Resumen para apurados
- El periodista Bruno Farano visitó el museo de Coca-Cola en Atlanta para analizar cómo la marca logró asociar globalmente su bebida con emociones positivas y la felicidad.
- Con un recorrido sensorial de aromas, degustaciones y la bóveda de la fórmula secreta, el museo expone cómo la marca se integró en la vida cotidiana de las personas.
- La experiencia demuestra que el éxito de Coca-Cola no radica en su receta secreta, sino en su capacidad de transformar una bebida en un símbolo universal de felicidad.
No estaba entre mis planes visitar el museo de Coca Cola en el centro de Atlanta porque pensaba que podía ser una operación de marketing más, montada por una de las marcas más famosas del mundo para contar su propia historia.
Un colega, de los tantos con los que me crucé en los entrenamientos y conferencias siguiendo a la selección argentina, me recomendó que fuera. Me dijo que valía la pena y que era mucho más que un museo dedicado a una gaseosa. Finalmente le hice caso y, de alguna manera, mi sospecha era correcta.
Hay marketing, muchísimo, pero quizás lo más sorprendente fue descubrir hasta dónde puede llegar.
El World of Coca Cola no intenta solamente contar la historia de una bebida. Intenta llevarte por el recorrido de un viaje sensorial.
En uno de los sectores hay máquinas que liberan diferentes aromas. Hay que acercarse, oler y tratar de descubrir qué es lo que uno tiene enfrente. Algunos resultan familiares y otros no tanto. El juego sirve para explorar ingredientes y sensaciones vinculadas con los sabores de famosa gaseosa.
Unos metros más adelante aparece el misterio. En el interior del museo hay una enorme bóveda que, según cuenta la compañía, guarda la fórmula secreta de Coca Cola. La receta de una bebida que se vende en todo el planeta está ahí, detrás de una puerta gigantesca, convertida también en parte del espectáculo.
Pero hubo un momento del recorrido que me impactó más que todos los demás. Fue frente a una pantalla, en una especie de mini anfiteatro, ni bien puse un pie en el museo.
Durante varios minutos comenzaron a sucederse imágenes de abrazos, encuentros, familias, celebraciones y personas riendo. Escenas simples, momentos cotidianos, recuerdos y felicidad. Y Coca Cola en cada uno de sus momentos, claro.
No hizo falta que el video tuviera a alguien hablando o que incluso estuviera subtitulado. De hecho no hubo ni una palabra que acompañara esas imágenes. Sin embargo, la asociación estaba construida frente a nuestros ojos: Coca Cola quiere ser parte de los momentos felices de nuestras vidas. O, tal vez, quiere que nosotros sintamos que siempre lo fue.
En ese momento entendí que el museo estaba mostrando cómo se construye una de las marcas más poderosas del mundo. La historia, la fórmula secreta, la botella y el sabor, por supuesto que importan; pero también importan los recuerdos.
Durante décadas, Coca Cola consiguió aparecer en cumpleaños, reuniones familiares, fiestas, partidos de fútbol, publicidades navideñas y mesas de prácticamente todo el planeta. No inventó esos momentos, simplemente logró estar ahí. Y después de más de un siglo, quizás ya resulte imposible separar completamente una cosa de la otra.
El recorrido continuó jugando con los sentidos hasta llegar a uno de sus puntos más concurridos. El sector en el que se pueden probar bebidas que la compañía comercializa en diferentes lugares del mundo. Pequeños vasos permiten saltar de un país a otro sin salir de Atlanta. Hay sabores conocidos, otros extraños y algunos que, después del primer sorbo, uno agradece que no se vendan demasiado cerca de casa.
Uno prueba una bebida, después otra y otra más. Hasta que llega el momento de salir. Pero para abandonar el museo hay que atravesar la tienda de Coca Cola. Sí; no queda escapatoria.
Remeras, vasos, botellas, gorras, osos, carteles, zapatillas y todo tipo de objetos esperan del otro lado de la experiencia. Después de conocer la historia, buscar la fórmula secreta, oler aromas, emocionarse frente a una pantalla y probar bebidas de distintos rincones del planeta, llega la última invitación: llevarse un pedacito de la marca a casa. Pagando, obviamente.
Fue justo ahí cuando recordé la duda con la que había entrado. ¿Era todo aquello una enorme operación de marketing?
Sí; probablemente una de las mejores que haya visto. Durante unas horas Coca Cola no intentó venderme solamente una gaseosa. Construyó un mundo, me hizo recorrer su historia, jugar con sus misterios, utilizar los sentidos y mirar imágenes de felicidad. Y recién al final, cuando todo había terminado, me puso delante una tienda.
La fórmula original permanece, supuestamente, detrás de una bóveda. Sin embargo, después de recorrer el museo pensé que quizás el verdadero secreto de la compañía nunca estuvo solamente ahí adentro.
Tal vez su gran fórmula haya sido otra: conseguir que una bebida deje de ser solamente una bebida. Que tenga un color, una forma, un sonido, un olor y un sabor. Pero sobre todo una emoción: la felicidad.








