los que saltamos de alegría y hasta salimos a la calle a festejar... vinieron precedidos de momentos de ansiedad, de incertidumbre, de desesperación. No es exagerado: en muchas guardias médicas se incrementó la atención de personas con subas de tensión e incluso infartos. Con toda seguridad no hubiera pasado lo mismo si les ganábamos a nuestros rivales de entrada. Si nos hubiéramos sentido fuera de peligro en todo momento. ¡Qué alivio, qué diferente a la montaña rusa que vivimos!

Pero... ¡qué satisfacción dar vuelta esos partidos, superar los obstáculos, salir victoriosos! “No lo entenderías”, tal cual.

Ganar en el amor

Algo parecido ocurre en el amor: con frecuencia, cuando no es correspondido en sus inicios, tiende a parecer más excitante que aquel que arrancó fácil, sin impedimentos.

Así, la experiencia amorosa suele verse intensificada cuando, en un primer momento, la persona que nos interesa o que encontramos atractiva, se muestra indiferente o distante... y luego cambia de actitud y comienza a demostrarnos lo contrario.

Ese switch repentino tiene un efecto poderoso: nos sentimos más fuertemente atraídos que si se daba una reciprocidad de entrada. ¿Cómo es esto? Se trata, ni más ni menos, que de ansiedad: la misma persona que nos la produjo al rechazarnos, nos la reduce de golpe, al cambiar de opinión (aunque no sepamos bien a qué se debe... o más aún si no lo sabemos). Y por esa razón nos sentiremos agradecidos con ella, seducidos. También competentes, habilidosos. Valiosos, en suma.

Casi como si hubiéramos aprobado un examen... o ganado un partido.

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