Sobrevivencia de la ética

Hace 7 Hs

Por José Gabriel Ceballos

Para LA GACETA - CORRIENTES

Probablemente esto sea lo más ingenuo que se haya escrito, pero a nadie se le puede negar el derecho a una ilusión.

Voy a escribir sobre la ética y su supervivencia. Y su futuro.

Nadie ignora que hoy la ética importa muy poco. Que ella parece un cachivache al borde de la extinción definitiva. Y sin embargo, yo creo que va a sobrevivir. Y que quizá un día recuperará su vigencia.

Pero primero veamos qué entendemos por ética. Recurro a la etimología. Ésta nos dice que “ética” proviene de la raíz griega “ethos”, y que en el griego más primitivo, el anterior a Aristóteles, “ethos” significaba “morada”, “casa”, “lugar donde se habita”. Por ende, “ética” significaría algo así como “actuar según lo que conviene a nuestra morada”, “cuidar nuestra casa”. Y aquí, claro, hay que determinar a qué nos referimos con “nuestra casa”. En el sentido último del término nuestra casa sería la humanidad. Porque ninguno de nosotros puede vivir fuera de la humanidad. Podemos hacerlo fuera de cualquier ciudad o de cualquier país, pero nunca fuera de la humanidad. Ergo, el hombre ético sería aquel que actúa respetando y defendiendo los valores e intereses imprescindibles para preservar nuestra especie y la condición humana, la calidad de individuo de ese todo, de esa morada.

Valores e ideologías

¿Y qué intereses, qué valores son esenciales para que nuestra especie continúe existiendo? Por empezar, desde luego, el respeto a la vida humana (lo que implica el cuidado del planeta; sin duda la ecología tiene un profundo fundamento ético). Pero también la paz, la libertad, la justicia, la solidaridad, la igualdad ante la ley. El daño que sufra cualquiera de tales valores pone en peligro el concepto de lo humano. Si no hay justicia o no hay libertad para los hombres, por ejemplo, tarde o temprano ello alterará la paz social, habrá violencia y caos, se destruirán vidas humanas, y a medida que el caos y la violencia crezcan el concepto de lo humano, de un modo u otro, quedará afectado y la humanidad se sentirá amenazada.

Ahora bien, estimo que la ética ha adelgazado tanto por culpa de las ideologías. Que las ideologías, por cierto que inevitables, en su lucha por imponerse unas a otras vulneraron los intereses y valores de la ética como no lo ha hecho ningún otro factor, al extremo de dejar a la ética en el estado casi fantasmal en que apenas se nos muestra en la actualidad. Un paradigma lo constituye el nazismo, desde luego, que pretendió excluir de la humanidad a un grupo étnico-religioso entero. Pero también encontramos a menudo ejemplos que engañosamente nos parecen de bagatela: “Al enemigo ni justicia” (Perón dixit); “La justicia social es un robo” (Milei dixit).

Ocurre que mientras la ética se erige en defensora de la humanidad toda, las ideologías pertenecen al terreno de lo sectorial. No hay ninguna ideología que represente “al hombre”, a la totalidad de los hombres. Siempre las ideologías (políticas, religiosas, jurídicas o de otra índole) representan a grupos parciales de hombres, de un tiempo o un espacio o un modo de pensar, y dejan fuera de ellas a los demás. Diccionario de la Real Academia Española: “Ideología: f. Conjunto de ideas fundamentales que caracteriza el pensamiento de una persona, colectividad o época, de un movimiento cultural, religioso o político, etc.” En ninguno de sus supuestos la definición menciona a la humanidad considerada en sí misma, en cuanto concepto independiente de cualquier circunstancia.

Sartre versus Camus

Hay un momento en el devenir de la literatura y la filosofía que refleja como pocos la oposición entre ética e ideología. Ocurrió en 1952. Los dos más relevantes escritores de la Europa de entonces, Sartre y Camus, ambos de izquierda, y amigos, se enfrentaron públicamente debido al conflicto al que aquí me refiero. Camus criticó las violencias de los totalitarismos, incluidas las del stalinismo. La revista “Les Temps Modernes”, de Sartre, le contestó defendiendo el derecho de la revolución socialista a sostenerse mediante la violencia. La pelea entre los dos escritores se profundizó, adquirió un tono muy ácido, llegó a las descalificaciones personales, la amistad se rompió.

En su polémica, uno, Sartre, priorizaba una ideología (el comunismo), y el otro, Camus, priorizaba el todo, la humanidad, lo humano. La historia demostró que la mirada de Sartre era demasiado estrecha y torcida (acotación: obviamente no aludo a la bizquera física de Sartre) porque un buen día una implosión acabó con la morada que él veía como principal, y evidenció que aquella era una construcción de cimientos débiles, más bien una casucha, y que además escondía una fealdad espantosa. Mientras que la casa que defendía Camus gracias a su mirada ética permanece en pie, pese a las ingentes tormentas que la golpean, y aún alberga esperanzas. Y conste que aquí no asumo ninguna posición ideológica. Cuando en nombre del liberalismo, por ejemplo, se atenta contra la justicia social (derivación elemental del concepto justicia) también se está soslayando el concepto de lo humano, también se atenta contra la condición humana y el palacio supremo que es la humanidad.

A la espera

Las ideologías, con las justificaciones antiéticas de su ceguera combativa, lesionaron con tanta intensidad los intereses y valores de la ética que redujeron ésta a una palabra que suena como una abstracción, vacía, carente de substancia. Sin embargo, porque su substancia es nada menos que la humanidad, la ética sobrevivió a tales desmedros y espera el momento en el que el fracaso definitivo de las ideologías (ya no el fracaso de una sola, lo que tanto entusiasmó al Sr. Fukuyama) le permita recuperar su vigencia.

Quizá el momento no esté lejano. Quizá la multiplicación del peligro que corre la humanidad ante las luchas ideológicas en el contexto de las nuevas tecnologías apure el proceso. La humanidad ya demostró varias veces que no tiene vocación de suicida. El palacio supremo ya demostró varias veces que el daño que se le inflige desde las casuchas no basta para derrumbarlo.

© LA GACETA

José Gabriel Ceballos – Escritor.

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